-Sí -me respondió-, está muy contento volver a su país.
-Y, ¿qué harías allí? -le pregunté-. ¿Te convertirías otra vez en un bárbaro, comerías carne humana y
vivirías como un caníbal?
Me miró lleno de preocupación y, meneando la cabeza, me respondió:
-No, no. Viernes dice vive bien, dice rogar a Dios, dice comer pan de grano, carne de rebaño, leche, no
come hombre otra vez.
-Pero, entonces te matarían.
Se mostró muy grave ante esto y luego contestó:
-No, ellos no matan mí, ellos aman mucho aprender.
Se refería a que ellos estaban deseosos de aprender y añadió que habían aprendido mucho de los hombres
con barba que habían llegado en el bote. Entonces, le pregunté si quería volver con los suyos. Sonrió y me
dijo que no podía regresar nadando. Le respondí que haríamos una canoa para él y me dijo que iría si yo le
acompañaba.
-Yo iría -le dije-, pero ellos me comerían si voy.
-No, no -dijo-, yo hago no te comen, yo hago te quieren mucho.
Quería decir que les diría cómo yo había dado muerte a sus enemigos y le había salvado la vida para que
me quisie ran. Luego me dijo, lo mejor que pudo, que habían sido muy generosos con los diecisiete hombres
blancos con barba, como solía llamarlos, que habían llegado hasta allí en apuros.
Desde aquel momento, debo confesar, sentí deseos de aventurarme y buscar el modo de reunirme con
aquellos hombres barbudos, que debían ser españoles o portugue ses. No dudaba que desde el continente y
con buena compañía, encontraría un medio para escapar, mucho más via ble que desde una isla a cuarenta
millas de la costa, solo y sin ayuda. Así, pues, al cabo de unos días, reanudé la conversación con Viernes y
le dije que le daría mi bote para regresar a su nación. Le conduje a mi piragua, que se encontraba al otro
lado de la isla y, después de sacarle el agua, puesto que siempre la tenía sumergida, se la mostré y entramos
los dos en ella.
Descubrí que era muy diestro en su manejo y que podía hacerla navegar con tanta habilidad y ligereza
como yo. Cuando estaba dentro de ella, le pregunté:
-Y bien, Viernes, ¿vamos a tu nación?
Él se quedó estupefacto al oírme, al parecer, porque le parecía demasiado pequeña para ir hasta tan lejos.
Le dije que tenía un bote más grande y, al día siguiente, fuimos al lugar donde estaba el primer bote que
fabriqué pero no había podido llevar hasta el agua. Dijo que era lo suficientemente grande pero, como no lo
había cuidado en veintidós o veintitrés años, el sol lo había astillado y secado y parecía estar algo podrido.
Viernes me dijo que un bote como ese sería adecuado y que llevaríamos «mucha suficiente comida, bebida
y pan», en su inglés entrecortado.
En resumidas cuentas, para entonces, estaba tan obsesionado con la idea de ir con Viernes al continente,
que le dije que lo haríamos y construiríamos un bote tan grande como aquél para que él pudiese ir a su casa.
No me respondió pero me miró con tristeza. Le pregunté qué le ocurría y me contestó:
-¿Por qué tú enfadado con Viernes? ¿Qué hice mí?
Le pregunté qué quería decir, asegurándole que no estaba enfadado con él en absoluto.
-¡No enfadado!, ¡no enfadado! -repitió varias veces-, ¿por qué envía a Viernes a casa a su nación?
-¿Me preguntas por qué, Viernes? ¿Acaso no has dicho que deseabas estar allá?
-Sí, sí -respondió-, desea que los dos está allí, no Viernes allí sin amo.
En otras palabras, no podía pensar en marcharse sin mí.
-¿Yo ir allí, Viernes? -le pregunté-, ¿qué puedo hacer yo allí?
Se volvió rápidamente:
-Tú hace gran mucho bien -dijo-, tú enseña hombres salvajes es hombres buenos y mansos. Tú dice
conoce a Dios, reza a Dios y vive nueva vida.

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