Causa Primera, de un poder supremo, de una providencia secreta y de la equidad y justicia de rendirle
homenaje a Él, que todo lo había creado. Mas nada de esto figuraba en la noción de un espíritu maligno, su
origen, su existencia, su naturaleza y, sobre todo, su inclinación por hacer el mal y arrastrarnos a hacerlo.
Una vez, la pobre criatura me dejó tan perplejo con una pregunta, totalmente inocente e ingenua, que
apenas supe qué contestar. Había estado hablándole largamente del poder de Dios, de su omnipotencia, del
modo tan espantoso en que castigaba el pecado, del fuego devorador que aguardaba a los agentes de la
iniquidad, de cómo nos había creado a todos y de cómo podía destruirnos a nosotros y al mundo entero en
un instante. Mientras tanto, Viernes me escuchaba con mucha seriedad.
Entonces, le dije que el demonio era el enemigo de Dios en el corazón de los hombres, que usaba toda su
maldad y su ingenio para derrotar los buenos designios de la Provi dencia y arruinar el reino de Jesucristo
en la tierra, y otras cosas por el estilo.
-Pues bien -dijo Viernes-, tú dices, Dios es tan fuerte grande, ¿no es más fuerte, más poder que el
demonio?
-Sí, sí, Viernes dije yo-, Dios es más fuerte que el demonio, Dios está por encima del demonio y, por lo
tanto, rogamos a Dios que lo ponga bajo nuestros pies y nos ayude a resistir a sus tentaciones y extinguir
sus dardos ardientes.
-Pero -volvió a decir-, si Dios más fuerte, más poder que el demonio, ¿por qué Dios no mata al demonio
para que no haga más mal?
Me quedé muy sorprendido ante su pregunta, ya que, después de todo, aunque yo era un viejo, no era más
que un aprendiz de doctor que carecía de las cualificaciones necesa rias para hablar de casuística o resolver
este tipo de problemas. Al principio, no supe qué decirle, de modo que fingí no haberle escuchado y le
pregunté qué había dicho pero él estaba demasiado ansioso por escuchar una respuesta como para olvidar
su pregunta, así que la repitió, con las mismas palabras quebradas de antes. Para entonces, ya me había
repuesto un poco y dije:
-Al final, Dios lo castigará severamente. Está aguardando el día del juicio final, cuando será arrojado a
un abismo sin fondo y morará en el fuego eterno.
Viernes no quedó conforme con esta respuesta y, repitiendo mis palabras, me contestó:
-Aguardando, final, mí no entiende, ¿por qué no ma tar al demonio ahora?, ¿por qué no gran antes?
-Podrías preguntarme también -le respondí-, ¿por qué Dios no nos mata a ti y a mí cuando hacemos cosas
que le ofenden? Nos protege para que nos arrepintamos y seamos perdonados.
Se quedó pensativo un rato.
-Bien, bien -me dijo muy afectuosamente-, muy bien, así tú, yo, demonio, todos malos, todos protegidos,
arrepentir, Dios perdona todos.
Nuevamente, me quedé muy sorprendido y esto fue para mí un testimonio de cómo las simples nociones
de la naturaleza, si bien dirigen a los seres responsables hacia el co nocimiento de Dios y, por consiguiente,
al culto u homenaje de ese ser supremo que es Dios, solo una divina revelación puede darnos el
conocimiento de Jesucristo y de la redención que obtuvo para nosotros, de un mediador, de un nuevo pacto
y de un intercesor ante el trono de Dios. Es decir, solo una revelación del cielo puede imprimir estas
nociones en el alma y, por consiguiente, el Evangelio de nuestro señor y salvador Jesucristo, quiero decir,
la palabra de Dios, y el espíritu de Dios, prometido a su pueblo para guiarlo y santificarlo, son
absolutamente indispensables para instruir las almas de los hombres en el conocimiento salvador de Dios y
los medios para obtener la salvación.
Por tanto, interrumpí el diálogo que sostenía con mi siervo y me puse en pie a toda prisa, como si,
súbitamente, tuviese que salir. Lo mandé ir muy lejos con cualquier pre texto y le rogué fervientemente a
Dios que me hiciera capaz de instruir a este pobre salvaje en el camino de la salvación y guiar su corazón, a
fin de que recibiese la luz del conocimiento de Cristo y se reconciliara con Él. Le rogué que me hiciera un
instrumento de su palabra para que pudiera convencerlo, abrir sus ojos y salvar su alma. Cuando regresó, le
di un largo discurso acerca del tema de la redención del hombre por el Salvador del mundo y de la doctrina
del Evangelio, predicada desde el cielo; es decir, del arre pentimiento hacia Dios y de la fe en nuestro
bendito Señor Jesucristo. Luego le expliqué, lo mejor que pude, por qué nuestro bendito Redentor no había
asumido la naturaleza de los ángeles sino la de los hijos de Abraham y cómo, por esta razón, los ángeles
caídos podían ser redimidos, pues Él había venido a salvar solo a los corderos descarriados de la casa de
Israel.

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