dije: «Ahora sí puedo aventurarme hacia el continente, pues este compañero me servirá de piloto, me dirá
qué debo hacer, dónde buscar provisiones, dónde no debo ir si no quiero ser devorado, hacia qué lugares
debo aventurarme y cuáles debo evitar.» En esto desperté y me sentí invadido por la indescriptible
sensación de felicidad que me había causado la perspectiva de mi libertad pero al volver en mí y descubrir
que no era más que un sueño, me sentí igualmente invadido por la tristeza y el desencanto.
No obstante, llegué a la conclusión de que la única forma de llevar a cabo un intento de huida era con la
ayuda de, algún salvaje y, de ser posible, alguno de los prisioneros que los salvajes traían para darles
muerte y devorarlos. Mas aún quedaba otra dificultad que superar: era imposible ejecutar mi plan sin tener
que atacar antes a toda una caravana de salvajes, lo cual suponía un acto desesperado, que podía fracasar.
Por otra parte, dudaba mucho de la legitimidad de semejante acto y mi corazón se agitaba ante la idea de
derramar tanta sangre, aunque fuera para salvarme. No tengo que repetir los argumentos contra este plan
que se me ocurrían, pues son los mismos que he mencionado anteriormente; solo que ahora tenía otros
motivos, a saber, que aquellos hombres constituían una amenaza para mi vida y me comerían si tuviesen la
oportunidad; que lo único que hacía era protegerme de semejante muerte; que actuaba en defensa propia
como si en verdad estuviesen atacándome; y cosas por el estilo. Pero, a pesar de que, como he dicho, tenía
todos estos argumentos a mi favor, la idea de derramar sangre humana para salvarme me resultaba tan
terrible que no lograba reconciliarme con ella en modo alguno.
Finalmente, después de una prolongada incertidumbre, pues todos estos argumentos se agitaron durante
mucho tiempo en mi cabeza, mi vehemente deseo de liberación prevaleció sobre todo lo demás y decidí
que, si era posible, echaría mano de alguno de aquellos salvajes a, toda costa. Ahora tenía que pensar en la
forma de hacerlo y esto era lo más difícil. Mas, como no se me ocurrió nada, decidí ponerme en guardia y
acecharlos cuando desembarcasen, dejando el resto a lo que aconteciese y haciendo lo que las cir-
cunstancias requirieran.
Con esta resolución, me dediqué a observar la costa tantas veces como pude, lo cual llegó a causarme una
profunda fatiga. Casi todos los días, durante un año y medio, me dirigía a la costa occidental de la isla para
observar la lle gada de sus canoas pero no aparecieron. Esto me desalentó mucho y comencé a sentir una
gran inquietud, aunque en este caso no podía decir, como en ocasiones anteriores, que mi deseo hubiese
disminuido en lo más mínimo. Más aún, cuanto más tardaban en llegar, más crecía mi ansiedad. En pocas
palabras, mi preocupación inicial de no ser visto por estos salvajes y de e vitar que me descubrieran era
menor que mi actual deseo de caer sobre ellos.
Aparte de esto, imaginaba que capturaba a uno, mejor, a dos o tres salvajes y los convertía en mis
esclavos, dispuestos a hacer todo lo que les indicara y desprovistos de todos los medios para hacerme daño.
Durante mucho tiempo abrigué esta idea pero todas mis fantasías se redujeron a nada, ya que nunca se
presentó la ocasión de realizarlas. De repente, una mañana, muy temprano, divisé, para mi sorpresa, al
menos cinco canoas en la playa en mi lado de la isla. La gente que viajaba en ellas había desembarcado y
estaba fuera del alcance de mi vista. Su número deshizo todos mis cálculos, pues solían venir cuatro o
cinco, a veces más, en cada canoa y no tenía idea de lo que debía hacer para atacar yo solo a veinte o treinta
hombres. Me quedé, pues, en mi castillo, perplejo y abatido. No obstante, adoptando la misma actitud que
antes, me preparé, tal y como lo había previsto, para responder a un ataque y para afrontar cualquier
eventualidad que se presentara. Al cabo de una larga espera, atento a cualquier ruido que pudiesen hacer,
me impacienté y, poniendo mis armas al pie de la escalera, trepé a lo alto de la colina en dos etapas, como
siempre, y me aposté de forma que no pudieran verme bajo ningún concepto. Allí observé, con la ayuda de
mi catalejo, que no eran menos de treinta hombres, que habían encendido una fogata y que estaban
preparando su comida; mas no tenía idea del tipo de alimento que era ni del modo en que lo estaban
cocinando. No obstante los vi danzar alrededor del fuego, como era su costumbre, haciendo no sé cuántas
figuras y movimientos salvajes.
Mientras los observaba con el catalejo, vi que sacaban a dos infelices de los botes, donde los habían
retenido hasta el momento del sacrificio. Observé que uno de ellos caía al suelo, abatido por un bastón o
pala de madera, conforme a sus costumbres, e, inmediatamente, otros dos o tres se pusieron a despedazarlo
para cocinarlo. Mientras tanto, la otra víctima permanecía a la espera de su turno. En ese mis mo instante,
aquel pobre infeliz, inspirado por la naturaleza y por la esperanza de salvarse, viéndose aún con cierta li-
bertad, comenzó a correr por la arena a una gran velocidad, en dirección a mi parte de la isla, es decir, hacia
donde estaba mi morada.
Sentí un miedo de muerte (debo reconocerlo) cuando lo vi correr hacia mí, especialmente, porque sabía
que sería perseguido por los demás. Esperaba que mi sueño se cum pliera y que, en efecto, se refugiase en
mi cueva. Mas no podía esperar que los otros no lo siguieran hasta allí. No obstante, permanecí en mi

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