sicomoros que crece al poniente de la ciudad. Allí estaba tu hijo. Apenas le vi
me dirigí a él, pero se internó en lo más profundo del bosque. Y como yo sé
que en ciertos casos la compañía estorba, seguí mi camino y mis cavilaciones,
huyendo de él con tanto gusto como él de mí.
SEÑORA DE MONTESCO.- Dicen que va allí con frecuencia a juntar su
llanto con el rocío de la mañana y contar a las nubes sus querellas, y apenas el
sol, alegría del mundo, descorre los sombríos pa-bellones del tálamo de la
aurora, huye Romeo de la luz y torna a casa, se encierra sombrío en su cámara,
y para esquivar la luz del día, crea artificialment e una noche. Mucho me apena
su estado, y sería un dolor que su razón no llegase a dominar sus caprichos.
BENVOLIO.- ¿Sospecháis la causa, tío?
MONTESCO.- No la sé ni puedo indagarla.
BENVOLIO.- ¿No has podido arrancarle ninguna explicación?
MONTESCO.- Ni yo, ni nadie. No sé si pienso bien o mal, pero él es el único
consejero de sí mismo. Guarda con avaricia su secreto y se consume en él,
como el germen herido por el gusano antes de desarrollarse y encantar al sol
con su hermosura. Cuando yo sepa la causa de su mal, procuraré poner
remedio.
BENVOLIO.- Aquí está. O me engaña el cariño que le tengo, o voy a saber
pronto la causa de su mal.
MONTESCO.- ¡Oh, si pudieses con habilidad descubrir el secreto! Ven,
esposa. (Entra Romeo.)


BENVOLIO.- Muy madrugador estás.
ROMEO-. ¿Tan joven está el día?
BENVOLIO.- Aún no han dado las nueve.
ROMEO.- ¡Tristes horas, cuán lentamente camináis! ¿No era mi madre quien
salía ahora de aquí?
BENVOLIO.- Sí por cierto. Pero ¿qué dolores son los que alargan tanto las
horas de Romeo?
ROMEO.- El carecer de lo que las haría cortas.
BENVOLIO .- ¿Cuestión de amores?
ROMEO.- Desvíos.
BENVOLIO.- ¿De amores?

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