crecer la barba casi una cuarta58 pero como tenía suficientes tijeras y navajas, la corté muy corta, excepto la
que crecía sobre los labios que me arreglé a modo de bigotes mahometanos como los que usaban los turcos
de Salé, pues, contrario a los moros, que no los utilizaban, los turcos los llevaban así. De estos mostachos o
bigotes diré que eran lo suficientemente largos para colgar de ellos un sombrero de dimensiones tan
monstruosas que en Inglaterra se consideraría espantoso.


58
Una cuarta: Un cuarto de yarda (22,86 centímetros).


Dicho sea de paso, como no había nadie que pudiese verme en estas condiciones, mi aspecto me
importaba muy poco y, por lo tanto, no hablaré más de él. De esta guisa, emprendí mi nuevo viaje, que duró
cinco o seis días. En primer lugar, anduve por la costa hasta el lugar donde había anclado el bote la primera
vez para subir a las rocas. Como ahora no tenía que cuidar del bote, hice el trayecto por tierra y escogí un
camino más corto para llegar a la misma colina desde la que había observado la punta de arrecifes por la
que tuve que doblar con la piragua. Me sorprendió ver que el mar estaba totalmente en calma, sin
agitaciones, mo vimientos ni corrientes, fuera de las habituales.
Me costaba mucho trabajo comprender esto así que decidí pasar un tiempo observando para ver si había
sido ocasionado por los cambios de la marea. No tardé en darme cuenta de que el cambio lo producía el
reflujo que partía del oeste y se unía con la corriente de algún río cuando desembocaba en el mar. Según la
dirección del viento, norte u oeste, la corriente fluía hacia la costa o se alejaba de ella. Me quedé en los
alrededores hasta la noche y volví a subir a la colina. El reflujo se había vuelto a formar y pude ver clara-
mente la corriente, como al principio, solo que esta vez lle gaba más lejos, casi a media legua de la orilla.
En mi caso, estaba más cerca de la costa y, por tanto, me arrastró junto con mi canoa, cosa que no habría
pasado en otro momento.
Este descubrimiento me convenció de que no tenía más que observar el flujo y el reflujo de la marea para
saber cuándo podía traer mi piragua de vuelta. Mas cuando decidí poner en práctica este plan, sentía tanto
terror al recordar los peligros que había sufrido, que no podía pensar en ello sin sobresaltos. Por tanto, tomé
otra resolución que me pareció más segura, aunque, también, más laboriosa, que consistía en construir o
hacer otra piragua o canoa para, así, tener una a cada lado de la isla.
Podéis comprender que ahora tenía, por así decirlo, dos fincas en la isla. Una de ellas era mi pequeña
fortificación o tienda, rodeada por la muralla al pie de la roca, con la cueva detrás y, a estas alturas, con dos
nuevas cámaras que se comunicaban entre sí. En la más seca y espaciosa de las cámaras, había una puerta
que daba al exterior de la muralla o verja, o sea, hacia fuera del muro que se unía a la roca. Allí tenía dos
grandes cacharros de barro, que ya he descrito con lujo de detalles, y catorce o quince cestos de gran tama-
ño, con capacidad para almacenar cinco o seis fanegas de grano cada uno. En ellos guardaba mis
provisiones, en especial el grano, que desgranaba con mis manos o que conservaba en las espigas, cortadas
al ras del tallo.
Los troncos y estacas con los que había construido la muralla, se prendieron a la tierra y se convirtieron
en enormes árboles, que se extendieron tanto que nadie podía imaginarse que detrás de ellos había una
vivienda.
Cerca de mi morada, pero un poco más hacia el centro de la isla y sobre un terreno más elevado, estaba el
sembra dío de grano, que cultivaba y cosechaba a su debido tiempo. Si tenía necesidad de más grano podía
extenderlo hacia los terrenos contiguos que eran igualmente adecuados para el cultivo.
Aparte de esta, tenía mi casa de campo, donde también poseía una finca aceptable. Allí tenía mi
emparrado, como solía llamarlo, que conservaba siempre en buen estado; es decir, mantenía el seto que lo
circundaba perfectamente podado, dejando siempre la escalera por dentro. Cuidaba los árboles que, al
principio, no eran más que estacas que luego crecieron hasta formar un seto sólido y firme. Los cortaba de
modo que siguieran creciendo y formaran un follaje fuerte y tupido, que diera una sombra agradable, como,
en efecto, ocurrió, conforme a mis deseos. En medio de este espacio, tenía mi tienda siempre puesta: un
trozo de tela extendida sobre estacas que nunca tuve que reparar o renovar. Debajo de la tienda había hecho
un lecho o cama con las pieles de los animales que mataba y otros materiales suaves. Tenía, además, una
manta que había pertenecido a una de las camas del barco y una gran capa con la que me cubría. Cada vez
que podía ausentarme de mi residencia principal, venía a pasar un tiempo en mi casa de campo.
Junto a esta casa, tenía los corrales para el ganado, es decir, mis cabras. Como había tenido que hacer
esfuerzos inconcebibles para cercarlos, cuidaba con infinito celo que la valla se mantuviese entera, evitando
que las cabras la rompiesen. Tanto estuve en esto que, después de mucho trabajo, logré cubrir la parte

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