costas y las naciones vecinas. Me contó todo lo que sabía con la mayor franqueza imaginable. Le pregunté
los nombres de los diferentes pueblos de su gente pero no pude obtener otro nombre que el de los caribes,
por lo cual inferí que me hablaba de las islas del Caribe, que nuestros mapas sitúan en la región de América
que va desde la desembocadura del río Orinoco a la Guayana y hasta Santa Marta66 . Me dijo que, a una
gran distancia, detrás de la luna, es decir, donde se pone la luna, que debe ser al oeste de su tierra,
habitaban hombres blancos con barbas como yo y señalaba hacia mis grandes bigotes, que mencioné
anteriormente. Me dijo que habían matado a muchos hombres, por lo que pude comprender que se refería a
los españoles, cuyas crueldades cometidas en América se habían difundido por todas las naciones y se
transmitían de padres a hijos.


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Santa Marta, en la costa de Colombia.


Le pregunté si podía decirme cómo llegar hasta donde estaban aquellos hombres blancos desde aquí y me
respondió que sí, que podía ir en dos canoas. No pude entender qué quería decir cuando hablaba de dos
canoas, hasta que, por fin, con mucha dificultad, comprendí que se refería a un bote tan grande como dos
canoas juntas.
Esta parte del discurso de Viernes me alegró mucho y, desde ese momento, concebí la esperanza de
poder escapar algún día de este lugar y de que este pobre salvaje fuera el que me ayudara a conseguirlo.
Desde que Viernes estaba conmigo y había empezado a hablarme y a entenderme, quise inculcar en su
alma los fundamentos de la religión. Un día le pregunté quién lo había creado y la pobre criatura no me
comprendió en absoluto; pensaba que le preguntaba por su padre. Entonces, decidí darle otro giro al asunto
y le pregunté quién había hecho el mar, la tierra que pisábamos, las montañas y los bosques. Me contestó
que había sido el anciano Benamuckee, que vivía más allá de todo. No pudo decirme nada más acerca de
esta gran persona, excepto que era muy viejo, mucho más que el mar, la tierra, la luna y las estrellas. Le
pregunté por qué, si este anciano había hecho todas las cosas de la tierra, no era venerado por ellas. Se
mostró muy serio e, inocentemente, me respondió:
-Todas las cosas le dicen «¡Oh!»
Le pregunté si las personas que morían en su país iban a alguna parte. Me dijo que sí, que todos iban a
Benamuckee. Entonces, le pregunté si los que eran devorados también iban allí. Me dijo que sí.
A partir de esto, comencé a instruirle en el conocimiento del verdadero Dios. Le dije, apuntando hacia el
cielo, que el Creador de todas las cosas vivía allí arriba; que Él gobierna el mundo con el mismo poder y la
Providencia con que lo había creado; que era omnipotente y podía hacerlo todo, dárnoslo todo y quitárnoslo
todo. Así, poco a poco, fui abriendo sus ojos. Escuchaba con mucha atención y se mostró complacido con
la idea de que Jesucristo hubiese sido enviado para redimirnos, con nuestra forma de orar a Dios y con que
pudiese escucharnos, incluso en el cielo. Un día me dijo que si nuestro Dios podía escucharnos desde más
allá del sol, debía ser un dios mayor que Benamuckee, que vivía más cerca y que, sin embargo, no podía
escucharlos, a menos que fuesen a hablarle a las grandes montañas donde mo raba. Le pregunté si alguna
vez había ido allí a hablar con él y me dijo que no, pues los jóvenes nunca iban a hablar con él; los únicos
que podían ir eran los viejos, a quienes llamaba oowocakee, y que son, según me explicó, sus sacerdotes o
religiosos. Estos iban a decirle «¡Oh!» (que era su forma de referirse a las plegarias) y regresaban para
contarles lo que les había dicho Benamuckee. Entonces, pude darme cuenta de que el sacerdocio, incluso
entre los paganos más ciegos e ignorantes, y la política de mantener una religión secreta para que el pueblo
venere al clero, no solo se encuentra en la religión romana sino, tal vez, en todas las religiones del mundo,
incluso entre los salvajes más bárbaros e irracionales.
Intenté aclarar este fraude a mi siervo Viernes y le dije que la pretensión de sus ancianos de ir a las
montañas a decir «¡Oh!» a su dios Benamuckee era una impostura; así como las palabras que
supuestamente les atribuían, lo eran aún más; y que si hallaban alguna respuesta o hablaban con alguien en
aquel lugar, debía ser con un espíritu maligno. Luego hice una larga disertación acerca del diablo, su ori-
gen, su rebelión contra Dios, su odio hacia los hombres, la razón de dicho odio, su afán por hacerse adorar
en las re giones más oscuras del mundo en lugar de Dios, o como si lo fuera, y la infinidad de artimañas que
utilizaba para inducir a la humanidad a la ruina. Le dije que tenía un acceso secreto a nuestras pasiones y
nuestros sentimientos, mediante el cual nos hacía actuar conforme a sus inclinaciones, caer en nuestras
propias tentaciones y seguir el camino de nuestra perdición por nuestra propia elección.
Me di cuenta de que no era tan fácil imprimir en su espíritu la correcta noción del demonio como la de la
existencia de Dios. La naturaleza apoyaba todos mis argumentos para demostrarle la necesidad de una gran

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