otra vez en la orilla. Nunca sabemos ponderar el verdadero estado de nuestra situación hasta que vemos
cómo puede empeorar, ni sabemos valorar aquello que tenemos hasta que lo perdemos. Es difícil imaginar
la consternación en la que me hallaba sumido, al verme arrastrado lejos de mi amada isla (pues así la sentía
ahora) hacia el ancho mar, a dos leguas de ella y con pocas esperanzas de volver.
No obstante, me esforcé, hasta quedar exhausto, por mantener el rumbo de mi bote hacia el norte, es
decir, hacia la margen de la corriente donde estaba el remolino. Cerca del mediodía me pareció sentir en el
rostro una leve brisa que soplaba desde el sur-sudeste. Esto me alentó un poco, especialmente, cuando al
cabo de media hora, la brisa se transformó en un pequeño ventarrón. A estas alturas, me encontraba a una
distancia alarmante de la isla y, de haberse producido neblina, otro habría sido mi destino, pues no llevaba
brújula a bordo y no habría sabido en qué dirección avanzar para alcanzar la isla, si acaso la perdía de vista.
Mas el tiempo se mantenía claro y me dispuse a levantar el mástil y extender la vela, siempre tratando de
mantenerme enfilando hacia el norte para evitar la corriente.
Apenas terminé de poner el mástil y la vela, el bote comenzó a deslizarse más de prisa. Advertí, por la
transparencia del agua, que acababa de producirse un cambio en la corriente, porque cuando esta estaba
fuerte, el agua era turbia y ahora, que estaba más clara, me parecía que su fuerza había disminuido. A
media legua hacia el este, el mar rompía sobre unas rocas que dividían la corriente en dos brazos. Mientras
el brazo principal fluía hacia el sur, dejando los escollos al noreste, el otro regresaba, después de romper en
las rocas, y formaba una fuerte corriente que se dirigía hacia el noroeste.
Aquellos que hayan recibido un perdón al pie del cadalso, que hayan sido liberados de los as esinos en el
último momento, o que se hayan visto en peligros tan extremos como estos, podrán adivinar mi alegría
cuando pude dirigir mi piragua hacia esta corriente y desplegar mis velas al viento, que me impulsaba hacia
delante, con una fuerte marea por debajo.
Esta corriente me llevó cerca de una legua en dirección a la isla pero cerca de dos leguas más hacia el
norte que la primera que me arrastró a la deriva, de modo que, cuando me acerqué a la isla, estaba frente a
la costa septentrional, es decir, en la ribera opuesta a aquella de donde había salido. Cuando había recorrido
un poco más de una legua con la ayuda de esta corriente, advertí que se estaba agotando y ya no me servía
de mucho. No obstante, descubrí que entre las dos corrientes, es decir, la que estaba al sur, que me había
alejado de la isla, y la que estaba al norte, que estaba a una legua del otro lado, el agua estaba en calma y no
me impulsaba en ninguna dirección. Mas gracias a una brisa, que me resultaba favorable, seguí avanzando
hacia la costa, aunque no tan de prisa como antes.
Hacia las cuatro de la tarde, cuando estaba casi a una legua de la isla, divisé las rocas que causaron este
desastre, que se extendían, como he dicho antes, hacia el sur. Evidente mente, habían formado otro
remolino hacia el norte, que, según podía observar, era muy fuerte pero no estaba en mi rumbo, que era
hacia el oeste. No obstante, con la ayuda del viento, crucé esta corriente hacia el noroeste, en dirección
oblicua, y en una hora me hallaba a una milla de la costa. Allí, el agua estaba en calma y muy pronto llegué
a la orilla.
Cuando puse los pies en tierra, caí de rodillas y di gra cias a Dios por haberme salvado y decidí abandonar
todas mis ideas de escapar. Me repuse con los alimentos que ha bía traído y acerqué el bote hasta la playa,
lo coloqué en una pequeña cala que descubrí bajo unos árboles y me eché a dormir porque estaba agotado a
causa de los esfuerzos y fatigas del viaje.
Ahora no sabía con certeza qué dirección tomar para volver a casa con el bote. Había corrido tantos
riesgos y conocía tan bien la situación, que no estaba dispuesto a regre sar por la ruta por la que había
venido. Tampoco sabía qué podía encontrar en la otra orilla (es decir, en la occidental), ni tenía intenciones
de volver a aventurarme. Por tanto, a la mañana siguiente, resolví recorrer la costa en dirección oeste y ver
si encontraba algún río donde pudiera dejar a salvo la piragua para disponer de ella si la necesitaba. Al cabo
de tres millas, más o menos, mientras avanzaba por la costa, llegué a una excelente bahía o ensenada, que
medía cerca de una milla y que se iba estrechando hasta la desembocadura de un riachuelo. Esta ensenada
sirvió de puerto a mi piragua, y pude dejarla como si fuese un pequeño atracadero construido especialmente
para ella. Me adentré en la bahía y, después de asegurar mi piragua, me encaminé hacia la costa para
explorar y ver dónde me hallaba.
Pronto descubrí que no había avanzado mucho más allá del lugar donde había estado la vez que había
hecho la expedición a pie, de modo que solo saqué del bote la escopeta y la sombrilla, pues hacía mucho
calor, y emprendí la marcha. El camino resultaba muy agradable, después de un viaje como el que había
hecho. Por la tarde, llegué a mi viejo emparra do y lo encontré todo como lo había dejado, ya que siempre lo
dejaba todo en orden, pues lo consideraba mi casa de campo.

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