CIUDADANOS.- Venid con palos, con picas, con hachas. ¡Mueran Capuletos
y Montescos! (Entran Capuleto y la señora de Capuleto.)


CAPULETO.- ¿Qué voces son ésas? Dadme mi espada.
SEÑORA.- ¿Qué espada? Lo que te conviene es una muleta.
CAPULETO.- Mi espada, mi espada, que Montesco viene blandiendo contra
mi la suya tan vieja como la mía. (Entran Montesco y su mujer.)


MONTESCO.- ¡Capuleto infame, déjame pasar, aparta!
SEÑORA.- No te dejaré dar un paso más. (Entra el Príncipe con su séquito.)


PRINCIPE.- ¡ Rebeldes enemigos de la paz, derramadores de sangre humana!
¿No queréis oír? Humanas fieras que apagáis en la fuente sangrienta de
vuestras venas el ardor de vuestras iras, arrojad en seguida a tierra las armas
fratricidas, y escuchad mi sentencia. Tres veces, por vanas quimeras y fútiles
motivos, habéis ensangrentado las calles de Verona, haciendo a sus habitantes,
aun los más graves e ilustres, empuñar las enmohecidas alabardas, y cargar con
el hierro sus manos envejecidas por la paz. Si volvéis a turbar el sosiego de
nuestra ciudad, me responderéis con vuestras cabezas. Basta por ahora; retiraos
todos. Tú, Capuleto, vendrás conmigo. Tú, Montesco, irás a buscarme dentro
de poco a la Audiencia, donde te hablaré más largamente. Pena de muerte a
quien permanezca aquí. (Vase.)
MONTESCO.- ¿Quién ha vuelto a comenzar la antigua discordia? ¿Estabas tú
cuando principió, sobrino mío?
BENVOLIO.- Los criados de tu enemigo estaban ya lidiando con los nuestros
cuando llegué, y fueron inútiles mis esfuerzos para separarlos. Teobaldo se
arrojó sobre mí, blandiendo el hierro que azotaba el aire despreciador de sus
furores. Al ruido de las estocadas acorre gente de una parte y otra, hasta que el
Príncipe separó a unos y otros.
SEÑORA DE MONTESCO.- ¿Y has visto a Romeo? ¡Cuánto me alegro de
que no se hallara presente!
BENVOLIO.- Sólo falt aba una hora para que el sol amaneciese por las doradas
puertas del Oriente, cuando salí a pasear, solo con mis cuidados, al bosque de

4