Esta me impulsó con bastante fuerza, pero no tanta como lo había hecho anteriormente la corriente del sur,
lo que me permitió seguir gobernando el bote. Remando enérgicamente, me acerqué a toda velocidad al
barco y, en menos de dos horas, llegué hasta él.
Era un espectáculo desolador; el barco, de construcción española, estaba encallado entre dos rocas. La
popa y uno de sus costados habían sido destrozados por el mar y, como el castillo de proa se había
estrellado contra las rocas, el palo mayor y el trinquete se habían quebrado, aunque el bauprés seguía
intacto, así como la proa. Cuando me acerqué, apareció un perro, que, al verme, comenzó a aullar y a ge-
mir. Apenas lo llamé, saltó al mar para venir hasta mí y lo llevé al bote. Estaba muerto de hambre y sed. Le
di un pedazo de pan y se lo comió como si fuese un lobo famélico que hubiese pasado quince días sin
alimento en la nieve. Después le di un poco de agua y, si lo hubiese dejado, el pobre animal habría bebido
hasta reventar.
Luego subí a bordo y lo primero que divisé fueron dos hombres ahogados en la cocina, sobre el castillo
de proa, que estaban abrazados. Deduje que, posiblemente, al desatarse la tormenta, el barco se había
encallado y los embates del mar debieron ser tan fuertes y tan constantes, que aquellos pobres homb res, no
pudieron resistir y se habían ahogado como si estuviesen bajo el agua. Aparte del perro, no había otro ser
viviente en el barco y todo su cargamento, según pude comprobar, se estropeó con el agua. Había algunos
toneles de licor en el fondo de la bodega, que pude ver cuando el agua se retiró, mas no sabía si contenían
vino o brandy; amén de que eran demasiado grandes para transportarlos. Vi varios cofres, que, sin duda,
pertenecían a los marineros y los llevé al bote sin examinar su contenido.
Si en lugar de la popa tan solo se hubiese destrozado la proa, estoy seguro de que mi viaje habría sido
más fructífero, pues por el contenido de esos dos cofres, podía imagi nar con razón, que el barco llevaba
muchas riquezas a bordo. Supongo, por el rumbo que llevaba, que partió de Buenos Aires o del Río de la
Plata en la América meridional, más allá de Brasil, en dirección a La Habana, en el golfo de México y, de
allí, seguramente a España. Sin duda, transportaba un gran tesoro, si bien bastante inútil para todos en este
momento. Qué pudo haber sido del resto de la tripula ción, tampoco lo sabía.
Aparte de los cofres, encontré un pequeño barril lleno de licor, de unos veinte galones, que llevé hasta mi
bote con gran dificultad. Había numerosos mosquetes e una cabina y un gran cuerno que contenía unas
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cuatro libras de pólvora. Como los mosquetes no me servían, los dejé, pero me llevé el cuerno de pólvora,
así como una pala y unas tenazas que me hacían mucha falta, dos pequeñas vasijas de bronce, una
chocolatera de cobre y una parrilla. Con este cargamento y el perro, me puse en marcha cuando la corriente
comenzó a fluir hacia la isla. Esa misma tarde, casi una hora antes del anochecer, llegué a tierra extenuado.
Aquella noche dormí en el bote y, al amanecer, decidí llevar lo que había rescatado a mi nueva cueva y
no al castillo. Después de refrescarme, llevé todo mi cargamento a la playa y comencé a examinarlo. El
tonel de licor contenía una especie de ron, distinto al que teníamos en Brasil, es decir, bastante malo. Mas
cuando abrí los cofres, hallé mu chas cosas de gran utilidad, como, por ejemplo, una caja de botellas
extraordinarias, llenas de cordiales exquisitos. Las botellas eran de tres pintas y tenían la tapa recubierta de
plata. Encontré dos botes de dulces deliciosos, tan bien cerrados, que el agua salada no los había
estropeado, pero había otros dos, que sí se habían estropeado. Encontré algunas camisas muy buenas, casi
media docena de pañuelos de lino blanco y corbatas de colores; los primeros me venían muy bien para
secarme el sudor de la cara en los días de calor. Aparte de esto, al llegar al fondo del cofre, encontré tres
grandes sacos llenos de piezas de a ocho, que sumaban unas mil cien piezas en total. En uno de ellos,
envueltos en papel, había seis doblones de oro y algunos lingotes de oro que, en total, podían pesar cerca de
una libra.
En el otro cofre encontré algunas cosas de poco valor. Por su contenido, el cofre debía pertenecer al
artillero, aunque no encontré pólvora, con la excepción de unas dos li bras de pólvora escarchada61 ,
guardada en tres pequeños frascos y, seguramente, destinada a usarse para la caza. En resumidas cuentas,
conseguí muy pocas cosas de utilidad en el viaje, pues, el dinero no me servía de nada; era como el polvo
bajo mis pies, y lo habría cambiado todo por tres o cuatro pares de zapatos ingleses y calcetines, que desde
hacía mucho tiempo necesitaba. Tenía dos pares de zapatos, que les había quitado a los dos hombres
ahogados que hallé en el barco, y luego encontré otros dos pares en uno de los cofres, los cuales me venían
muy bien, aunque no eran como nuestros zapatos ingleses, ni por su comodidad ni su resistencia; más bien,
eran lo que solemos llamar escarpines. En este cofre también encontré cincuenta piezas de a ocho en reales,
pero no encontré oro, por lo cual, supuse que debía pertenecer a un hombre más pobre que el dueño del
primero, que, seguramente, sería un oficial.

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