ALGUACIL 3°.- Tembloroso y suspirando hemos hallado a este fraile cargado
con una palanca y un azadón; salía del cementerio.
ALGUACIL 1°.- Sospechoso es todo eso: detengámosle. (Llegan el Príncie y
sus guardas.)


PRINCIPE.- ¿Qué ha ocurrido para despertarme tan de madrugada? ( Entran
Capuleto, su mujer, etc.)


CAPULETO.- ¿Qué gritos son los que suenan por esas calles?
SEÑORA CAPULETO.- Unos dicen "Julieta", otros "Romeo", otros "Paris", y
todos corriendo y dando gritos, se agolpan al cementerio.
PRINCIPE.- ¿Qué historia horrenda y peregrina es ésta?
ALGUACIL 1°.- Príncipe, ved. Aquí están el conde Paris y Romeo,
violentamente muertos y Julieta, caliente todavía y desangrándose.
PRINCIPE.- ¿Averiguasteis la causa de estos delitos?
ALGUACIL 1°.- Sólo hemos hallado a un fraile y al paje de Romeo, cargados
con picos y azadones propios para levantar la losa de un sepulcro.
CAPULETO.- ¡Dios mío! Esposa mía, ¿no ves correr la sangre de nuestra hija?
Ese puñal ha errado el camino: debía haberse clavado en el pecho del Montesco
y no en el de nuestra inocente hija.
SEÑORA CAPULETO.- ¡Dios mío! Siento el toque de las campanas que guían
mi vejez al sepulcro. (Llegan Montesco y otros.)
PRINCIPE.- Mucho has amanecido, Montesco, pero mucho antes cayó tu
primogénito.
MONTESCO.- ¡Poder de lo alto! Ayer falleció mi mujer de pena por el
destierro de mi hijo. ¿Hay reservada alguna pena más para mi triste vejez?
PRINCIPE.- Tú mismo puedes verla.
MONTESCO.- ¿Por qué tanta descortesía, hijo mío? ¿Por qué te atreviste á ir
al sepulcro antes que tu padre?
PRINCIPE.- Contened por un momento vuestro llanto, mientras busco la
fuente de estas desdichas. Luego procuraré consolaros o acompaña-ros hasta la
muerte. Callad entre tanto: la paciencia contenga un momento al dolor. Traed
acá a esos presos.
FRAY LORENZO.- Yo, el más humilde y a la vez el más respetable por mi

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