de su país; en otras palabras, según me explicó, había sido arrastrado por la fuerza de una tormenta. En el
momento pensé que algún barco europeo había naufragado en aquellas costas y que su chalupa se habría
soltado y habría sido arrastrada hasta la costa. Fui tan tonto que ni siquiera se me ocurrió pensar que los
hombres hubiesen podido escapar del naufragio, ni, mucho me nos, informarme de dónde provendrían, así
que solo se lo pregunté después que describió el bote.
Viernes lo describió bastante bien, mas no lo llegué a entender completamente hasta que añadió acalora-
damente:
-Nosotros salvamos hombres blancos ahogan.
Entonces le pregunté si había algún hombre blanco en el bote.
-Sí -dijo -, el bote lleno hombres blancos.
Le pregunté cuántos había y, contando con los dedos, me dijo que diecisiete. Entonces le pregunté qué
había sido de ellos y me dijo:
-Ellos viven, ellos habitan en mi nación.
Esto me suscitó nuevos pensamientos, pues imaginé que podía ser la tripulación del barco que había
naufragado cerca de mi isla, como la llamaba ahora. Después de que el barco se estrellara contra las rocas,
viendo que se hundiría inevitablemente, se habían salvado en el bote y habían llegado a aquella c osta
habitada por salvajes.
Entonces, le pregunté más minuciosamente, qué había sido de ellos. Me aseguró que vivían allí desde
hacía casi cuatro años, que los salvajes no les habían hecho nada y que les habían dado vituallas para su
supervivencia. Le pregunté por qué no los habían matado y se los habían comido. Me contestó:
-No, ellos hacen hermanos -es decir, según me pare ció entender, una tregua.
Luego añadió:
-Ellos no comen hombres sino cuando hace la guerra pelear- es decir, que no se comían a ningún hombre
que no hubiese luchado contra ellos y no fuese prisionero de batalla.
Había transcurrido mucho tiempo después de esto, cuando, estando en la cima de la colina, al lado este de
la isla, desde donde, como he dicho, en un día claro, había des cubierto la tierra o continente de América,
Viernes, aprovechando el buen tiempo, se puso a mirar fijamente hacia la tierra firme y, como por sorpresa,
se puso a bailar y a saltar y me llamó, pues me encontraba a cierta distancia. Le pre gunté qué pasaba.
-¡Oh, alegría! dijo-, ¡oh, contento! ¡Allá ve mi país, allá mi nación!
Pude observar que una extraordinaria expresión de pla cer se dibujó en su rostro; sus ojos brillaban y en
su semblante se descubría una extraña ansiedad, como si hubiese pen sado regresar a su país. Esta
observación me hizo pensar muchas cosas, que al principio me causaron una inquietud que no había
experimentado antes respecto a mi siervo Viernes. Pensé que si Viernes volvía a su país, no solo olvidaría
su religión, sino todas sus obligaciones hacia mí y sería capaz de informar a sus compatriotas sobre mí y,
tal vez, re gresar con cien o doscientos de ellos para hacer un festín conmigo, tan felizmente como lo hacía
antes con los enemi gos que tomaba prisioneros.
Pero cometía un grave error, del que luego me arrepentí, con aquella pobre y honesta criatura. No
obstante, a me dida que aumentaban mis recelos, por espacio de casi dos semanas, estuve reservado y
circunspecto y me mostré me nos amable y familiar con él que de costumbre. En esto también me
equivocaba, pues la honrada y agradecida criatura no tenía ni un solo pensamiento que no fuera acorde con
los mejores principios, tanto de un cristiano devoto como de un amigo agradecido, y así lo demostró
después, para mi absoluta satisfacción.
Mientras duró mi desconfianza, podéis estar seguros de que me pasaba el día espiándolo para ver si
descubría en él alguna de las intenciones que le atribuía. Mas pude consta tar que todo lo que decía era tan
sincero e inocente, que no podía hallar ningún motivo para alimentar mis sospechas. Finalmente, pese a
todas mis inquietudes, logró que volviera a confiar en él plenamente, sin siquiera imaginar el malestar que
sentía, lo cual me convenció de que no me engañaba.
Un día, mientras subíamos la misma colina, no pudiendo ver el continente, pues había mucha bruma en el
mar, lo llamé y le pregunté:
-Viernes, ¿no deseas volver a tu país, a tu nación?

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