de las reglas de navegación, aprendí a llevar una bitácora de viaje y a fijar la posición del barco. En pocas
palabras, me transmitió conocimientos imprescindibles para un marinero, que él se deleitaba enseñándome
y yo, aprendiendo. Así fue como en este viaje me hice marinero y comerciante, ya que obtuve cinco libras 12
y nueve onzas13 de oro en polvo a cambio de mis chucherías, que, al llegar a Londres, me produjeron una
ganancia de casi trescientas libras esterlinas. Esto me llenó la cabeza de todos los pensamientos ambiciosos
que desde entonces me llevaron a la ruina.


12
Libra: Medida de peso que equivale a 453,44 gramo s.
13
Onza: Medida de peso que equivale a la dieciseisava parte de una libra y equivale a 28,34 gramos.


Con todo, en este viaje también pasé muchos apuros. Estuve enfermo continuamente, con violentas
calenturas, a causa del clima, excesivamente caluroso, pues la mayor parte de nuestro tráfico se llevaba a
cabo en la costa, que estaba a quince grados de latitud norte hasta la misma línea del ecuador.
A estas alturas, podía considerarme un experto en el comercio con Guinea. Para mi desgracia, mi amigo
murió al poco tiempo de nuestro regreso. No obstante, decidí ha cer el mismo viaje otra vez y me embarqué
en el mismo navío, con uno que había sido oficial en el primer viaje y ahora había pasado a ser capitán.
Este viaje fue el más desdichado que hombre alguno pudiera hacer en su vida, pese a que llevé menos de
cien libras esterlinas de mi recién adquirida fortuna, dejando las otras doscientas libras al cuidado de la
viuda de mi amigo, que era muy buena conmigo. En este viaje padecí terribles desgracias y esta fue la
primera: mientras nuestro barco avanzaba hacia las Islas Canarias, o más bien entre estas islas y la costa
africana, fuimos sorprendidos, en la penumbra del alba, por un corsario turco de Salé 14 , que nos persiguió a
toda vela. Nosotros también nos apresuramos a desplegar todo el velamen del que disponíamos o el que
podían sostener nuestros mástiles, a fin de escapar. Mas, viendo que el pirata se nos acercaba y que nos
alcanzaría en cuestión de pocas horas, nos pertrechamos para el combate; para esto, nuestro barco contaba
con doce cañones, mientras que el del pirata tenía diecio cho. A eso de las tres de la tarde nos alcanzaron,
pero por un error de maniobra, se aproximó transversalmente a la borda de nuestro barco, en vez de hacerlo
por popa, como era su intención. Nosotros llevamos ocho de nuestros cañones a ese lado y le disparamos
una descarga que le hizo virar nuevamente, después de responder a nuestro fuego con la nutrida fusilería de
los casi doscientos hombres que llevaba a bordo. No obstante, ninguno de nuestros hombres resultó herido,
ya que estaban todos muy bien protegidos. Se prepararon para volver a atacar y nosotros, para defendernos,
pero esta vez, por el otro lado, subieron sesenta hombres a la cubierta de nuestro barco e, inmediatamente,
se pusieron a cortar y romper los puentes y el aparejo. Les respondimos con fuego de fusilería, picas de
abordaje, granadas y otras armas y logramos despejar la cubierta dos veces. Para acortar esta melancólica
parte de nuestro relato, diré que, con nuestro barco maltrecho, tres hombres muertos y ocho heridos,
tuvimos que rendirnos y fuimos llevados como prisioneros a Salé, un puerto que pertenecía a los moros.


14
Salé: Ciudad y puerto de Marruecos en la costa del Atlántico, frente a Rabat. Desde la Edad Media y,
en especial, en el siglo xvii, fue un conocido centro de piratería.


El trato que allí recibí no fue tan terrible como temía al principio, pues, no me llevaron al interior del país
a la corte del emperador, como le ocurrió al resto de nuestros hom bres. El capitán de los corsarios decidió
retenerme como parte de su botín y, puesto que era joven y listo, y podía serle útil para sus negocios, me
hizo su esclavo. Ante este inesperado cambio de circunstancias, por el que había pasado de ser un experto
comerciante a un miserable esclavo, me sentía profundamente consternado. Entonces, recordé las proféticas
palabras de mi padre, cuando me advertía que sería un desgraciado y no hallaría a nadie que pudiera
ayudarme. Me parecía que estas palabras no podían haberse cumplido más al pie de la letra y que la mano
del cielo había caído sobre mí; me hallaba perdido y sin salvación. Mas, ¡ay!, esto era solo una muestra de
las desgracias que me aguardaban, como se verá en lo que sigue de esta his toria.
Como mi nuevo patrón, o señor, me había llevado a su casa, tenía la esperanza de que me llevara consigo
cuando volviese al mar. Estaba convencido de que, tarde o tempra no, su destino sería caer prisionero de la
armada española o portuguesa y, de ese modo, yo recobraría mi libertad. Pero muy pronto se desvanecieron
mis esperanzas, porque, cuando partió hacia el mar, me dejó en tierra a cargo de su jardincillo y de las
tareas domésticas que suelen desempeñar los esclavos, y cuando regresó de su viaje, me ordenó permanecer
a bordo del barco para custodiarlo.

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