había escogido y comprendí, que si esta huella era mía, había hecho el papel de los tontos que se esfuerzan
por contar historias de espectros y aparecidos y terminan asustándose más que los demás.
Entonces me armé de valor y comencé a asomarme fuera de mi refugio. Hacía tres días y tres noches que
no salía de mi castillo y comencé a sentir la necesidad de ali mentarme, pues dentro solo tenía agua y
algunas galletas de cebada. Además, debía ordeñar mis cabras, lo cual era mi entretenimiento nocturno, ya
que las pobres estarían sufriendo fuertes dolores y molestias, como, en efecto, ocurrió, pues a algunas se les
secó la leche.
Fortalecido por la convicción de que la huella era la de mis propios pies, pues he de decir que tenía
miedo hasta de mi sombra, me arriesgué a ir a mi casa de campo para ordeñar mi rebaño. Si alguien hubiese
podido ver el miedo con el que avanzaba, mirando constantemente hacia atrás, a punto de soltar el cesto y
echar a huir para salvarme, me habría tomado por un hombre acosado por la mala conciencia o que,
recientemente, hubiera sufrido un susto terrible, lo cual, en efecto, era cierto.
No obstante, al cabo de tres días de salir sin encontrar nada, comencé a sentir más valor y a pensar que,
en realidad, todo había sido producto de mi imaginación. Mas no logré convencerme totalmente hasta que
fui nuevamente a la playa para medir la huella y ver si había alguna evidencia de que se trataba de la huella
de mi propio pie. Cuando lle gué al sitio, comprobé, en primer lugar, que cuando me ale jé de la piragua, no
pude haber pasado por allí ni por los alrededores. En segundo lugar, al medir la huella me di cuenta de que
era mucho mayor que la de mi pie. Estos dos hallazgos me llenaron la cabeza de nuevas fantasías y me
inquietaron sobremanera. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, como si tuviera fiebre, y regresé a casa
con la idea de que, no uno, sino varios hombres, habían desembarcado en aquellas costas. En pocas
palabras, la isla estaba habitada y podía ser tomado por sorpresa. Mas no sabía qué medidas tomar para mi
seguridad.
¡Oh, qué absurdas resoluciones adoptan los hombres cuando son poseídos por el miedo, que les impide
utilizar la razón para su alivio! Lo primero que pensé fue destruir to dos los corrales y devolver mis rebaños
a los bosques, para que el enemigo no los encontrase y dejara de venir a la isla con este propósito. A
continuación, excavaría mis dos campos de cereal con el fin de que no encontraran el grano, y se les
quitaran las ganas de volver. Luego demolería el emparrado y la tienda para que no hallaran vestigios de mi
mora da y se sintieran inclinados a buscar más allá, para encontrar a sus habitantes.
Este fue el tema de mis reflexiones durante la noche que pasé en casa después de mi regreso, cuando las
aprensiones que se habían apoderado de mi mente y los humos de mi cerebro estaban aún frescos. El miedo
al peligro es diez mil veces peor que el peligro mismo y el peso de la ansiedad es mayor que el del mal que
la provoca. Mas, lo peor de todo aquello era que estaba tan inquieto que no era capaz de encontrar alivio en
la resignación, como antes lo hacía y como me creía capaz de hacer. Me parecía a Saúl, que no solo se
quejaba de la persecución de los filisteos, sino de que Dios le hubiese abandonado. No tomaba las medidas
necesarias para recomponer mi espíritu, gritando a Dios mi desventura y confiando en su Providencia,
como lo había hecho antes para mi alivio y salvación. De haberlo hecho, al menos me habría sentido más
reconfortado ante esta nueva eventualidad y quizás la habría asumido con mayor resolución.
Esta confusión de pensamientos me mantuvo despierto toda la noche pero por la mañana me quedé
dormido. La fatiga de mi alma y el agotamiento de mi espíritu me procu raron un sueño profundo y el
despertar más tranquilo que había tenido en mu cho tiempo. Ahora comenzaba a pensar con serenidad y,
después de mucho debatirme, concluí que esta isla, tan agradable, fértil y próxima a la tierra firme, no
estaba abandonada del todo, como hasta entonces había creído. Si bien no tenía habitantes fijos, a veces
podían lle gar hasta ella algunos botes, ya fuera intencionadamente o por casualidad, impulsados por los
vientos contrarios.
Habiendo vivido quince años en este lugar, y no habiendo encontrado aún el menor rastro o vestigio
humano, lo más probable era que, si alguna vez llegaban hasta aquí, se marchasen tan pronto les fuese
posible, pues, por lo visto, no les había parecido conveniente establecerse allí hasta ahora.
El mayor peligro que podía imaginar era el de un posible desembarco accidental de gentes de tierra
firme, que, según parecía, estaban en la isla en contra de su voluntad, de modo que se alejarían rápidamente
de ella tan pronto pudiesen y tan solo pasarían una noche en la playa para emprender el viaje de regreso con
la ayuda de la marea y la luz del día. En este caso, lo único que debía hacer era conseguir un refugio
seguro, por si veía a alguien desembarcar en ese lugar.
Ahora comenzaba a arrepentirme de haber ampliado mi cueva y hacer una puerta hacia el exterior, que se
abriera más allá de donde la muralla de mi fortificación se unía a la roca. Después de una reflexión madura
y concienzuda, decidí construir una segunda fortificación en forma de semicírculo, a cierta distancia de la
muralla en el mismo lugar donde, hacía doce años, había plantado una doble hilera de árboles, de la cual ya

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