Había, Dios lo sabe, más sinceridad que sabiduría en todos los métodos que adopté para instruir a esta
pobre cria tura y debo reconocer lo que cualquiera podría comprobar si actuara según el mismo principio:
que, al explicarle todas estas cosas, me informaba y me instruía en muchas de ellas que antes ignoraba o
que no había considerado en profundidad anteriormente pero que se me ocurrían naturalmente cuando
buscaba la forma de informárselas a este pobre salvaje. Ahora indagaba estas cosas con mucho más ahínco
que nunca antes en mi vida. Así, pues, aunque no sabía si, en realidad, este pobre desgraciado me estaba
haciendo un bien, tenía motivos de sobra para agradecer que hubiese llegado a mi vida. Mis penas se
hicieron más leves, mi morada infinitamente más confortable. Pensaba que en esta vida solitaria a la que
estaba confinado, no solo me había hecho volver la mirada al cielo para buscar la mano que me había
puesto allí, sino que, ahora, me había convertido en un instrumento de la Providencia para salvar la vida y,
sin duda, el alma a un pobre salvaje e instruirlo en el verdadero conocimiento de la religión y la doctrina
cristiana y para que conociera a nuestro Señor Jesucristo. Por eso digo que, cuando reflexionaba sobre
todas estas cosas, un secreto gozo recorría todo mi espíritu y, con frecuencia, me regocijaba por haber sido
llevado a este lugar, que tantas veces me pareció la más terrible de las desgracias que pudiesen haberme
ocurrido.
En este estado de agradecimiento pasé el resto del tiempo y las horas que empleaba conversando con
Viernes eran tan gratas, que los tres años que vivimos juntos aquí fueron completa y perfectamente felices,
si es que existe algo como la felicidad total en un estado sublunar. El salvaje se había convertido en un
buen cristiano, incluso mejor que yo, aunque tengo razones para creer, bendito sea Dios por ello, que
ambos éramos penitentes, penitentes consolados y reformados. Aquí leíamos la palabra de Dios y su
Espíritu nos guiaba como si hubiésemos estado en Inglaterra.
Me dedicada constantemente a la lectura de las Escrituras para explicarle, lo mejor que podía, el
significado de lo que leía y él, a su vez, con sus serias preguntas, me convertía, como ya he dicho, en un
estudioso de las Escrituras, mucho más aplicado de lo que habría sido si me hubiese dedicado meramente a
la lectura privada. Hay algo más que no puedo dejar de observar y que aprendí de esta solitaria experiencia:
resulta una infinita e inexpresable bendición que el conocimiento de Dios y de la doctrina de la salvación
de Jesucristo estuvieran tan claramente explicados en la palabra de Dios y pudieran recibirse y
comprenderse tan fácilmente que, con una simple lectura de las Escrituras, llegara a comprender que debía
arrepentirme sinceramente por mis pecados y, confiando en el Salvador, reformarme y obedecer todos los
dictados del Señor; todo esto, sin ningún maestro o instructor, quiero decir, humano. Así pues, esta simple
instrucción bastó para iluminar a esta criatura salvaje y convertirla en un cristiano como ninguno que
hubiese conocido.
Todas las disputas, controversias, rivalidades y discusiones en torno a la religión, que han tenido lugar en
el mundo ya fueran sutilezas doctrinales o proyectos de gobierno ecle siástico, eran totalmente inútiles para
nosotros, al igual que lo han sido, por lo que he visto hasta ahora, para el resto del mundo. Nosotros
teníamos una guía infalible para llegar al cielo en la palabra de Dios y estábamos iluminados por el Espíritu
de Dios, que nos enseñaba e instruía por medio de Su palabra, nos llevaba por el camino de la verdad y nos
hacía obedientes a sus enseñanzas. En verdad, no sé de qué nos habría valido conocer profundamente esas
grandes controversias religiosas, que tanta confusión han creado en el mundo. Pero debo proseguir con la
parte histórica de los hechos y contar cada cosa en su lugar.
Una vez que Viernes y yo tuvimos una relación más íntima, que podía entender casi todo lo que le decía
y hablar con fluidez, aunque en un inglés entrecortado, le conté mi propia historia, o, al menos, la parte
relacionada con mi lle gada a la isla, la forma en que había vivido y el tiempo que llevaba allí. Lo inicié en
los misterios, pues así lo veía, de la pólvora y las balas y le enseñé a disparar. Le di un cuchillo, lo cual le
proporcionó un gran placer, y le hice un cinturón del cual colgaba una vaina, como las que se usan en
Inglaterra para colgar los cuchillos de caza pero, en vez de un cuchillo le di una azuela, que era un arma
igualmente útil en la mayoría de los casos y, en algunos, incluso más.
Le expliqué cómo era Europa, en especial Inglaterra, de donde provenía; cómo vivíamos, cómo
adorábamos a Dios, cómo nos relacionábamos y cómo comerciábamos con nuestros barcos en todo el
mundo. Le conté sobre el naufragio del barco en el que viajaba y le mostré, lo mejor que pude, el lugar
donde se había encallado aunque ya se había desbaratado y desaparecido. Le mostré las ruinas del bote que
habíamos perdido cuando huimos, el cual no pude mo ver pese a todos mis esfuerzos en aquel momento, y
que ahora se hallaba casi totalmente deshecho. Cuando Viernes vio el bote, se quedó pensativo un buen rato
sin decir una palabra. Le pregunté en qué pensaba y, por fin, me dijo:
-Yo veo bote igual venir a mi nación.
Al principio no comprendí lo que quería decir pero, finalmente cuando lo hube examinado con más
atención, me di cuenta de que se refería a un bote similar a aquél, que ha bía sido arrastrado hasta las costas

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