Me empeñé en construir esta canoa como el más estúpido de los hombres, como si hubiese perdido
totalmente la ra zón. Me agradaba el proyecto y no me preocupaba en lo más m ínimo si no era capaz de
realizarlo. No es que la idea de botar la canoa no me asaltara con frecuencia sino que respondía a mis
preguntas con la siguiente insensatez: «Primero ocupémonos de hacerla que, con toda seguridad, encontraré
la forma de transportarla cuando esté terminada.»
Esta era una forma de proceder descabellada pero mi fantasiosa obstinación prevaleció y puse manos a la
obra. Corté un cedro tan grande, que dudo mucho que Salomón dispusiera de uno igual para construir el
templo de Jerusalén. Medía cinco pies y diez pulgadas de diámetro en la parte baja y a los veintidós pies de
altura medía cuatro pies y once pulgadas; luego se iba haciendo más delgado hasta el nacimiento de las
ramas. Me costó un trabajo infinito cortar el árbol. Estuve veinte días talando y cortando la base y catorce
más cercenando las ramas, los brotes y el tupido follaje con el hacha. Después, me tomó un mes darle la
forma del casco de un bote que pudiese mantenerse derecho sobre el agua. Me tomó casi tres meses excavar
su interior hasta que pareciese un bote de verdad. Hice esto sin fuego, utilizando, únicamente, un mazo y un
cincel y, después de mucho esfuerzo, logré hacer una hermosa piragua, lo suficientemente grande como
para llevar veintiséis hombre y, por tanto, a mí con mi cargamento.
Cuando terminé la tarea, estaba encantado. El bote era mucho más grande que cualquier canoa o piragua,
hecha de un solo árbol, que hubiese visto en mi vida. Muchos golpes de hacha me había costado y no
faltaba más que llevarla hasta el agua y, si lo hubiese conseguido, habría emprendido el viaje más absurdo e
irrealizable que jamás se hubiese hecho.
Todos mis intentos de llevarla al mar fracasaron, a pesar de mis grandísimos esfuerzos. La canoa estaba a
unas cien yardas del agua y el primer inconveniente era una colina que se elevaba hacia el río. Para resolver
este problema, decidí cavar el terreno con el fin de hacer un declive. Comencé a hacerlo y me costó un
trabajo inmenso mas ¿quién se queja de fatigas si tiene la salvación ante sus ojos? No obstante, cuando
terminé esta tarea y vencí esta dificultad, estaba igual que antes porque, como con el bote, me resultaba im-
posible mover la canoa.
Entonces medí la longitud del terreno y decidí hacer una especie de dique o canal para llevar el agua
hasta la piragua ya que no podía llevar esta al agua. Cuando comencé a ha cerlo y calculé el ancho y la
profundidad de la excavación que debía realizar, me di cuenta de que, sin otro recurso que mis dos brazos,
me tomaría unos diez o doce años terminar esta labor puesto que, la orilla estaba elevada y, por lo tanto,
tendría que cavar una zanja de, por lo menos, veinte pies de profundidad en la parte más alta. Al final
también tuve que renunciar a esta idea, con mucho pesar.
Esto me causó una gran aflicción y me hizo comprender, aunque demasiado tarde, la estupidez de iniciar
un trabajo sin calcular los costos ni juzgar la capacidad para realizarlo.
Ocupado en estas tareas, concluyó mi cuarto año de estancia en la isla y celebré el aniversario con la
misma devoción y tranquilidad que los anteriores, pues, gracias al cons tante estudio de la palabra de Dios
y al auxilio de su gracia divina, había adquirido una nueva sabiduría, distinta a mis conocimientos
anteriores. Veía las cosas de otro modo y el mundo me parecía algo remoto, con lo que no tenía nada que
ver y de lo que no esperaba ni deseaba absolutamente nada. En pocas palabras, no tenía nada en común con
él, ni lo tendría nunca, de modo que lo veía como se debía ver después de la muerte; como un lugar donde
había vivido pero al que había abandonado. Muy bien podía decir, como Abraham al rico avariento: Entre
tú y yo media un profundo abismo 54 .
En primer lugar, me hallaba lejos de los vicios del mundo. No sentía la concupiscencia de la carne, la
concupis cencia de los ojos, ni la soberbia de la vida55 . Nada tenía que envidiar, puesto que poseía todo
aquello de lo que podía disfrutar y era el señor de toda la isla. Podía, si eso me complacía, llamarme rey o
emperador de todo lo que poseía. N tenía rivales ni adversarios ni a nadie con quien disputarme la
o
soberanía o el poder. Podía cosechar suficiente grano para cargar muchos navíos pero no me hacía falta, de
modo que sembraba solo el que necesitaba para mi sustento. Tenía tortugas en abundancia pero no las cogía
sino de cuando en cuando, según mis necesidades. Tenía suficiente leña para construir toda una flota de
barcos y luego llenar sus bodegas con el vino o las pasas que podía obtener de mi viñedo.


54
Lucas 16: 26.
55
Epístola de Juan 2: 16.

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