Le indiqué a Viernes que juntara los cráneos, los huesos, la carne y los demás restos; que lo apilara todo
bien y le prendiese fuego hasta que se convirtiera en cenizas. Me di cuenta de que a Viernes le apetecía
mucho aquella carne, pues era un caníbal por naturaleza, pero le mostré tal horror ante ello, incluso ante la
sola idea de que pudiera hacerlo, que se abstuvo, sabiendo, según le había hecho comprender, que lo
mataría si se atrevía.
Cuando terminó de hacer esto, volvimos a nuestro castillo y me puse a trabajar para mi siervo Viernes.
En primer lugar, le di un par de calzones de lienzo de los que había rescatado del naufragio en el cofre del
pobre artille ro, que ya he mencionado. Con un poco de arreglo, le sentaron bien. Entonces, le confeccioné,
lo mejor que pude, una casaca de cuero de cabra, pues me había convertido en un sastre medianamente
diestro, y le di una gorra de piel de liebre, muy cómoda y bastante elegante. De este modo, lo gré vestirlo
adecuadamente y él se mostró muy contento de verse casi tan bien vestido como su amo. Ciertamente, al
principio se movía con torpeza dentro de estas ropas, pues los calzones le resultaban incómodos y las
mangas de la chaqueta le molestaban en los hombros y debajo de los brazos. Mas, con el tiempo, y después
de aflojarle un poco donde decía que le hacían daño, se acostumbró a ellas perfectamente.
Al día siguiente de llegar con él a mi madriguera, comencé a pensar dónde debía alojarlo, de modo que
fuese cómodo para él y conveniente para mí. Le hice una pequeña tienda en el espacio que había entre mis
dos fortificaciones, fuera de la primera y dentro de la segunda. Como allí había una puerta o apertura hacia
mi cueva, hice un buen marco y una puerta de tablas, que coloqué en el pasillo, un poco más adentro de la
entrada, de modo que se pudiese abrir desde el interior. Por la noche, la atrancaba y retiraba las dos
escaleras para que Viernes no pudiese pasar al interior de mi primera muralla sin hacer algún ruido que me
alertase. Esta muralla tenía ahora un gran techo hecho de vigas, que cubría toda mi tienda. Estaba apoyado
en la roca, atravesado por unas ramas entrelazadas, que hacían las veces de listones, y recubierto de una
gruesa capa de paja de arroz, que era tan fuerte como las cañas. En la apertura o hueco que había dejado
para entrar o salir con la escalera, coloqué una especie de puerta-trampa, que, en caso de un ataque del
exterior, no se habría abierto sino que habría caído con gran estrépito. En cuanto a las armas, las guardaba
conmigo todas las noches.
En realidad, todas estas precauciones eran innecesarias, pues jamás hombre alguno tuvo servidor más
fiel, cariñoso y sincero que Viernes. Absolutamente carente de pa siones, obstinaciones y proyectos, era
totalmente sumiso y afable y me quería como un niño a su padre. Me atrevo a decir que hubiese sacrificado
su vida para salvarme en cualquier circunstancia y me dio tantas pruebas de ello, que lo gró convencerme de
que no tenía razón para dudar ni pro tegerme de él.
Esto me dio la oportunidad de reconocer con asombro que si Dios, en su providencia y gobierno de toda
su creación, había decidido privar a tantas criaturas del buen uso que podían hacer de sus facultades y su
espíritu, no obstante, les había dotado de las mismas capacidades, la misma razón, los mismos afectos, la
misma bondad y lealtad, las mismas pasiones y resentimientos hacia el mal, la misma gratitud, sinceridad,
fidelidad y demás facultades de hacer y recibir el bien que a nosotros. Y, si a Él le complacía darles la
oportunidad de ejercerlos, estaban tan dispuestos como nosotros, incluso más que nosotros mis mos, a
utilizarlos correctamente. A veces, sentía una gran melancolía al pensar en el uso tan mediocre que
hacemos de nuestras facultades, aun cuando nuestro entendimiento está iluminado por la gran llama de la
instrucción, el espíritu de Dios y el conocimiento de su palabra. Me preguntaba por qué Dios se había
complacido en ocultar este conocimiento salvador a tantos millones de seres que, a juzgar por este salvaje,
habrían hecho mucho mejor uso de él que nosotros.
De ahí que, a veces, me metiera demasiado en la soberanía de la Providencia, como si acusara a su
justicia de una disposición tan arbitraria, que solo a algunos les permite ver la luz y luego espera de todos,
igual sentido del deber. Entonces, me detuve a pensar un poco mejor las cosas y llegué a las siguientes
conclusiones: 1) que no sabíamos según qué luz ni ley serían condenadas estas criaturas, puesto que Dios,
en su infinita santidad y justicia, no podía condenarlas por vivir ajenos a su presencia, sino por pecar contra
aquella luz que, como dicen las Escrituras, es ley para todos64 y, por aquellos preceptos que nuestra
conciencia considera justos, aunque no podamos reconocer sus fundamentos; 2) que todos somos como la
arcilla en manos del alfarero y n inguna vasija podía preguntarle: «¿por qué me has hecho así?» 65 .



64
Carta de San Pablo a los Romanos 1:18-23.
65
Isaías 29:16; 45:9 y Carta de San Pablo a los Romanos 9:20-21.

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