-¡Ay de mí!, Viernes -dije-, no sabes lo que dices, soy un hombre ignorante.
-Sí, sí -contestó-, tú enseña mí bien, tú enseña ellos bien.
-No, Viernes -le respondí-, tú te marcharás sin mí y me dejarás viviendo aquí solo, como antes.
Al escuchar esto, volvió a mirarme con perplejidad y fue corriendo a buscar una de las azuelas que solía
llevar consigo. La cogió con presteza y me la entregó.
-¿Qué debo hacer con ella? -le pregunté.
-Tú coge, mata a Viernes -dijo.
-¿Por qué habría de matarte? -volví a preguntarle. Me respondió rápidamente:
-¿Por qué envía lejos Viernes? Toma, mata Viernes, no manda lejos.
Dijo esto con tanta sinceridad que se le llenaron los ojos de lágrimas. En pocas palabras, descubrí
claramente el profundo afecto que sentía hacia mí. Por su firme determinación, le dije en ese momento y,
en lo subsiguiente, muchas lo repetí, que nunca lo enviaría lejos de mí, si su deseo era quedarse a mi lado.
En resumidas cuentas, en sus palabras hallé un cariño tan grande, que nada podría separarlo de mí, por lo
que todo su interés en ir a su tierra, se fundamentaba en un amor ardiente por su gente y en la esperanza de
que yo pudiese hacerles algún bien, cosa que yo, conociéndome como me conocía, no podía pensar,
pretender ni desear. No obstante, yo sentía aún un fuerte deseo de escapar, que se basaba, como he dicho,
en lo que pude inferir de nuestra conversación; es decir, en que allí había diecisiete hombres barbudos. Por
lo tanto, sin más demora, Viernes y yo nos pusimos a buscar un árbol lo bastante grande como para hacer
una gran canoa o piragua para el viaje. En la isla había suficientes árboles para fabricar una pequeña flota,
no de piraguas y canoas, sino de barcos grandes. No obstante, lo más importante era que el árbol estuviese
cerca de la playa, a fin de que pudiésemos meter la canoa en el agua, una vez la hubié semos terminado y,
de este modo, no cometer el mismo error que yo había cometido al principio.
Finalmente, Viernes escogió un árbol, ya que conocía mejor que yo el tipo de madera más apropiado para
nuestro propósito. Ni aún hoy sería capaz de decir el nombre del ár bol que cortamos. Solo sé que se
parecía bastante al que nosotros llamamos fustete67 , o algo entre este y el nicaragua68 , pues tenía un color y
un olor bastante parecidos. Viernes quería quemar el interior del tronco para hacer la cavidad de la canoa
pero le demostré que era mejor ahuecarlo con herramientas, lo cual hizo con gran destreza, una vez le hube
enseñado a utilizarlas. Al cabo de un mes de ardua labor, la terminamos. Era una canoa muy hermosa,
particularmente, porque cortamos y moldeamos el casco con la ayuda de las hachas, que le enseñé a
manejar a Viernes, y le dimos la forma de un verdadero bote. Después de hacer esto, no obstante, tardamos
casi quince días en desplazarla hasta el agua, pulgada a pulgada, utilizando unos grandes rodillos. Cuando
lo logramos, vimos que podía transportar cómodamente a veinte hombres.


67
Fustete: Conocido también como cladastris. Su nombre científico es (Chlorophora, Maclura). Árbol
que se encuentra en Sudamérica y en las indias Occidentales, del cual se extrae un tinte amarillo.
68
Nicaragua: Especie de Caesalpinio parecido al palo de Brasil, del cual se extrae un tinte rojo.


Una vez en el agua, me sorprendió ver la destreza y la agilidad con que la manejaba mi siervo Viernes y
el modo en que la hacía girar y avanzar, a pesar de sus dimensiones. Le pregunté si creía que podíamos
aventurarnos en ella.
-Sí -me dijo-, aventuramos en ella muy bien aunque sopla gran viento.
No obstante, yo tenía un plan que él no conocía. Consistía en hacer un mástil y una vela y agregarle un
ancla y un cable. El mástil fue fácil de obtener, pues elegí un cedro joven y recto, de una especie que
abundaba en la isla y que encontré cerca de allí. Le pedí a Viernes que lo cortara y le di instrucciones para
que le diera forma y lo adaptase. La vela era mi preocupación principal. Sabía que tenía suficientes velas,
más bien, trozos de ellas, pero como hacía veintiséis años que las tenía y no había tomado la precaución de
conservarlas, puesto que no me imaginaba que lle garía a usarlas nunca para semejante propósito, no dudaba
que estarían todas podridas, como en efecto lo estaban, en su mayoría. No obstante, encontré dos trozos que
estaban en bastante buen estado y me puse a trabajar. Con mucha dificultad y con puntadas torcidas (podéis
estar seguros) por falta de agujas, hice, por fin, una cosa fea y triangular que se parecía a lo que en
Inglaterra llamamos vela de lomo de cordero. Esta iría amarrada a una botavara grande por abajo y a otra
más pequeña por arriba, del mismo modo que las chalupas de nuestros barcos. Yo conocía su manejo

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