dificultades, pudieron asirlo y así los acercamos hasta la popa y conseguimos subir a bordo. Ni ellos ni
nosotros le vimos ningún sentido a tratar de llegar hasta su nave así que acordamos dejarnos llevar por la
corriente, limitándonos a enderezar el bote hacia la costa lo más que pudiéramos. Nuestro capitán les
prometió que, si el bote se destrozaba al llegar a la orilla, él se haría cargo de indemnizar a su capitán. Así,
pues, con la ayuda de los remos y la corriente, nuestro bote fue avanzando hacia el norte, en dirección
oblicua a la costa, hasta Winterton Ness.10


10
Winterton Ness: Cabo del mar del Norte, a dos kilómetros de Winterton, en el condado de Norfoik.


No había transcurrido mucho más de un cuarto de hora desde que abandonáramos nuestro barco, cuando
lo vimos hundirse. Entonces comprendí, por primera vez, lo que significa «irse a pique». Debo reconocer
que no pude levantar la vista cuando los marineros me dijeron que se estaba hundiendo. Desde el momento
en que me subieron en el bote, porque no puedo decir que yo lo hiciera, sentía que mi cora zón estaba como
muerto dentro de mí, en parte por el mie do y en parte por el horror de lo que según pensaba aún me
aguardaba.
Mientras estábamos así, los hombres seguían remando para acercar el bote a la costa y podíamos ver,
cuando subíamos a la cresta de una ola, que había un montón de gente en la orilla, corriendo de un lado a
otro para socorrernos cuando llegáramos. Pero nos movíamos muy lentamente y no nos acercamos a la
orilla hasta pasado el faro de Winterton, donde la costa hace una entrada hacia el oeste en dirección a
Cromer. Allí, la tierra nos protegía del viento y pudimos llegar a la orilla. Con mucha dificultad, desem-
barcamos a salvo y, después, fuimos andando hasta Yarmouth, donde, como a hombres desafortunados que
éramos, nos trataron con gran humanidad; desde los magistrados del pueblo, que nos proveyeron buen
alojamiento, hasta los comerciantes y dueños de barcos, que nos dieron suficiente dinero para llegar a
Londres o Hull, según lo deseáramos.
Si hubiese tenido la sensatez de regresar a Hull y volver a casa, habría sido feliz y mi padre, como
emblema de la parábola de nuestro bendito Redentor, habría matado su ter nero más cebado en mi honor,
pues pasó mucho tiempo desde que se enteró de que el barco en el que me había escapado se había hundido
en la rada de Yarmouth, hasta que supo que no me había ahogado.
Sin embargo, mi cruel destino me empujaba con una obstinación que no cedía ante nada. Aunque muchas
veces sentí los llamados de la razón y el buen juicio para que re gresara a casa, no tuve l fuerza de
a
voluntad para hacerlo. No sé cómo definir esto, ni me atrevo a decir que se trata de una secreta e inapelable
sentencia que nos empuja a obrar como instrumentos de nuestra propia destrucción y abalanzarnos hacia
ella con los ojos abiertos, aunque la tengamos de frente. Ciertamente, solo una desgracia semejante, in-
soslayable por decreto y de la que en modo alguno podía escapar, pudo haberme obligado a seguir adelante,
en contra de los serenos razonamientos y avisos de mi conciencia y de las dos advertencias que había
recibido en mi primera experiencia.
Mi compañero, que antes me había ayudado a fortalecer mi decisión y que era hijo del capitán, estaba
menos decidido que yo. La primera vez que me habló, que no fue has ta pasados tres o cuatro días de
nuestro desembarco en Yarmouth, puesto que en el pueblo nos separaron en distintos alojamientos; como
decía, la primera vez que me vio, me pareció notar un cambio en su tono. Con un aspecto melancólico y un
movimiento de cabeza me preguntó cómo estaba, le dijo a su padre quién era yo y le explicó que había
hecho este viaje a modo de prueba para luego embarcarme en un viaje más largo. Su padre se volvió hacia
mí con un gesto de preocupación:
-Muchacho -me dijo-, no debes volver a embarcarte nunca más. Debes tomar esto como una señal clara e
irrefutable de que no podrás ser marinero.
-Pero señor -le dije-, ¿acaso no pensáis volver al mar?
-Mi caso es diferente -dijo él-, esta es mi vocación y, por lo tanto, mi deber. Mas, si tú has hecho este
viaje como prueba, habrás visto que el cielo te ha dado muestras suficientes de lo que te espera si insistes.
Tal vez esto nos haya pasado por tu culpa, como pasó con Jonás en el barco que lo llevaba a Tarsis 11 . Pero
dime, por favor, ¿quién eres y por qué te has embarcado?


11
Se refiere al libro de Jonás 1, 1-16. En este episodio, Dios le ordenó a Jonás que fuera a Nínive para
anunciar su destrucción. Desobedeciendo el mandato de Dios, Jonás se embarcó para Tarsis y se levantó
una terrible tempestad que solo cesó cuando arrojó a Jonás al agua.

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