PEDRO.- Yo no he visto que nadie os insulte, porque si lo viera, no tardaría un
minuto en sacar mi espada. Nadie me gana en valor cuando mi causa es justa, y
cuando me favorece la ley.
AMA.- ¡Válgame Dios! todavía me dura el enojo y las carnes me tiemblan...
Una palabra sola, caballero. Como iba diciendo, mi señorita me manda con un
recado para vos. No voy a repetiros todo lo que me ha dicho. Pero si vuestro
objeto es engañarla, ciertamente que será cosa indigna, porque mi señorita es
una muchacha joven, y el engañarla sería muy mala obra, y no tendría perdón
de Dios.
ROMEO.- Ama, puedes jurar a tu señora que...
AMA.- ¡Bien, bien, así se lo diré, y ha de alegrarse mucho!
ROMEO.- ¿Y qué le vas a decir, si todavía no me has oído nada?
AMA.- Le diré que protestáis, lo cual, a fe mía, es obrar com caballero.
o
ROMEO.- Dile que invente algún pretexto para ir esta tarde a confesarse al
convento de Fray Lorenzo, y él nos confesará y casará. Toma este regalo.
AMA.- No aceptaré ni un dinero, señor mío.
ROMEO.- Yo te lo mando.
AMA.- ¿Conque esta tarde? Pues no faltará.
ROMEO.- Espérame detrás de las tapias del convento, y antes de una hora, mi
criado te llevará una escala de cuerdas para poder yo subir por ella hasta la
cima de mi felicidad. Adiós y séme fiel. Yo te lo premiaré todo. Mis recuerdos
a Julieta.
AMA.- Bendito seáis. Una palabra más.
ROMEO.- ¿Qué, ama?
AMA.- ¿Es de fiar vuestro criado? ¿Nunca oísteis que a nadie fia sus secretos
el varón prudente?
ROMEO.- Mi criado es fiel como el oro.
AMA.- Bien, caballero. No hay señorita más hermosa que la mía. ¡Y si la
hubierais conocido cuando pequeña!... ¡Ah! Por cierto que hay en la ciudad un
tal Paris que de buena gana la abordaría. Pero ella, bendita sea su alma, más
quisiera a un sapo feísimo que a él. A veces me divierto en enojarla, diciéndole
que Paris es mejor mozo que vos, y ¡si vierais cómo se pone entonces! Mas
pálida que la cera. Decidme ahora: ¿Romero y Romeo no tienen la misma letra
inicial?

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