Solo me parecía valioso aquello que podía utilizar. Comía solo lo que necesitaba y el resto, ¿de qué me
servía? Si cazaba más de lo que podía comer, tenía que dárselo al perro o dejar que se lo comieran las
sabandijas. Si sembraba más grano del que podía consumir, se echaba a perder. Los árboles que cortaba se
pudrían sobre la tierra ya que no podía utilizarlos de otro modo que no fuera como lumbre para cocinar mi
comida.
En pocas palabras, después de una justa reflexión, comprendí que la naturaleza y la experiencia me
habían enseñado que todas las cosas buenas de este mundo lo son en la medida en que podemos hacer uso
de ellas o regalárselas a alguien y que disfrutamos solo de aquello que podemos utilizar; el resto no nos
sirve para nada. El avaro más miserable y codicioso de este mundo se habría curado del vicio de la avaricia
si hubiese estado en mi lugar, pues poseía infinitamente más de lo que podía disponer. No deseaba nada,
excepto algunas cosas que no podía tener y que, en realidad, eran insignificancias, aunque me habrían sido
de gran utilidad. Como he dicho anteriormente, tenía un poco de dinero, oro y plata, que sumaban unas
treinta y seis libras esterlinas y, ¡ay de mí!, ahí yacía esa inútil y desagradable materia, con la que no podía
hacer absolutamente nada. A veces pensaba que habría dado parte de ella a cambio de unas buenas pipas
para fumar tabaco o de un molino de mano para moler el grano. Más aún, lo habría dado todo a cambio de
seis peniques de semillas de nabos y zanahorias de Inglaterra o de un puñado de guisantes y habas y un
frasco de tinta. En mi situación, no podía sacar ningún provecho de ese dinero y allí estaba, dentro de un
cajón, cubriéndose de moho con la humedad de la cueva durante la estación de lluvias; y si hubiera tenido
el cajón lleno de diamantes, tampoco habrían tenido ningún valor, porque no tenía uso que darles.
Ahora mi vida era mucho más tranquila que al principio y me sentía mucho mejor, física y
espiritualmente. A menudo, cuando me sentaba a comer, me sentía agradecido y ad mirado por la divina
Providencia que me había puesto una mesa en medio del desierto. Aprendí a ver el lado bueno de mi
situación y a ignorar el malo y a valorar más lo que podía disfrutar que lo que me hacía falta. Esta actitud
me proporcionó un secreto bienestar, que no puedo explicar. Pongo esto aquí, pensando en las personas
inconformes, que no son capaces de disfrutar felizmente lo que Dios les ha dado porque ambicionan
precisamente aquello que les ha sido negado y me parece que toda nuestra infelicidad, por lo que no
tenemos, proviene de nuestra falta de agradecimiento por lo que tenemos.
Otra reflexión muy provechosa para mi y, sin duda, para cualquiera que caiga en una desgracia como la
mía, era la siguiente: comparar mi situación presente con la que imaginé al principio, o bien, con la que,
seguramente, habría sido, si la buena Providencia de Dios no hubiese dispuesto milagrosamente que el
barco se acercase a la orilla y que yo, no solo pudiese alcanzarlo, sino rescatar todo lo que logré llevar hasta
la playa, para mi salvación y mi bienestar, pues, si las cosas hubieran ocurrido de otro modo, no habría teni-
do herramientas con que trabajar, armas para defenderme, ni pólvora ni municiones para conseguir mi
alimento.
Pasé horas, más bien, días enteros, imaginando, con lujo de detalles, lo que habría tenido que hacer si no
hubiese podido rescatar nada del barco. No habría podido alimentarme más que con pescado y tortugas y
más aún, si no los hubiera descubierto a tiempo, me habría muerto de hambre y, en caso de haber podido
subsistir, habría vivido como un salvaje. Si por casualidad hubiera matado una cabra o un ave, mediante
alguna estratagema, no habría podido abrirla, ni desollarla, ni sacarle las vísceras, ni trocearla sino que me
habría visto obligado a roerla con los dientes y desgarrarla con las uñas como las bestias.
Estas reflexiones me hicieron consciente de lo bondadosa que había sido la Providencia conmigo, por lo
que me sentí muy agradecido por mi presente condición, a pesar de todos
sus problemas y contratiempos. Aquí debo recomendar a aquellos que tienden a quejarse de sus miserias
y se preguntan: «¿hay alguna pena como la mía?», que consideren cuánto peor están otras personas, o
cuánto peor podrían estar ellos mis mos si a la Providencia le hubiese parecido justo.
Había otra reflexión que me reconfortaba y me devolvía las esperanzas. Comparaba mi situación actual
con la que merecía y que, con toda razón, debía esperar de la Providencia. Había vivido una vida
vergonzosa, totalmente desprovista de cualquier conocimiento o temor de Dios. Mis padres me habían
educado bien; ambos me habían inculcado, desde temprana edad, el respeto religioso hacia Dios, el sentido
del deber y de aquello que la naturaleza y mi condición en la vida exigían de mí. Pero ¡ay de mí! muy
pronto caí en la vida de marinero, que, de todas las existencias, es la menos temerosa de Dios, aunque, a
menudo, padezca las consecuencias de su cólera. Digo que, habiéndome iniciado muy pronto en la vida de
marinero y en la compañía de gentes de mar, el poco sentido de la religión que había cultivado hasta
entonces, desapareció ante las burlas de mis compañeros y ante un endurecido desprecio por el peligro y las
visiones de la muerte, a las que llegué a acostumbrarme por no tener con quien conversar, que fuese dis -
tinto de mí, u oír alguna palabra buena o, al menos, amable.

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