sentido tentado a hacerlo, lo cual no ocurrió pues no podía siquiera imaginarme algo así, a pesar de que
estaba solo.
La razón por la cual no podía andar completamente desnudo era que aguantaba el calor del sol bastante
mejor cuando estaba vestido que cuando no lo estaba. A menudo el sol me producía ampollas en la piel,
mas, cuando llevaba camisa, el aire pasaba a través del tejido y me sentía mucho más fresco que cuando no
la llevaba. Tampoco podía salir sin gorra o sombrero pues los rayos del sol, que en esas latitudes golpean
con gran violencia, me habrían provocado una terrible jaqueca, a fuerza de caer directamente sobre mi
cabeza.
Ante esta situación, decidí ordenar los pocos harapos que tenía y a los que llamaba ropa. Había gastado
todos los chalecos y ahora debía intentar hacer algunas chaquetas con las capas y los demás materiales que
tenía. Empecé pues a hacer trabajos de sastrería, más bien estropicios, pues los resultados fueron
lastimosos. No obstante, logré hacer dos o tres chalecos, con la esperanza de que me durasen mucho
tiempo. La labor que realicé con los pantalones o calzones, fue igualmente desastrosa, hasta más adelante.
He mencionado que guardaba las pieles de los animales que mataba, me refiero a los cuadrúpedos, y las
colgaba al sol, extendiéndolas con la ayuda de palos. Algunas estaban tan secas y duras que apenas servían
para nada pero otras me resultaron muy útiles. Lo primero que confeccioné con ellas fue una gran gorra
para cubrirme la cabeza, con la parte de la piel hacia fuera para evitar que se filtrase el agua. Me quedó tan
bien que luego me confeccioné una vestimenta completa, es decir, una casaca y unos calzones abiertos en
las rodillas, ambos muy amplios, para que resultaran más frescos. Debo reconocer que estaban
pésimamente hechos pues si era un mal carpintero, era aún peor sastre. No obstante, les di muy buen uso y,
cuando estaba fuera, si por casualidad llovía, la piel de la casaca y del sombrero me mantenían
perfectamente seco.
Posteriormente, empleé mucho tiempo y esfuerzo en fabricarme una sombrilla, que mucha falta me hacía.
Había visto cómo se confeccionaban en Brasil, donde eran de gran utilidad a causa del excesivo calor y me
parecía que el calor que debía soportar aquí era tanto o más fuerte que el de allá, pues me encontraba más
cerca del equinoccio. Además, aquí tenía que salir constantemente, por lo que una sombrilla me resultaba
de gran utilidad para protegerme, tanto del sol como de la lluvia. Emprendí esta tarea con muchas
dificultades y pasó bastante tiempo antes de que pudiera hacer algo que se le pareciese pues, cuando creía
haber encontrado la forma de confeccionarla, eché a perder dos o tres veces antes de hacer la que tenía
prevista. Por fin fabriqué una que cumplía cabalmente ambos propósitos. Lo más difícil fue lograr que
pudiera cerrarse. Había logrado que permaneciera abierta pero, si no lograba cerrarla, habría tenido que
llevarla siempre sobre la cabeza, lo cual no era demasiado práctico. Finalmente, como he dicho, hice una lo
suficientemente adecuada para mis propósitos y la cubrí de piel, con la parte peluda hacia arriba, a fin de
que, como si fuera un tejado, me protegiese del sol tan eficazmente, que me permitiera salir, incluso en el
calor más sofocante, tan a gusto como si hiciese fresco. Cuando no tuviera necesidad de usarla, podía
cerrarla y llevarla bajo el brazo.
Vivía, de este modo, cómodamente; mi espíritu estaba tranquilo y enteramente conforme con la voluntad
de Dios y los designios de la Providencia. Por lo tanto, mi vida era mu cho más placentera que la vida en
sociedad, pues, cuando me lamentaba de no tener con quien conversar, me preguntaba si no era mejor
conversar con mis pensamientos y, si puede decirse, con Dios, mediante la oración, que disfrutar de los
mayores deleites que podía ofrecer la sociedad.
No puedo decir que, durante cinco años no me ocurrie ra nada extraordinario pero, lo cierto es que mi
vida seguía el mismo curso, en el mismo lugar de siempre. Aparte de mi cultivo anual de cebada y arroz,
del que siempre guardaba suficiente para un año, y de mis salidas diarias con la escopeta, tenía una
ocupación importante: construir mi canoa, la cual, finalmente, pude acabar. Luego cavé un canal de unos
seis pies de ancho por cuatro de profundidad que me permitió llevarla hasta el río, a lo largo de casi media
milla. La primera canoa era demasiado grande, ya que la había construido sin pensar de antemano cómo
llevarla hasta el agua y, como nunca pude hacerlo, la tuve que dejar donde estaba, a modo de recordatorio
que me enseñase a ser más precavido en el futuro. De hecho, la siguiente vez, aunque no pude encontrar un
árbol adecuado que estuviera a me nos de media milla del agua, como ya he dicho, me pareció que mi
proyecto era viable y decidí no abandonarlo. Pese a que invertí dos años en él, nunca trabajé de mala gana,
sino con la esperanza de tener, finalmente, un bote para lanzarme al mar.
Sin embargo, cuando terminé de construir mi pequeña piragua, advertí que su tamaño no era el adecuado
para los objetivos que me había fijado al emprender la fabricación de la primera; es decir, aventurarme
hacia la tierra firme que estaba a unas cuarenta millas de la isla. Pero al ver la pira gua tan pequeña, desistí
de mi propósito inicial y no volví a pensar en él. Decidí usarla para hacer un recorrido por la isla, pues,
aunque solo había visto parte del otro lado por tierra, como he dicho anteriormente, los descubrimientos

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