voz del cazador de cetrería, para llamar de lejos a los halcones! Si yo pudiera
hablar a gritos, penetraría mi voz hasta en la gruta de la ninfa Eco, y llegaría a
ensordecerla repitiendo el nombre de mi Romeo.
ROMEO.- ¡Cuán grato suena el acento de mi amada en la apacible noche,
protectora de los amantes! Más dulce es que música en oído atento.
JULIETA.- ¡Romeo!
ROMEO.- ¡Alma mía!
JULIETA.- ¿A qué hora irá mi criado mañana?
ROMEO.- A las nueve.
JULIETA.- No faltará. Las horas se me harán siglos hasta que ésa llegue. No sé
para qué te he llamado.
ROMEO.- ¡Déjame quedar aquí hasta que lo pienses!
JULIETA.- Con el contento de verte cerca me olvidaré eternamente de lo que
pensaba, recordando tu dulce compañía.
ROMEO.- Para que siga tu olvido no he de irme.
JULIETA.- Ya es de día. Vete... Pero no quisiera que te alejaras más que el
breve trecho que consiente alejarse al pajarillo la niña que le tiene sujeto de una
cuerda de seda, y que a veces le suelta de la mano, y luego le coge ansiosa, y le
vuelve a soltar...
ROMEO .- ¡ Ojalá fuera yo ese pajarillo!
JULIETA.- ¿Y qué quisiera yo sino que lo fueras? aunque recelo que mis
caricias habían de matarte. ¡Adiós, adiós! Triste es la ausencia y tan dulce la
despedida, que no sé cómo arrancarme de los hierros de esta ventana.
ROMEO.- ¡Que el sueño descanse en tus dulces ojos y la paz en tu alma!
¡Ojalá fuera yo el sueño, ojalá fuera yo la paz en que se duerme tu belleza! De
aquí voy a la celda donde mora mi piadoso confesor, para pedirle ayuda y
consejo en este trance.



ESCENA III

Celda de fray Lorenzo


(FRAY LORENZO y ROMEO)

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