BENVOLIO.- ¡Aquí tienes a Romeo! ¡Aquí tienes a Romeo!
MERCUTIO.- Bien roma trae el alma. No eres carne ni pescado. ¡Oh materia
digna de os versos del Petrarca! Comparada con su amor, Laura era una
l
fregona, sino que tuvo mejor poeta que la celebrase; Dido una zagala,
Cleopatra una gitana, Hero y Elena dos rameras, y Ciste, a pesar de sus negros
ojos, no podría competir con la suya. Bon jour, Romeo. Saludo francés
corresponde a vuestras calzas francesas. Anoche nos dejaste en blanco.
ROMEO.- ¿Qué dices de dejar en blanco?
MERCUTIO.- Que te despediste a la francesa. ¿Lo entiendes ahora?
ROMEO.- Perdón, Mercutio. Tenía algo que hacer, y no estaba el tiempo para
cortesías.
MERCUTIO.- ¿De suerte que tú también las usas a veces y doblas las rodillas?
ROMEO.- Luego no soy descortés, porque eso es hacer genuflexiones.
MERCUTIO.- Dices bien.
ROMEO.- Pero aquello de que hablábamos es cortesía y no genuflexión.
MERCUTIO.- Es que yo soy la flor de la cortesía.
ROMEO.- ¿Cómo no dices la flor y nata?
MERCUTIO.- Porque la nata la dejo para ti.
ROMEO.- Cállate.
MERCUTIO.- ¿Y no es mejor esto que andar en lamentaciones exóticas?
Ahora te reconozco: eres Romeo, nuestro antiguo y buen amigo. Andabas
hecho un necio con ese amor insensato. (Entran Pedro y el Ama.)


MERCUTIO.- Vela, vela.
BENVOLIO.- Y son dos: una saya, y un sayal.
AMA.- ¡Pedro!
PEDRO.- ¿Qué?
AMA.- Tráeme el abanico.
MERCUTIO.- Dáselo, Pedro, que siempre será más agradable mirar su abanico
que su cara.
AMA.- Buenas tardes, señores.
MERCUTIO.- Buenas tardes, hermosa dama.
AMA.- ¿Pues hemos llegado a la tarde?
MERCUTIO.- No, pero la mano lasciva del reloj está señalando las doce.

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