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Los granos de la mejor pólvora se barnizaban con grafito para evitar que ardie ran rápidamente y fueran
más seguros.


No obstante, llevé el dinero a mi casa en la cueva y lo guardé, como lo había hecho con el que había
rescatado de nuestro barco. Era una lástima, ya lo he dicho, que no pu diese encontrar el resto del
cargamento que venía en el barco, pues estoy seguro de que habría podido cargar mi canoa varias veces con
dinero y, si algún día lograba escapar a Inglaterra, lo habría dejado a salvo en la cueva hasta que pudiese
regresar a buscarlo.
Después de haber desembarcado todas mis pertenencias y guardarlas en un lugar seguro, regresé al bote,
remé a lo largo de la costa hasta la vieja rada y allí lo dejé. Luego re gresé tan rápidamente como pude a mi
hogar, donde hallé todo seguro y en orden. Entonces comencé a sentirme más tranquilo y reanudé mis
antiguas costumbres y mis labores domésticas. Por un tiempo, logré vivir tranquilamente, si bien estaba
más atento que antes y salía mucho menos. Si alguna vez salía libremente, era siempre por la parte oriental
de la isla, donde estaba casi seguro de que no llegaban los salvajes y, por tanto, no tenía que tomar
demasiadas precauciones, ni andar cargado de tantas armas y municio nes, como cuando iba en la otra
dirección.
Viví casi dos años más en estas condiciones pero mi desdichada cabeza, que parecía haber sido creada
para la desgracia de mi cuerpo, se llenaba de planes y proyectos para escapar de la isla. A veces, pensaba
hacer otra expedición al barco naufragado, aunque la razón me decía que no hallaría nada en él que
compensara el riesgo del viaje. Otras veces, contemplaba la idea de ir a una u otra parte y creo firme mente
que si hubiese contado con la chalupa en la que huí de Salé, me habría aventurado a navegar, sin saber a
dónde iba.
He sido, en todas las circunstancias de mi vida, un vivo ejemplo de aquellos que padecen de esta plaga
general que ataca a la humanidad, de donde proceden, a mi entender, la mitad de las desgracias que ocurren
en el mundo; me refiero a la inconformidad con los designios de Dios y la naturaleza. No quiero hablar de
mi estado inicial ni de mi resistencia a los excelentes consejos de mi padre, lo cual considero como mi
pecado original; ni de los errores simila res que cometí y que me llevaron a esta miserable situación. Si la
misma Providencia que me había destinado a establecerme felizmente en Brasil como hacendado, hubiese
puesto límites a mis deseos; si me hubiese conformado con avanzar poco a poco, a estas alturas (me refiero
al tiempo que llevo viviendo en esta isla) sería uno de los hacendados más prósperos de Brasil, pues, a
juzgar por los progresos que hice en el poco tiempo que viví allí, y los que habría hecho de no haberme
marchado, seguramente tendría unos cien mil moidores 62 . ¿Por qué tenía que abandonar una fortuna
establecida y una buena plantación, en pleno crecimiento y desarrollo, para embarcarme rumbo a Guinea en
busca de negros, cuando con paciencia y tiempo hubiese acrecentado mi fortuna, de tal modo que hubiese
podido comprarlos a los que se ocupan del tráfico de negros desde mi propia casa? Incluso, si hubiese
tenido que pagar algo más por ellos, la diferencia en el precio, no valía el riesgo tan desmedido.
Pero estas cosas suelen pasarles a los jóvenes y la reflexión sobre ellas, es, normalmente, ejercicio de la
edad avanzada o de una experiencia que se paga demasiado cara. Yo me hallaba en esta etapa y, sin
embargo, el error se había arraigado tan profundamente en mi naturaleza, que no era capaz de contentarme
con mi situación, sino que me dedicaba continuamente a pensar en los medios y posibilidades de huir de
este lugar. Para poder relatar el resto de mi historia, con mayor placer del lector, no sería inadecuado hacer
un recuento de los primeros planes de mi alocada huida y las directrices que seguí para ejecutarlo.


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Moidor: Antigua moneda de oro portuguesa que equivalía a unos 27 chelines. Su nombre proviene del
portugués moeda d'ouro.


Me hallaba en mi castillo, y después del último viaje al barco naufragado, había dejado mi embarcación a
salvo bajo el agua, como de costumbre, y mi situación había vuel to a ser la de antes. Mi fortuna había
crecido pero no era más rico por ello, pues me valía lo que a los indios del Perú antes de la llegada de los
españoles.
Una de esas noches lluviosas de marzo, en el vigesimo cuarto año de vida solitaria, me encontraba
despierto en mi lecho o hamaca. Disfrutaba de buena salud, pues no me do lía nada, ni me hallaba
indispuesto o febril, ni más intranquilo que de costumbre. No obstante, no podía conciliar el sueño y no
pegué ojo en toda la noche por lo que voy a narrar a continuación.

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