Opté por ese lugar y preparé dos mosquetes y la escopeta de caza para ejecutar mi plan. Cargué los dos
mosquetes con dos lingotes de cinco balas de calibre de pistola y la escopeta con un puñado de las
municiones de mayor calibre. También cargué cada una de mis pistolas con cuatro balas y, de este modo,
bien provisto de municiones para una segunda y tercera descarga, me preparé para la expedición.
Una vez hecho el esquema de mi proyecto y habiéndolo ejecutado mentalmente, todas las mañanas subía
la colina que estaba a unas tres millas o más de mi castillo, como so lía llamarlo, a fin de ver si descubría
sus piraguas en el mar o aproximándose a la isla. Pero, al cabo de dos o tres meses de vigilancia constante
y, no habiendo descubierto nada en la costa ni en toda la extensión de mar que podían abarcar mis ojos y mi
catalejo, me cansé de esta ardua labor.
Durante el tiempo que realizaba mi paseo diario hasta la colina, mi proyecto mantuvo todo su vigor y me
encontraba siempre dispuesto a ejecutar la monstruosa matanza de los veinte o treinta salvajes indefensos,
por un delito sobre el que no había reflexionado más allá del horror inicial que me causó esa perversa
costumbre de la gente de aquella región, a quienes, al parecer, la Providencia había desprovisto de mejor
consejo que sus vicios y sus abominables pasiones. Tal vez, desde hacía siglos, esta gente gozaba de la
libertad de practicar sus horribles actos y perpetuar sus terribles costumbres como seres completamente
abandonados por Dios y movidos por una infernal depravación. Sin embargo, como he dicho, cuando me
empezaba a cansar de las in fructuosas expediciones matutinas, que realizaba en vano desde hacía tanto
tiempo, comencé a cambiar de opinión y a considerar más fría y serenamente la empresa que había
decidido llevar a cabo. Me preguntaba qué autoridad o vocación tenía yo para pretender ser juez o verdugo
de estos hombres como si fuesen criminales, cuando el cielo había considerado dejarlos impunes durante
tanto tiempo para que fuesen ellos mismos los que ejecutaran su juicio. A menudo me debatía de este
modo: ¿cómo podía saber el juicio de Dios en este caso particular? Ciertamente, esta gente no comete
ningún delito al hacer esto porque no les remuerde la conciencia. No lo consideran una ofensa ni lo hacen
en desafío de la justicia divina, como nosotros cuando cometemos algún pecado. Para ellos, matar a un
prisionero de guerra no es un crimen como para nosotros tampoco lo es matar un buey; y para ellos, comer
carne humana les es tan lícito como para nosotros comer cordero.
Luego de reflexionar un poco sobre esto, llegué a la conclusión de que me había equivocado y que estas
personas no eran criminales en el sentido en que los había conde nado en mis pensamientos; no más
asesinos que los cristianos que, a menudo, dan muerte a los prisioneros que toman en las batallas, o que,
con mucha frecuencia, matan a tropas enteras de hombres, sin darles cuartel, aunque hubieran depuesto sus
armas y se hubieran rendido.
Después pensé que, aunque el trato que se dieran entre sí fuese brutal e inhumano, a mí no me habían
hecho ningún daño. Si me atacaban o si me parecía necesario para mi pro pia defensa, lucharía contra ellos
pero como no estaba bajo su poder y ellos, en realidad, no sabían de mi existencia y, por lo tanto, no tenían
planes respecto a mí, no era justo que los atacara. Algo así justificaría la conducta de los españoles y todas
las atrocidades que hicieron en América, donde destruyeron a millones de personas inocentes, a pesar de
que fueran bárbaros e idólatras y tuvieran la costumbre de realizar rituales salvajes y sangrientos, como el
sacrificio de seres humanos a sus dioses. Por esta razón, todas las naciones cristianas de Europa, incluso los
españoles, se refieren a este exterminio como una verdadera masacre, una sangrienta y depravada crueldad,
injustificable ante los ojos de Dios y de los hombres. De este modo, el nombre español se ha vuelto odioso
y terrible para todas las personas que tienen un poco de humanidad o compasión cristiana, como si el reino
español se hubiese destacado por haber producido una raza de hombres sin piedad, que es el sentimiento
que refleja un espíritu generoso.
Estas consideraciones me detuvieron en seco y comencé, poco a poco, a abandonar mi proyecto y a
pensar que me había equivocado en mi resolución de atacar a los salvajes pues no debía entrometerme en
sus asuntos a menos que me atacaran, lo cual, debía evitar si era posible. Mas, si me descubrían y atacaban,
sabía lo que tenía que hacer.
Por otra parte, me decía a mí mismo que este proyecto sería un obstáculo para mi salvación y me llevaría
a la ruina y la perdición si no tenía la absoluta certeza de ma tar, no solo a los que se encontrasen en la
playa, sino a todos los que pudiesen aparecer después, ya que, si alguno de ellos escapaba para contar lo
ocurrido a su gente, miles de ellos vendrían a vengar la muerte de sus compañeros y yo no habría hecho
más que provocar mi propia destrucción, lo cual era un riesgo que no corría en este momento.
En resumen, llegué a la conclusión de que, ni por principios ni por sistema, debía meterme en este
asunto. Mi única preocupación debía ser mantenerme fuera de su vista a toda costa y no dejar el menor
rastro que les hiciese sospechar que había otros seres vivientes, es decir, humanos, en la isla. La religión me
dio la prudencia y quedé convencido de que hacer planes sangrientos para destruir criaturas inocentes,
respecto a mí, por supuesto, era faltar a todos mis deberes. En cuanto a sus crímenes, ellos eran culpables

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