como un loco. Pasó un largo rato antes de que lograra que me dijese qué ocurría. Cuando se hubo calmado,
me dijo que aquel era su padre.
No es fácil explicar la emoción que me provocó ver el éxtasis de amor filial que invadió a este pobre
salvaje ante la vista de su padre liberado de la muerte. Tampoco puedo describir las extravagancias que
tuvo con él. Entró y salió varías veces de la canoa; cuando entraba, se ponía a su lado, abría su chaqueta y
colocaba la cabeza de su padre contra su pecho durante media hora para reanimarlo; luego tomó sus brazos
y sus tobillos, que estaban entumecidos por las ataduras y comenzó a frotarlos y calentarlos con sus manos.
Cuando me di cuenta de lo que quería lograr, le di un poco de ron de mi botella para qué lo friccionara, lo
que le hizo mucho bien.
Esta circunstancia puso fin a la idea de perseguir la canoa en la que iban los otros salvajes, que, a estas
alturas, estaban casi fuera de nuestra vista y, mejor fue que no lo hicié ramos, pues nos salvamos de un
viento que se levantó antes de que pudiesen hacer una cuarta parte de su travesía y continuó soplando
fuertemente durante toda la noche. Como el viento soplaba del noroeste, les resultaba adverso, de manera
que, con toda probabilidad, la piragua no pudo resistirlo y no llegaron a sus costas.
Mas, volvamos a Viernes. Se ocupaba tanto de su padre, que durante un tiempo no me atreví a
molestarlos. No obstante, cuando me pareció que podía dejarlo solo un momen to, lo llamé y él se
aproximó saltando y riendo, en extremo feliz. Le pregunté si le había dado pan a su padre y meneó la
cabeza respondiendo: «No; perro feo, me lo como todo yo mismo.» Le di, pues, una torta de pan del
pequeño zurrón que llevaba para este propósito y le ofrecí un poco de ron, el cual no quiso siquiera probar
para guardárselo a su padre. Llevaba también dos o tres puñados de pasas y le di uno para su padre. Apenas
se las hubo llevado, volvió a salir corriendo de la canoa, a tal velocidad que parecía embrujado, pues en
verdad era el hombre más ágil que jamás hubiese visto. Podría decirse que corría tan rápidamente que hasta
llegué a perderlo de vista por un instante. Le grité y lo llamé pero fue en vano. Al cabo de un cuarto de
hora, regresó, un poco más lentamente que a la ida, pues, según pude ver mientras se acercaba, traía algo en
las manos.
Cuando llegó hasta donde yo estaba, me di cuenta de que había ido hasta la canoa a por un jarro o vasija
para llevarle un poco de agua fresca a su padre. Traía, además, dos galletas y unos panes. Me dio los panes
y le llevó las galletas al padre. Como también me sentía muy sediento, tomé un sorbo. El agua reanimó a su
padre mucho mejor que todo el ron o licor que yo le había dado, pues se estaba muriendo de sed.
Cuando su padre hubo bebido, llamé a Viernes para saber si quedaba agua. Respondió que sí y le ordené
que le llevara un poco al pobre español, que necesitaba tantos cuidados como su padre. También le dije que
le llevara uno de los panes que había traído. El pobre español, que estaba muy débil, reposaba sobre la
hierba a la sombra de un árbol. Sus extremidades estaban entumecidas e hinchadas a causa de las fuertes
ataduras que le habían hecho. Cuando Viernes se le acercó con el agua, se sentó y bebió. También tomó el
pan y comenzó a comerlo. Entonces, me aproximé y le di un puñado de pasas. Me miró con una evidente
e xpresión de gratitud en el rostro pero estaba tan fatigado por el combate que no podía mantenerse en pie.
Dos o tres veces intentó incorporarse pero le resultaba imposible, a causa de la inflamación y el dolor en las
piernas. Le dije que se quedara tranquilo e indiqué a Viernes que se las untara y friccionara con ron, como
había hecho antes con su padre.
Mientras hacía esto, mi pobre y afectuosa criatura, volvía la cabeza cada dos minutos, quizás menos, para
ver si su padre seguía en la misma posición en que lo había dejado. De pronto, al no poder verlo, se levantó
y, sin decir una palabra, corrió hacia él tan rápidamente que parecía que sus pies no tocaban la tierra.
Cuando llegó a la canoa y se dio cuenta de que su padre solo se había recostado para descansar las piernas,
regresó inmediatamente hacia donde yo estaba. Entonces, le pedí al español que le permitiera a Viernes
ayudarlo a levantarse para conducirlo a la barca y, de ahí, a nuestra morada, donde yo me haría cargo de él.
Mas Viernes, que era joven y robusto, cargó sobre sus espaldas al español hasta la canoa, lo colocó con
mucha delicadeza en el borde, con los pies por dentro, y lo acomodó al lado de su padre. Después, saltó de
la piragua, la metió en el mar y remó a lo largo de toda la costa, mucho más rápidamente de lo que yo podía
avanzar caminando, a pesar de que soplaba un viento muy fuerte. Habiéndolos traído a salvo hasta nuestra
ensenada, los dejó en la canoa y salió corriendo a buscar la otra. Al pasar junto a mí, le pregunté a dónde
iba y me respondió: «Busca más canoa.» Partió como el viento, pues, seguramente, jamás hombre o caballo
corrieron como él, y llegó con la segunda canoa hasta la ensenada casi antes que yo, que iba por tierra. Así
pues, me condujo hasta la otra orilla y se apresuró a ayudar a nuestros nuevos huéspedes a salir de la canoa.
Pero ninguno estaba en condiciones de caminar, por lo que el pobre Viernes no supo qué hacer.
Me puse a pensar en una solución y decidí decirle a Viernes que los ayudase a sentarse en la orilla y que
viniese conmigo. Rápidamente, fabriqué una suerte de carretilla para transportarlos entre ambos. Así lo
hicimos pero cuando llegamos hasta la parte exterior de nuestra muralla o fortificación, nos hallamos ante

95