Entonces, le relaté parte de mi historia, al final de la cual, estalló en un extraño ataque de cólera y dijo:
-¿Qué habré hecho yo para que semejante infeliz se montara en mi barco? No pondría un pie en el mismo
barco que tú otra vez ni por mil libras esterlinas.
Esto fue, como pensaba, una explosión de sus emociones, aún alteradas por la sensación de pérdida, que
había rebasado los límites de su autoridad hacia mí. Sin embargo, lue go habló serenamente conmigo, me
exhortó a que regresara junto a mi padre y no volviera a desafiar a la Providencia, ya que podía ver
claramente que la mano del cielo había caído sobre mí.
-Y, muchacho dijo-, ten en cuenta lo que te estoy diciendo. Si no regresas, a donde quiera que vayas solo
encontrarás desastres y decepciones hasta que se hayan cumplido cabalmente las palabras de tu padre.
Poco después nos separamos sin que yo pudiese contestarle gran cosa y no volví a verlo; hacia dónde fue,
no lo sé. Por mi parte, con un poco de dinero en el bolsillo, viajé a Londres por tierra y allí, lo mismo que
en el transcurso del viaje, me debatí sobre el rumbo que debía tomar mi vida: si debía regresar a casa o al
mar.
Respecto a volver a casa, la vergüenza me hacía rechazar mis buenos impulsos e inmediatamente pensé
que mis vecinos se reirían de mí y que me daría vergüenza presen tarme, no solo ante mis padres, sino ante
el resto del mundo. En este sentido, y desde entonces, he observado lo incongruentes e irracionales que son
los seres humanos, especialmente los jóvenes, frente a la razón que debe guiarlos en estos casos; es decir,
que no se avergüenzan de pecar sino de arrepentirse de su pecado; que no se avergüenzan de hacer cosas
por las que, legítimamente, serían tomados por tontos, sino de retractarse, por lo que serían tomados por
sabios.
En este estado permanecí un tiempo, sin saber qué me didas tomar ni por dónde encaminar mi vida. Aún
me sentía renuente a volver a casa y, a medida que demoraba mi decisión, se iba disipando el recuerdo de
mis desgracias, lo cual, a su vez, hacía disminuir aún más mis débiles intenciones de regresar a casa.
Finalmente, me olvidé de ello y me dispuse a buscar la forma de viajar.
La nefasta influencia que, en el principio, me había ale jado de la casa de mi padre; que me había
conducido a seguir la descabellada y absurda idea de hacer fortuna y me había imbuido con tal fuerza dicha
presunción que me hizo sordo a todos los sabios consejos, a los ruegos y hasta las órdenes de mi padre;
digo, que, esa misma influencia, cualquiera que fuera, me impulsó a realizar la más desafortunada de las
empresas. De este modo, me embarqué en un buque rumbo a la costa de África o, como dicen vulgarmente
los marineros, emprendí un viaje a Guinea.
Para mi desgracia, en ninguna de estas aventuras me embarqué como marinero. Es verdad que, de ese
modo, habría tenido que trabajar un poco más de lo ordinario, pero, al mismo tiempo, habría aprendido los
deberes y el oficio de contramaestre y con el tiempo me habría capacitado para ejercer de piloto y oficial, si
no de capitán. Sin embargo, como mi destino era siempre elegir lo peor, lo mismo hice en este caso, pues,
bien vestido y con dinero en el bolsillo, subía siempre a bordo como un señor. Nunca realicé ninguna tarea
en el barco ni aprendí a hacer nada.
Al poco tiempo de mi llegada a Londres, tuve la fortuna de encontrar muy buena compañía, cosa que no
siempre les ocurre a jóvenes tan negligentes y desencaminados como lo era yo entonces, pues el diablo no
pierde la oportunidad de tenderles sus trampas muy pronto. Mas, no fue esa mi suerte. En primer lugar,
conocí al capitán de un barco que había estado en la costa de Guinea y, como había tenido mucho éxito allí,
estaba resuelto a volver. Este hombre, escuchó gustosamente mi conversación, que en aquel momento no
era nada desagradable, y cuando me oyó decir que tenía la intención de ver el mundo, me dijo que si quería
irme con él, no me costaría un centavo; que sería su compañero de mesa y de viaje y que, si quería llevarme
alguna cosa conmigo, le sacaría todo el provecho que el comercio proporcionaba y, tal vez, encontraría un
poco de estímulo.
Acepté su oferta y entablé una estrecha amistad con este capitán, que era un hombre franco y honesto.
Emprendí el viaje con él y me llevé, una pequeña cantidad de mercan cía que, gracias a la desinteresada
honestidad de mi amigo el capitán, pude acrecentar considerablemente. Llevaba como cuarenta libras de
bagatelas y fruslerías que el capitán me había indicado. Reuní las cuarenta libras con la ayuda de los
parientes con los que mantenía correspondencia, y quienes, seguramente, convencieron a mi padre, o al
menos a mi madre, de que contribuyeran con algo para mi primer viaje.
Esta expedición fue, de todas mis aventuras, la única afortunada. E se lo debo a la integridad y
sto
honestidad de mi amigo el capitán, de quien también obtuve un conoci miento digno de las matemáticas y

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