FRAY LORENZO.- ¡El cielo mire con buenos ojos la ceremonia que vamos a
cumplir, y no nos castigue por ella en adelante!
ROMEO.- ¡Así sea, así sea! Pero por muchas penas que vengan no bastarán a
destruir la impresión de este momento de ventura. Junta nuestras manos, y con
tal que yo pueda llamarla mía, no temeré ni siquiera a la muerte, verdugo del
amor.
FRAY LORENZO.- Nada violento es duradero: ni el placer ni la pena: ellos
mismos se consumen como el fuego y la pólvora al usarse. La excesiva
dulcedumbre de la miel empalaga al labio. Ama, pues, con templanza. (Sale
Julieta.) Aquí está la dama; su pie es tan leve que no desgastará nunca la eterna
roca; tan ligera que puede correr sobre las telas de araña sin romperlas.
JULIETA.- Buenas tardes, reverendo confesor.
FRAY LORENZO.- Romeo te dará las gracias en nombre de los dos.
JULIETA.- Por eso le he incluido en el saludo. Si no, pecaría él de exceso de
cortesía.
ROMEO.- ¡Oh, Julieta! Si tu dicha es como la mía y puedes expresarla con
más arte, alegra con tus palabras el aire de este aposento y deja que tu voz
proclame la ve ntura que hoy agita el alma de los dos.
JULIETA.- El verdadero amor es más prodigo de obras que de palabras: más
rico en la esencia que en la forma. Sólo el pobre cuenta su caudal. Mi tesoro es
tan grande que yo no podría contar ni siquiera la mitad.
FRAY LORENZO.- Acabemos pronto. No os dejaré solos hasta que os ligue la
bendición nupcial.

ACTO III

ESCENA PRIMERA

Plaza de Verona


(MERCUTIO, BENVOLIO)


BENVOLIO.- Amigo Mercutio, pienso que debíamos refrenarnos, porque hace
mucho calor, y los Capuletos andan encalabrinados, y ya sabes que en verano
hierve mucho la sangre.

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