Los tomó muy agradecido y, apenas tuvo las armas en sus manos, como si le hubiesen investido de nuevo
vigor, se abalanzó sobre sus asesinos como una fiera y cortó a dos de ellos en pedazos en un instante. Lo
cierto es que, todo esto los había tomado por sorpresa y las pobres criaturas estaban tan aterrorizadas por el
ruido de nuestras armas, que caían de puro asombro y miedo; tan incapaces eran de huir como de resistir las
balas. Lo mismo les ocurrió a los cinco a los que Viernes les había disparado en la canoa: tres de ellos
cayeron por las heridas y los otros dos de miedo.
Mantuve mi arma en la mano, sin disparar, con el propósito de reservar la carga que me quedaba, pues le
había entregado mi pistola y mi sable al español. Llamé a Viernes y le pedí que fuera corriendo al árbol
desde donde habíamos disparado al principio y recogiera las armas descargadas que estaban allí, lo cual
hizo con gran rapidez. Luego le di mi mosquete, me senté a cargar todas las demás nuevamente y les
recomendé que viniesen a buscarlas cuando las necesitaran. Mientras cargaba las armas, se entabló un feroz
combate entre el español y uno de los salvajes que le atacó con uno de esos grandes sables de madera, el
mismo con el que le habría dado muerte si yo no hubiese intervenido para evitarlo. El español, que era muy
valiente y arrojado, aunque un poco débil, llevaba un buen rato peleando con el salvaje y le había hecho dos
heridas en la cabeza. Pero el salvaje, que era un joven robusto y vigoroso, lo derribó (pues estaba muy
débil) y estaba intentando arrancarle el sable de las manos. Súbitamente, el español soltó el sable y,
sacando la pistola de su cinturón, le atravesó el cuerpo de un disparo y lo mató en el acto, antes de que yo
pudiese llegar a socorrerle.
Viernes, que ahora andaba por su cuenta, perseguía a los miserables fugitivos, sin más arma que el hacha
con la que había matado a aquellos tres, que, como he dicho, esta ban heridos y habían caído al principio y,
luego, a todos los que pudo atrapar. El español me pidió un arma y le di una escopeta, con la cual persiguió
e hirió a dos salvajes. Mas, como no tenía fuerzas para correr, se refugiaron en el bosque. Allí, Viernes los
persiguió y mató a uno pero el otro, aunque estaba herido, era muy ágil y logró arrojarse al mar y nadar con
todas sus fuerzas hacia los que estaban en la canoa. Estos tres que lograron embarcar, más otro que estaba
herido y no sabemos si murió, fueron los únicos, de un total de veintiuno, que escaparon de nuestras manos.
La relación es como sigue:
3 muertos por nuestra primera descarga desde el árbol
2 muertos por la siguiente descarga
2 muertos por Viernes en la canoa
2 muertos por él mismo, de los que al comienzo habían sido heridos
1 muerto por él mismo en el bosque
3 muertos por el español
4 muertos que aparecieron aquí y allá, a causa de sus heridas o muertos por Viernes en su persecución.
4 huidos en la barca, entre los cuales había uno herido, si no mu erto.
21 en total.
Los que estaban en la canoa, tuvieron que remar muy rápidamente para librarse de los disparos y, aunque
Viernes les disparó dos o tres veces, al parecer, no pudo herir a nin guno de ellos. Él quería que cogiéramos
una de sus canoas y los persiguiéramos e, indudablemente, yo estaba muy preocupado por su huida, pues
llevarían las noticias a su gente. Tal vez, regresarían con doscientas o trescientas canoas y, siendo muchos
más que nosotros, nos devorarían. Decidí perseguirlos por mar y, corriendo hasta una de sus canoas, salté
sobre ella y le ordené a Viernes que me siguiera. Mas, cuando ya estaba dentro de la canoa, me sorprendió
ver a otro pobre salvaje, amarrado de pies y manos, como el español, en espera del sacrificio y casi muerto
de miedo. No sabía lo que estaba ocurriendo pues le era imposible ver por encima del borde de la canoa,
por lo fuertemente atado que estaba y, como llevaba mucho tiempo así, estaba medio moribundo.
En seguida corté los bejucos o juncos con los que estaba atado y traté de ayudarlo para que se
incorporara, pero no podía ponerse en pie ni hablar. Tan solo emitía un quejido lastimero, creyendo, sin
duda, que lo había desatado para matarlo.
Cuando Viernes se le acercó, le ordené que le dijera que estaba en libertad. Saqué mi botella y le di un
trago al pobre desgraciado, que, viéndose repentinamente liberado, se re animó y se sentó en la canoa.
Cuando Viernes se puso a mi rarlo y a hablarle, sucedió algo que habría hecho llorar a cualquiera. De
pronto, comenzó a abrazarlo y besarlo, reía, lloraba, gritaba, saltaba a su alrededor, bailaba, cantaba, volvía
a llorar, se retorcía las manos, se golpeaba la cabeza y el rostro y volvía a cantar y saltar a su alrededor

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