FRAY LORENZO.- Ya la aurora se sonríe mirando huir a la oscura noche. Ya
con sus rayos dora las nubes de oriente. Huye la noche con perezosos pies,
tropezando y cayendo como un beodo, al ver la lumbre del sol que se despierta
y monta en el carro de Titán. Antes que tienda su dorada lumbre, alegrando el
día y enjugando el llanto que vertió la noche, ha de llenar este cesto de bien
olientes flores y de yerbas primorosas. La tierra es a la vez cuna y sepultura de
la naturaleza y su seno educa y nutre hijos de varia condición pero ninguno tan
falto de virtud que no dé aliento o remedio o solaz al hombre. Extrañas son las
virtudes que derramó la pródiga mano de la naturaleza, en piedras, plantas y
yerbas. No hay ser inútil sobre la tierra, por vil y des-preciable que parezca. Por
el contrario, el ser más noble, si se emplea con mal fin, es dañino y
abominable. El bien mismo se trueca en mal y el valor en vicio, cuando no
sirve a un fin virtuoso. En esta flor que nace duermen escondidos a la vez
medicina y veneno: los dos nacen del mismo origen, y su olor comunica deleite
y vida a los sentidos, pero si se aplica al labio, esa misma flor tan aromosa
mata el sentido. Así es el alma humana; dos monarcas imperan en ella, uno la
humildad, otro la pasión; cuando ésta predomina, un gusano roedor consume la
planta.
ROMEO.- Buenos días, padre.
FRAY LORENZO.- Él sea en tu guarda. ¿Quién me saluda con tan dulces
palabras, al apuntar el día? Levantado y a tales horas, revela sin duda
intranquilidad de conciencia, hijo mío. En las pupilas del anciano viven los
cuidados veladores, y donde reina la inquietud ¿cómo habitará el sosiego? Pero
en lecho donde reposa la juventud ajena de todo pesar y duelo, infunde en los
miembros deliciosa calma el blando sueño. Tu visita tan de mañana me indica
que alguna triste ocasión te hace abandonar tan pronto el lecho. Y si no.. . será
que has pasado la noche desvelado.
ROMEO.- ¡Eso es, y descansé mejor que dormido!
FRAY LORENZO.- Perdónete Dios. ¿Estuviste con Rosalía?
ROMEO.- ¿Con Rosalía? Ya su nombre no suena dulce en mis oídos, ni pienso
en su amor.
FRAY LORENZO.- Bien haces. Luego ¿dónde estuviste?
ROMEO.- Te lo diré sin ambages. En la fiesta de nuestros enemigos los

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