néctar de tus labios, no ha podido vencer del todo tu hermosura. Todavía
irradia en tus ojos y en tu semblante, donde aún no ha podido desplegar la
muerte su odiosa bandera. Ahora quiero calmar la sombra de Teobaldo, que
yace en ese sepulcro. La misma mano que cortó tu vida, va a cortar la de tu
enemigo. Julieta, ¿por qué estás aún tan hermosa? ¿Será que el descarnado
monstruo te ofrece sus amores y te quiere para su dama? Para impedirlo,
dormiré contigo en esta sombría gruta de la noche, en compañía de esos
gusanos, que son hoy tus únicas doncellas. Este será mi eterno reposo. Aquí
descansará mi cuerpo, libre de la fatídica ley de los astros. Recibe tú la última
mirada de mis ojos, el último abrazo de mis brazos, el último beso de mis
labios, puertas de la vida, que vienen a sellar mi eterno contrato con la muerte.
Ven, áspero y vencedor piloto: mi nave, harta de combatir con las olas, quiere
quebrantarse en los peñascos. Brindemos por mi dama. ¡Oh, cuán portentosos
son los efectos de tu bálsamo, alquimista veraz! Así, con este beso... muero.
(Cae. Llega fray Lorenzo.)
FRAY LORENZO.- ¡Por San Francisco y mi santo hábito! ¡Esta noche mi
viejo pie viene tropezando en todos los sepulcros! ¿Quién a tales horas
interrumpe el silencio de los muertos?
BALTASAR.- Un amigo vuestro, y de todas veras.
FRAY LORENZO.- Con bien seas. ¿Y para qué sirve aquella luz, ocupada en
alumbrar a gusanos y calaveras? Me parece que está encendida en el
monumento de los Capuletos.
BALTASAR.- Verdad es, padre mío, y allí se encuentra mi amo, a quien tanto
queréis.
FRAY LORENZO.- ¿De quién hablas?
BALTASAR.- De Romeo.
FRAY LORENZO.- ¿Y cuánto tiempo hace que ha venido?
BALTASAR.- Una media hora.
FRAY LORENZO.- Sígueme.
BALTASAR.- ¿Y cómo, padre, si mi amo cree que no estoy aquí, y me ha
amena zado con la muerte, si yo le seguía?
FRAY LORENZO.- Pues quédate, e iré yo solo. ¡Dios mío! Alguna catástrofe
temo.
BALTASAR.- Dormido al pie de aquel arbusto, soñé que mi señor mataba a

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