En aquel tiempo, no pensaba en otra cosa que en fugarme y en la mejor forma de hacerlo, pero no
lograba hallar ningún método que fuera mínimamente viable. No había ningún indicio racional de que
pudiera llevar a cabo mis planes, pues, no tenía a nadie a quien comunicárselos ni que estuviera dispuesto a
acompañarme. Tampoco tenía amigos entre los esclavos, ni había por allí ningún otro inglés, irlandés o
escocés aparte de mí. Así, pues, durante dos años, si bien me complacía con la idea, no tenía ninguna
perspectiva alentadora de realizarla.
Al cabo de casi dos años se presentó una extraña circunstancia que reavivó mis intenciones de hacer algo
por recobrar mi libertad. Mi amo permanecía en casa por más tiempo de lo habitual y sin alistar la nave
(según oí, por falta de dinero). Una o dos veces por semana, si hacía buen tiempo, cogía la pinaza 15 del
barco y salía a pescar a la rada. A menudo, nos llevaba a mí y a un joven morisco para que remáramos,
pues le agradábamos mucho. Yo di muestras de ser tan diestro en la pesca que, a veces, me mandaba con
uno de sus parientes moros y con el joven, el morisco, a fin de que le trajésemos pescado para la comida.
Una vez, mientras íbamos a pescar en una mañana clara y tranquila, se levantó una niebla tan espesa que,
aun estando a media legua16 de la costa, no podíamos divisarla, de manera que nos pusimos a remar sin
saber en qué dirección, y así estuvimos remando todo el día y la noche. Cuando amaneció, nos dimos
cuenta de que habíamos remado mar adentro en vez de hacia la costa y que estábamos, al menos, a dos
leguas de la orilla. No obstante, logramos regresar, no sin mucho esfuerzo y peligro, porque el viento
comenzó a soplar con fuerza en la mañana y estábamos débiles por el hambre.


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Pinaza: Embarcación de vela y remo, de quilla plana, larga, estre cha y ligera que tiene tres palos y la
popa cuadrada.
16
Legua: Medida itineraria que se utiliza en mar y en tierra. Según lugares y épocas la legua ha oscilado
su valor desde 2,4 a 4,6 millas, pero usualmente se le ha dado el de 3 millas. Así la legua terrestre equivale
a 3 millas terrestres y por tanto, su valor es el de 4.828,02 metros; y la legua marina equivale a 3 millas
marinas y su valor es de 5.554,98 metros.


Nuestro amo, prevenido por este desastre, decidió ser más cuidadoso en el futuro. Usaría la chalupa de
nuestro barco inglés y no volvería a salir de pesca sin llevar consigo la brújula y algunas provisiones.
Entonces, le ordenó al carpintero de su barco, que también era un esclavo inglés, que construyera un
pequeño camarote o cabina en medio de la chalupa, como las que tienen las barcazas, con espacio sufi-
ciente a popa, para que se pudiese largar la vela mayor y, a proa, para que dos hombres pudiesen manipular
las velas. La chalupa navegaba con una vela triangular, que llamábamos lomo de cordero y la bomba estaba
asegurada sobre el techo del camarote. Este era bajo y muy cómodo y suficientemente amplio para guarecer
a mi amo y a uno o dos de sus esclavos. Tenía una mesa para comer y unos pequeños armarios para guardar
algunas botellas de su licor favorito y, sobre todo, su pan, su arroz y su café.
A menudo salíamos a pescar en este bote y, como yo era el pescador más diestro, nunca salía sin mí.
Sucedió que un día, para divertirse o pescar, había hecho planes para sa lir con dos o tres moros que
gozaban de cierto prestigio en el lugar y a quienes quería agasajar espléndidamente. Para esto, ordenó que
la noche anterior se llevaran a bordo más provisiones que las habituales y me mandó preparar pólvora y
municiones para tres escopetas que llevaba a bordo, pues pensaba cazar, además de pescar.
Aparejé todas las cosas como me había indicado y esperé a la mañana siguiente con la chalupa limpia, su
insignia y sus gallardetes enarbolados, y todo lo necesario para aco modar a sus huéspedes. De pronto, mi
amo subió a bordo solo y me dijo que sus huéspedes habían cancelado el paseo, a causa de un asunto
imprevisto, y me ordenó, como de costumbre, salir en la chalupa con el moro y el joven a pescar, ya que
sus amigos vendrían a cenar a su casa. Me mandó que, tan pronto hubiese cogido algunos peces, los llevara
a su casa; y así me dispuse a hacerlo.
En ese momento, volvieron a mi mente aquellas antiguas esperanzas de libertad, ya que tendría una
pequeña embarcación a mi cargo. Así, pues, cuando mi amo se hubo marchado, preparé mis cosas, no para
pescar sino para emprender un viaje, aunque no sabía, ni me detuve a pensar, qué dirección debía tomar,
convencido de que, cualquier rumbo que me alejara de ese lugar, sería el correcto.
Mi primera artimaña fue buscar un pretexto para convencer al moro de que necesitábamos embarcar
provisiones para nosotros porque no podíamos comernos el pan de nuestro amo. Me respondió que era
cierto y trajo una gran canasta con galletas o bizcochos de los que ellos confeccionaban y tres tinajas de
agua. Yo sabía dónde estaba la caja de licores de mi amo, que, evidentemente, por la marca, había
adquirido del botín de algún barco inglés, de modo que la subí a bordo, mientras el moro estaba en la playa,

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