Tan vacío estaba de cualquier bondad, o del más mínimo sentido de ella que ni siquiera en las agraciadas
ocasiones en las que me había visto salvado, como cuando escapé de Salé, cuando el capitán portugués me
rescató, cuando me establecí felizmente en Brasil, cuando recibí el cargamento de Inglaterra y otras por el
estilo, pronuncié ni pensé una palabra de agradecimiento a Dios; ni siquiera en el colmo de mi desventura
le dirigí una plegaria a Dios diciendo: «Señor, ten piedad de mí.» No, jamás pronunciaba el nombre de Dios
a no ser que fuera para jurar o blasfemar.
Como ya he dicho, pasé muchos meses en medio de terribles reflexiones sobre mi maldita e indigna vida
pasada. Mas cuando miraba a mi alrededor y contemplaba los dones especiales que había recibido desde mi
llegada a esta isla y el modo tan generoso en que Dios me había tratado, pues no me había castigado con la
severidad que merecía sino, más bien, había sido pródigo en proveerme tanto como podía necesitar, tenía la
esperanza de que mi arrepentimiento hubiese sido aceptado y que Dios me tuviera reservada alguna
misericordia.
Con estos pensamientos me resigné a acatar la voluntad de Dios en las circunstancias en las que me
hallaba y hasta le di sinceras gracias por ello, considerando que aún estaba vivo y que no debía quejarme,
pues no había recibido siquiera el justo castigo por mis pecados y gozaba de tantos privilegios como nunca
hubiese podido esperar en un sitio como este. Por tanto, no debía volver a lamentarme de mi condición,
sino regocijarme por ella y dar gracias a Dios por el pan de cada día, que, de no ser por un milagro, no
podría haber disfrutado. Debía recordar que podía alimentarme por obra de un milagro casi tan grande
como el de los cuervos que alimentaron a Elías 56 . Además, difícilmente hubiese podido elegir otro sitio con
más ventajas que aquel lugar desierto donde había sido arrojado; uno donde, si bien no tenía compañía, lo
cual era el motivo de mi mayor desventura, tampoco había bestias feroces, lobos furiosos, tigres que
amenazaran mi vida, plantas venenosas que me hicieran daño en caso de que las ingiriera, ni salvajes que
pudieran asesinarme y devorarme.


56
Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y pan y carne por la noche. I Reyes 17: 4-6.


En pocas palabras, si por un lado mi vida era desventurada, por otro estaba llena de gracia y lo único que
necesitaba para hacerla más confortable era confiar en la bondad y la misericordia de Dios para conmigo y
hallar en ello mi consuelo. Cuando logré hacer esto, dejé de sentirme triste y pude seguir adelante.
Llevaba tanto tiempo en este lugar que muchas de las cosas que había traído a tierra se habían agotado o
deteriorado. Como ya he dicho, la tinta se me había terminado casi totalmente y solo quedaba un poco que
fui mezclando con agua hasta que se volvió tan clara que apenas dejaba marcas en el papel. Mientras duró,
la utilicé para anotar los días del mes en los que me sucedía algo fuera de lo corriente. Recuerdo que al
principio, había notado una extraña coincidencia entre las fechas de algunos acontecimientos y, de haber
sido supersticioso y creer que había días de buena y mala suerte, habría tenido suficientes motivos para
reflexionar sobre lo curioso de algunas circunstancias.
En primer lugar, observé que el día en que partí de Hull, abandonando a mis padres y a mis amigos con el
fin de aventurarme en el mar, era el mismo día en que, más tarde, fui capturado y hecho esclavo por el
corsario de Salé.
El día en que me salvé del naufragio del barco en la rada de Yarmouth, fue el mismo día, al año
siguiente, en que pude escapar de Salé en la chalupa.
El día de mi nacimiento, el 30 de septiembre, fue el mis mo día, al cabo de veintiséis años que me salvé
milagrosamente del naufragio y llegué a las costas de esta isla; de modo que mi vida pecaminosa y mi vida
solitaria empezaron el mismo día.
Después de la tinta, se me agotó el pan, es decir, la galleta que había rescatado del barco y que consumía
con suma frugalidad, permitiéndome comer solo una por día, durante un año. Aun así, pasé casi un año sin
pan hasta que pude producir mi propia harina, por lo que estaba enorme mente agradecido ya que, como he
dicho, su obtención fue casi milagrosa.
Mis ropas también comenzaron a deteriorarse notablemente. Hacía tiempo que no tenía lino, con la
excepción de algunas camisas a cuadros que había encontrado en los arco nes de los marineros y guardado
con mucho cuidado porque, a menudo, eran lo único que podía tolerar; y fue una gran suerte que hubiese
encontrado casi tres docenas de ellas entre la ropa de los marineros en el barco. También tenía varias capas
gruesas de las que usaban los marineros pero eran demasiado pesadas. En verdad, el clima era tan caluroso
que no tenía necesidad de usar ropa, mas no era capaz de andar totalmente desnudo. No, aunque me hubiese

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