más capaz de cumplir sus deberes hacia Dios que uno que yace enfermo en su lecho, ya que esas
aflicciones afectan al espíritu como otras afectan al cuerpo y la falta de serenidad debe constituir una
incapacidad tan grave como la del cuerpo, y hasta mayor. Rezar es un acto espiritual y no corporal.
Pero prosigamos. Una vez aseguré parte de mi pequeño rebaño, recorrí casi toda la isla en busca de otro
sitio apartado que sirviera para hacer un nuevo refugio. Un día, avanzando hacia la costa occidental de la
isla, a la que nunca había ido todavía, mientras miraba el mar, me pareció ver un barco a gran distancia.
Había rescatado uno o dos catalejos de los arcones de los marineros pero no los traía conmigo y el barco
estaba tan distante que apenas podía distinguirlo, a pesar de que lo miré fijamente hasta que mis ojos no
pudieron resistirlo. No sabría decir si era o no un barco. Solo sé que resolví no volver a salir sin mi catalejo
en el bolsillo.
Cuando bajé la colina hasta el extremo de la isla en el que no había estado nunca, tenía la certeza de que
haber visto la huella de una pisada de hombre no era tan extraño como me lo había imaginado. Lo
providencial era que hubiese ido a parar al lado de la isla que no frecuentaban los salvajes. Hubiese sido
fácil imaginar que, frecuentemente, cuando las canoas que provenían de tierra firme se internaban
demasiado en el mar, venían a esa parte de la isla para descansar. Igualmente, como a menudo luchaban en
las canoas, los vencedores traían a sus prisioneros a esta orilla donde, conforme a sus pavorosas
costumbres, los mataban y se los comían, como veremos más adelante.
Cuando descendí de la colina a la playa y estaba, como he dicho, en el extremo sudoeste de la isla, me
llevé una sorpresa que me dejó absolutamente confundido y perplejo. Me resulta imposible explicar el
horror que sentí cuando vi, sobre la orilla, un despliegue de calaveras, manos, pies y demás huesos de
cuerpos humanos y, en particular, los restos de un lugar donde habían hecho una fogata, en una especie de
ruedo, donde acaso aquellos innobles salvajes se sentaron a consumir su festín humano, con los cuerpos de
sus semejantes.
Estaba tan estupefacto ante este descubrimiento que, durante mucho tiempo no pensé en el peligro que
me acechaba. Todos mi temores quedaron sepultados bajo la impresión que me causó el horror de ver
semejante grado de infernal e inhumana brutalidad y tal degeneración de la naturaleza humana. A menudo
había oído hablar de ello pero hasta entonces no lo había visto nunca tan de cerca. En pocas palabras, aparté
la mirada de ese horrible espectáculo y comencé a sentir un malestar en el estómago. Estaba a punto de
desmayarme cuando la naturaleza se ocupó de descargar el malestar de mi estómago y vomité con inusitada
violencia, lo cual me alivió un poco. Mas no pude permanecer en ese lugar ni un momento más, así que
volví a subir la colina a toda velocidad y regresé a casa.
Cuando me había alejado un poco de aquella parte de la isla, me detuve un rato, como sorprendido.
Luego me repuse y, con todo el dolor de mi alma, con los ojos llenos de lá grimas y la vista elevada al
cielo, le di gracias a Dios por haberme hecho nacer en una parte del mundo ajena a seres abominables como
aquellos y por haberme otorgado tantos privilegios, aun en una situación que yo había considerado
miserable. En efecto, tenía más motivos de agradecimiento que de queja y, sobre todo, debía darle gracias a
Dios porque aun en esta desventurada situación me había reconfortado con su conocimiento y con la
esperanza de su bendición, que era una felicidad que compensaba con creces, toda la miseria que había
sufrido o podía sufrir.
Con este agradecimiento regresé a mi castillo y, a partir de ese momento, comencé a sentirme mucho más
tranquilo respecto a mi seguridad, pues comprendí que aquellas mise rables criaturas no venían a la isla en
busca de algo y, tal vez, tampoco deseaban ni esperaban encontrar nada. Seguramente, habían estado en la
parte tupida del bosque y no habían encontrado nada que satisficiera sus necesidades. Llevaba dieciocho
años viviendo allí sin tropezarme ni una vez con rastros de seres humanos y, por lo tanto, podía pasar
dieciocho años más, tan oculto como lo había estado hasta ahora, si no me exponía a ellos. Era poco
probable que algo así sucediese, puesto que lo único que tenía que hacer era mantenerme totalmente
escondido como siempre lo había hecho y, a menos que encontrase otras criaturas mejores que los
caníbales, no me dejaría ver.
Sin embargo, sentía tal aborrecimiento por esos malditos salvajes que he mencionado y de su
despreciable e inhumana costumbre de devorar a sus semejantes, que me que dé pensativo y triste y no me
alejé de los predios de mi circuito en dos años. Cuando digo mi circuito, me refiero a mis tres fincas, es
decir, mi castillo, mi casa de campo, a la que llamaba mi emparrado, y mi corral en el bosque. No seguí
buscando otro recinto para las cabras, pues la aversión que sentía hacia aquellas diabólicas criaturas era tal,
que me daba tanto miedo verlas a ellas como al demonio en persona. Tampoco volví a visitar mi piragua en
todo ese tiempo, sino que preferí hacerme otra, ya que no podía ni pensar en hacer un nuevo intento de
traerla a este lado de la isla, pues si me topaba con aquellos seres en el mar y caía en sus ma nos, sabría muy
bien a qué atenerme.

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