Me dijo que tenían algunas armas pero que no les servían para nada, pues no tenían pólvora ni
municiones. El mar había estropeado casi toda la pólvora, con la excepción de una pequeña cantidad, que
utilizaron al desembarcar para proveerse de alimentos.
Le pregunté si sabía qué sería de ellos o si habían hecho planes para escapar. Me contestó que lo habían
considerado muchas veces pero, como no tenían embarcación, ni medios para fabricarla y tampoco tenían
provisiones de ningún tipo, sus concilios terminaban siempre en lágrimas y desesperación.
Le pedí que me dijera cómo recibirían una propuesta de huida por mi parte y si esta sería realizable. Le
dije con franqueza que mi mayor preocupación era alguna traición o abusos por su parte si ponía mi vida en
sus manos, ya que la gratitud no suele ser una virtud inherente a la naturaleza humana y los hombres suelen
velar más por sus propios intereses que por sus obligaciones. Le dije que sería intolerable que, después de
salvarles la vida, me llevasen prisionero a la Nueva España, donde cualquier inglés sería ajusticiado,
independientemente de las circunstancias o necesidades que le hubiesen llevado hasta allí; y que prefería
ser entregado a los salvajes y devorado vivo antes de caer en las garras de sacerdotes despiadados y ser
llevado ante la Inquisición. Añadí que, aparte de eso, estaba convencido de que, siendo todos los que
éramos, podríamos construir una embarcación con nuestras propias manos, lo suficientemente grande para
llegar a Brasil, a las islas, o a la costa española que estaba al norte. Mas, si en recompensa, puesto que les
daría armas, me llevaban por la fuerza a su patria, estarían abusando de mi generosidad y yo me vería peor
que antes.
Me contestó con mucha honradez y sinceridad que su situación era tan miserable como la mía y que
habían sufrido tanto, que no podrían menos que aborrecer la mera idea de perjudicar a nadie que les
ayudara a escapar. Si me parecía bien, él iría con el viejo a hablar con ellos sobre el asunto y regresaría con
una respuesta; que obtendría su compromiso solemne de ponerse bajo mis órdenes como capitán y co-
mandante y les haría jurar sobre los Santos Sacramentos y el Evangelio, que serían leales, que iríamos al
país cristiano que yo quisiera y a ningún otro; que se someterían total y absolutamente a mis órdenes hasta
que hubiésemos desembarcado sanos y salvos en el país que yo quisiera; y que me darían un contrato
firmado a estos efectos.
Entonces me dijo que, antes que nada, él, por su parte, me juraba que no se separaría nunca de mí hasta
que yo se lo ordenase y que estaría de mi lado, hasta derramar la última gota de sangre, si sus compañeros
faltaban a su promesa.
Me dijo que todos eran hombres civilizados y honestos, que se hallaban en la peor situación imaginable,
sin armas ni ropa, sin otro alimento que el que los salvajes les cedían generosamente y sin esperanzas de
regresar a su patria. Si yo los ayudaba, podía estar seguro de que estarían dispuestos a dar la vida por mí.
Con estas garantías, decidí enviar al viejo salvaje y al español para tratar con ellos. Mas cuando todo
estaba listo para su partida, el español hizo una observación, tan pru dente y sincera que no pude menos que
aceptarla con agrado. Siguiendo su consejo, decidí postergar medio año el rescate de sus compañeros por la
razón que sigue.
Hacía cerca de un mes que vivía con nosotros y, durante todo ese tiempo, yo le había mostrado el modo
en que había provisto para mis necesidades, con la ayuda de la Providencia. Sabía perfectamente que mi
abastecimiento de arroz y cebada era suficiente para mí, mas no para mi fa milia, que hora contaba con
cuatro miembros. Si venían sus compañeros, que eran catorce, no tendríamos cómo alimentarlos ni, mucho
menos, abastecer una embarcación para dirigirnos a las colonias cristianas de América. Por tanto, le parecía
recomendable que les permitiera, a él y a los otros dos, cultivar más tierra, con las semillas que yo pudiese
darles y que esperáramos a la siguiente cosecha, a fin de tener una reserva de grano para cuando llegaran
sus compañeros, pues la necesidad podía ser motivo de discordia o de que sintieran que habían sido
liberados de una desgracia para caer en otra peor.
-Usted sabe -me dijo-, que los hijos de Israel al principio se alegraron de su salida de Egipto pero, luego,
se re belaron contra Dios, que los había liberado, cuando les faltó el pan en medio del desierto.
Su razonamiento era tan sensato y su consejo tan bueno, que me sentí muy complacido, tanto por su
propuesta como por la lealtad que me demostraba. Así, pues, nos pu simos a trabajar los cuatro, lo mejor
que podimos con las herramientas de madera que teníamos. En menos de un mes, al cabo del cual
comenzaba el período de siembra, habíamos labrado y preparado una razonable extensión de terreno.
Sembramos veintidós celemines de cebada y dieciséis jarras de arroz, que era todo el grano del que
podíamos disponer, después de reservar una cantidad suficiente para nuestro sustento durante los seis meses
que debíamos esperar hasta el momento de la cosecha; es decir, los seis meses que transcurrieron desde que
apartamos el grano destinado a la siembra, que es el tiempo que se demora en crecer en aquellas tierras.

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