una situación más complicada que la anterior, pues era imposible pasarlos por encima y yo no estaba
dispuesto a derribarla. Viernes y yo nos pusimos nuevamente a trabajar y, en casi dos horas, construimos
una hermosa tienda, cubierta con velas viejas y recubierta con ramas de árboles, en la parte exterior de la
muralla, entre esta y el bosquecillo que había plantado. También hicimos dos camas con paja de arroz,
encima de las cuales colo camos dos mantas; una para acostarse y otra para cubrirse.
Mi isla estaba ahora poblada y me consideré rico en súbditos. Me hacía gracia verme como si fuese un
rey. En primer lugar, toda la tierra era de mi absoluta propiedad, de manera que tenía un derecho
indiscutible al dominio. En segundo lugar, mis súbditos eran totalmente sumisos pues yo era su señor y
legislador absoluto y todos me debían la vida. De haber sido necesario, todos habrían sacrificado sus vidas
por mí. También me llamaba la atención que mis tres súbditos pertenecieran a religiones distintas. Mi
siervo Viernes era Protestante, su padre, un caníbal pagano y el español, papista. No obstante, y, dicho sea
de paso, decreté libertad de conciencia en todos mis dominios.
Tan pronto acomodé a mis débiles prisioneros rescatados y les di cobijo y un lugar para reposar, me puse
a pensar cómo conseguirles provisiones. Lo primero que hice fue or denarle a Viernes que cogiera un
cabrito de un año de mi propio rebaño y lo matara. Le corté el cuarto trasero y lo troceé en pequeños
pedazos. Viernes los coció y preparó un plato muy sabroso, puedo aseguraros, de carne y caldo, al que le
añadió un poco de cebada y arroz. Como cocinaba siempre afuera, para evitar fuegos en mi muralla
interior, lo llevé todo a la nueva tienda y allí puse una mesa para mis huéspedes. Me senté a comer con
ellos y traté de animarlos lo mejor que pude. Viernes me servía de intérprete con su padre y con el español,
que hablaba bastante bien el idioma de los salvajes.
Después de comer, o más bien, de cenar, le ordené a Viernes que cogiese una de las canoas y fuese a
buscar nuestros mosquetes y demás armas de fuego, que por falta de tiempo, habíamos dejado en el lugar
de la batalla. Al día siguiente, le ordené que enterrase a los muertos, que estaban tendidos al sol y, en poco
tiempo, comenzarían a oler. También le ordené que enterrara los horribles restos del festín bárbaro, que
eran abundantes, pues yo no tenía valor para hacer aquello, ni siquiera para verlo si pasaba por allí. Siguió
mis órdenes al pie de la letra y borró todo rastro de la presencia de los salvajes, de manera que, cuando
volví al lu gar, apenas tenía una idea de dónde había ocurrido, a excepción del extremo del bosque que lo
señalizaba.
Empecé a conversar un poco con mis dos nuevos súbditos. En primer lugar, le pedí a Viernes que le
preguntara a su padre qué pensaba sobre los salvajes que habían escapa do en la canoa y si creía que
volverían con un ejército tan grande que no fuésemos capaces de combatir. Su primera opinión fue que
aquellos salvajes no habían podido resistir, en semejante bote, una tormenta como la que había soplado
toda la noche de su huida y, seguramente, se habían ahogado o habían sido arrastrados hacia el sur hasta
otras costas, donde, tan seguro era que serían devorados, como que se ahogarían si naufragaban. No sabía
qué harían si lle gaban sanos a la costa pero pensaba que estarían tan asustados por la forma en que habían
sido atacados y por el ruido y el fuego, que le dirían a su gente que no los habían matado unos hombres
sino el rayo y el trueno; y que los dos seres que habían aparecido, es decir, Viernes y yo, no éramos
hombres armados, sino dos espíritus o furias celestiales que habían bajado a destruirlos. Sabía esto porque
los escuchó gritar en su lengua que era imposible que un hombre pudiese disparar dardos de fuego o hablar
como el trueno y matar a distancia, sin levantar la mano. En esto, el viejo salvaje tenía razón, pues luego
supe que jamás intentaron regresar a la isla por miedo a lo que aquellos cuatro hombres (que, en efecto,
lograron salvarse del mar) les habían contado: que quien fuera a esa isla encantada, sería destruido por el
fuego de los dioses.
En aquel momento ignoraba esto y, por tanto, vivía continuamente inquieto, haciendo guardias, al igual
que el resto de mi ejército. Ahora que éramos cuatro, me atrevía a enfrentarme a un centenar de ellos en
cualquier momento. Sin embargo, al cabo de un tiempo, al ver que no aparecía ninguna canoa, fui
perdiendo el miedo a que regresaran y volví a considerar mis viejos propósitos de viajar al continente. El
padre de Viernes me aseguró que podía contar con el cordial recibimiento de su gente, si decidía hacerlo.
No obstante, tuve que posponer mis planes, después de una seria conversación con el español, en la que
me dijo que los dieciséis españoles y portugueses, que habían nau fragado y encontrado refugio en esas
costas, vivían allí en paz con los salvajes, aunque no sin temer por sus vidas y padecer necesidades. Le pedí
que me relatara su viaje y, entonces, supe que viajaba en un barco español fletado en el Río de la Plata con
destino a La Habana, donde debía llevar un cargamento de pieles y plata y regresar con las mercancías
europeas que pudiesen obtener. Añadió que a bordo viajaban cinco marineros portugueses, rescatados de
otro naufragio y que cinco de los suyos habían muerto cuando se perdió la primera embarcación. Los
demás, después de infinitos riesgos y peligros, habían logrado llegar, medio muertos, a aquellas tierras de
caníbales, donde temían ser devorados de un momento a otro.

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