Traté de animarlo como pude pero el pobre muchacho estaba terriblemente asustado. Se había
empecinado en pensar que habían venido a buscarlo y que lo cortarían en pedazos para comérselo. El pobre
chico temblaba tanto que apenas sabía qué hacer o decirle. Le reconforté lo mejor que pude y le dije que yo
corría tanto peligro como él, pues a mí tamb ién me comerían.
-Pero Viernes -dije-, debemos estar dispuestos a luchar contra ellos. ¿Acaso no puedes luchar, Viernes?
-Yo lucha -dijo-, pero ellos vienen muchos más.
-No te preocupes por eso -le dije nuevamente-, nuestras armas espantarán a los que no podamos matar.
Le pregunté si estaba resuelto a defenderse y a defenderme, a ayudarme y a hacer todo lo que yo le
pidiera, y me respondió:
-Yo muero si tú mueres, amo.
Entonces, fui a buscar un buen trago de ron y se lo di. Había administrado tan bien el ron que aún tenía
una gran cantidad. Cuando se lo hubo bebido, le dije que trajera las dos escopetas de caza que solíamos
llevar con nosotros y las cargué con municiones grandes del tamaño de las de pistola. Luego cogí cuatro
mosquetes y cargué cada uno de ellos con dos cartuchos y cinco balas pequeñas. Me colgué el gran sable
desnudo al costado y le di a Viernes su hacha.
Una vez preparado, tomé mi catalejo y subí por la ladera de la colina para ver qué podía descubrir.
Inmediatamente, observé, gracias a mi catalejo, que había veintiún salva jes, tres prisioneros y tres canoas.
Lo único que iban a hacer era celebrar un banquete triunfal con aquellos tres cuerpos humanos (un festín
bárbaro, sin duda), que no tenía nada de particular respecto a los que solían hacer.
También pude observar que no habían desembarcado en el mismo lugar del que Viernes se había
escapado, sino más cerca de mi río, donde la costa era más baja y había un espeso bosque que llegaba casi
hasta el mar. Esto, unido al horror que me causaba la falta de humanidad de estos miserables, me llenó de
tanta indignación que regresé a donde estaba Viernes y le dije que estaba resuelto a caer sobre ellos y
matarlos a todos. Le pregunté si combatiría a mi lado y él, que se había repuesto del susto por el ron y se
encontraba más animado, respondió, como lo había hecho antes, que moriría si yo se lo ordenaba.
En este acceso de valentía, cogí las armas que había cargado antes y las repartí entre los dos. Le di a
Viernes una pistola para que la pusiese en su cinturón y tres mosquetes para que los llevase a la espalda. Yo
cogí una pistola y los otros tres mosquetes y, armados de este modo, partimos. Puse una pequeña botella de
ron en mi bolsillo y le di a Viernes un gran saco de pólvora y balas. Le ordené que se quedara detrás de mí,
a poca distancia y que no hiciera ningún movimiento, ni hablara o disparara hasta que yo se lo indicara. De
este modo, recorrimos casi una milla hacia la derecha para pasar el río y llegar al bosque, a fin de estar a
tiro de fusil de ellos antes de que nos descubrieran, lo cual era muy sencillo, según pude ver con mi
catalejo.
A medida que iba andando, recordé mis antiguos principios y comencé a desistir de mi resolución. No
quiero decir con esto que tuviese miedo de su número, pues, como no eran más que unos miserables
desnudos y sin armas, yo era, sin duda, superior a ellos, aun si hubiese estado solo. Mas, comencé a pensar
que no tenía motivo ni razón, mucho menos necesidad, de teñir mis manos con sangre, atacando a unos
hombres que no me habían hecho, ni pretendían hacerme ningún daño. Respecto a mí, eran seres inocentes,
cuyas costumbres salvajes obraban en su propio perjuicio y eran la prueba de que Dios los había
abandonado, como a otros pueblos de aquella parte del mundo, a su estupidez y barbarie. Él no me había
llamado a que fuese juez de sus acciones, mucho menos, verdugo de su justicia. Cuando Él lo juzgase
conveniente, tomaría el caso en sus manos y, me diante la venganza nacional, los castigaría por sus
crimenes nacionales. Aquello no era de mi incumbencia y, si bien Viernes podía justificar aquella acción
como legítima, pues era enemigo declarado de ellos y se hallaba en estado de guerra, en mi caso no se
podía decir lo mismo. Estos pensamientos ejercieron tal influencia en mi espíritu, a lo largo del camino,
que decidí limitarme a permanecer cerca de ellos para observar su festín bárbaro y actuar según me lo
indicara el Señor, sin entrometerme en nada, a menos que reconociera un llamado más fuerte que el que
había sentido hasta ahora.
Así resuelto, con toda la precaución y el silencio posibles, y con Viernes pisándome los talones, caminé
hasta el límite del bosque más próximo a ellos, de manera que solo nos separaban unos árboles. Entonces,
llamé a Viernes en voz muy baja y, mostrándole un árbol enorme, que estaba en una esquina del bosque, le
pedí que se acercara hasta él y me informara si desde allí se podía ver claramente lo que hacían. Así lo hizo
y, regresó inmediatamente, diciendo que desde allí se podían ver perfectamente; que estaban alrededor de la
hoguera comiéndose la carne de uno de los prisioneros y que, amarrado en la arena, a poca distancia, había
otro a quien iban a matar en seguida, lo cual me llenó de cólera. Me dijo que no era uno de su nación, sino

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