Pero estaba en el undécimo año de mi residencia y, como he dicho, las municiones comenzaban a
escasear, de modo que me dediqué a estudiar algún medio para atrapar o capturar viva alguna cabra,
preferiblemente una hembra con cría.
Con este fin, tejí algunas redes y creo que más de una cayó en ellas. Pero m lazos no eran fuertes,
is
porque no tenía alambre, y siempre los encontraba rotos y con el cebo comido.
Finalmente, decidí hacer trampas. Cavé varios fosos en la tierra, en sitios donde, según había observado,
solían pastar las cabras y, sobre ellos, coloqué un entramado, que yo mismo hice, con bastante peso encima.
Algunas veces, dejaba espigas de cebada y arroz sin colocar la trampa, y podía observar, por las huellas de
sus patas, que las cabras se las habían comido. Finalmente, una noche coloqué tres trampas y, a la mañana
siguiente, las encontré intactas, aunque el cebo había sido devorado, lo cual me desalentó mucho. No
obstante, alteré mi trampa y, para no incomo daros con los detalles, diré que, a la mañana siguiente, en-
contré un macho cabrío en una de ellas y tres cabritos, un macho y dos hembras, en otra.
No sabía qué hacer con el macho cabrío porque era muy arisco y no me atrevía a descender al foso para
capturarlo, como era mi intención. Habría podido matarlo pero esto no era lo que quería, ni resolvía mi
problema; así que lo solté y salió huyendo despavorido. En aquel momento, no sabía algo que aprendí más
tarde: que el hambre puede amansar incluso a un león. Si lo hubiese dejado en la trampa tres o cuatro días
sin alimento y le hubiese llevado un poco de agua, primeramente, y, luego, un poco de grano, se habría
vuelto tan manso como los pequeños, ya que las cabras son animales muy sagaces y dóciles, si se tratan
adecuadamente.
No obstante, lo dejé ir, porque no se me ocurrió nada mejor en el momento. Entonces fui donde los más
pequeños, los cogí, uno a uno, los amarré a todos juntos con un cordel y los traje a casa sin ninguna
dificultad.
Pasó un tiempo antes de que comenzaran a comer pero los tenté con un poco de grano dulce y
comenzaron a domesticarse. Ahora me daba cuenta de que el único medio que tenía de abastecerme de
carne de cabra cuando se me acabara la pólvora, era domesticarlas y criarlas. De este modo, las tendría
alrededor de mi casa como si fuesen un rebaño de ovejas.
Luego pensé que debía separar las cabras domésticas de las salvajes, pues, de lo contrario, se volverían
salvajes cuando crecieran. Para lograr esto, tenía que cercar una ex tensión de tierra con una valla o
empalizada, a fin de evitar que salieran las que estuvieran dentro y que entraran las que estuvieran fuera.
La empresa era demasiado ambiciosa para un solo par de manos. Sin embargo, como sabía que era
absolutamente imprescindible, empecé por buscar un terreno adecuado donde hubiera hierba para que se
alimentaran, agua para beber y sombra para protegerlas del sol.
Los que saben hacer este tipo de cercados, pensarán que tuve poco ingenio al elegir una pradera o sabana
(como las llamamos los ingleses en las colonias occidentales), que tenía muchos árboles en un extremo y
dos o tres pequeñas corrientes de agua. Como he dicho, se reirán cuando les diga que, cuando comencé,
tenía previsto hacer un cercado de, al menos, dos millas. Mi estupidez no era tan solo ignorar las
dimensiones, ya que, seguramente, habría tenido suficiente tiempo para cercar un recinto de casi diez
millas, sino pasar por alto que, en semejante extensión de terreno, las cabras habrían seguido siendo tan
salvajes como si se encontraran libres por toda la isla y que, si tenía que perseguirlas en un espacio tan
grande, no podría atraparlas nunca.
Había construido casi cincuenta yardas de cerca cuando se me ocurrió esto. Interrumpí las labores de
inmediato y, para empezar, decidí cercar un terreno de unas ciento cincuenta yardas de largo por cien de
ancho. Allí podía mantener, por un tiempo razonable, a los animales que capturara y, a medida que fuera
aumentando el rebaño, ampliaría mi cercado.
Esto era actuar con prudencia y reanudé mis labores con nuevos bríos. Me tomó casi tres meses hacer el
prime r cercado. Durante este tiempo, mantuve a los cabritos en la mejor parte del terreno y los hacía comer
tan cerca de mí como fuera posible para que se acostumbraran a mi presencia. A menudo les llevaba
algunas espigas de cebada o un puñado de arroz para que comieran de mi mano. De este modo, cuando
terminé la valla y los solté, me seguían de un lado a otro, balando para que les diera un puñado de grano.
Esto solucionaba mi problema y, al cabo de un año y medio, tenía un rebaño de doce cabras, con crías y
todo. En dos años más, tenía cuarenta y tres, sin contar las que había matado para comer. Posteriormente,
cerqué otros cinco predios e hice pequeños corrales donde las conducía cuando tenía que coger alguna, con
puertas que comunicaban un predio con otro.

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