romperse. Cuando estuvieron claramente rojos, los dejé en la lumbre durante cinco o seis horas, hasta que
me di cuenta de que uno de ellos no se quebraba pero sí se derretía, porque la arena que había m ezclado
con el barro se fundía por la violencia del calor, y se habría convertido en vidrio de haberlo dejado allí.
Disminuí gradualmente el fuego hasta que el rojo de los cacharros se volvió más tenue y me quedé ob-
servándolos toda la noche para que el fuego no se apagara demasiado aprisa. A la mañana siguiente, tenía
tres buenas ollitas, si bien no muy hermosas, y dos vasijas, tan resistentes como podría desearse, una de las
cuales estaba perfectamente esmaltada por la fundición de la arena.
No tengo que decir que después de este experimento, no volví a necesitar ningún cacharro de barro que
no pudiera hacerme. Mas debo decir que en cuanto a la forma, no se di ferenciaban mucho unos de otros,
como es de suponerse, ya que los hacía del mismo modo que los niños hacen sus tortas de arcilla o que las
mujeres, que nunca han aprendido a hacer masa, hornean sus pasteles.
Jamás hubo alegría tan grande por algo tan insignificante, como la que sentí cuando vi que había hecho
un cacharro de arcilla resistente al fuego. Apenas tuve paciencia para esperar a que se enfriara y volví a
colocarlo en el fuego, esta vez, lleno de agua, para hervir un trozo de carne, lo que logré admirablemente.
Luego, con un poco de cabra, me hice un caldo muy sabroso y solo me habría hecho falta un poco de avena
y algunos otros ingredientes para que quedara tan sabroso como lo hubiera deseado.
Mi siguiente preocupación era procurarme un mortero de piedra para moler o triturar el grano ya que, tan
solo con un par de manos, no podía pensar en hacer un molino. Me encontraba muy poco preparado para
satisfacer esta necesidad pues, si había un oficio en el mundo para el cual no estaba cualificado era para el
de picapedrero. Por otra parte, tampoco contaba con las herramientas necesarias para hacerlo. Pasé más de
un día buscando una piedra lo suficientemente grande como para ahuecarla y que sirviera de mortero, mas
no pude encontrar ninguna, excepto las que había en la roca pero no tenía forma de extraer ni cortarle
ningún pedazo. Tampoco las rocas de la isla eran lo suficientemente duras pues todas tenían una
consistencia arenosa y se desmoronaban fácilmente, de manera que no habrían soportado los golpes de un
mazo, ni habrían molido el grano sin llenarlo de arena. Después de perder mucho tiempo buscando una
piedra adecuada, renuncié a este propósito y decidí buscar un buen bloque de madera sólida, lo que resultó
mu cho más sencillo. Cogí uno tan grande como mis fuerzas me permitieron levantar y lo redondeé por
fuera con el hacha. Luego le hice una cavidad con fuego, del mismo modo que los indios del Brasil
construyen sus canoas. Después hice una mano de almirez, de una madera que llaman palo de hierro 53 y
guardé todos estos utensilios hasta mi próxima cosecha, al cabo de la cual, me proponía moler el grano, o
más bien, machacarlo hasta convertirlo en harina para hacer pan.


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En algunas regiones del Caribe recibe el nombre de ausubo.
La segunda dificultad con que me topé fue la de hacer un tamiz o cedazo para cernir la harina y separarla
del salvado y de la cáscara, sin lo cual no habría tenido posibilidad alguna de hacer pan. Esta era una labor
tan difícil que no me hallaba con valor ni para pensar en la forma de realizarla pues no tenía nada que me
sirviera para ello; es decir, una lona o tejido con una trama lo suficientemente fina como para permitir el
cernido de la harina. Durante muchos meses estuve paralizado, sin saber exactamente qué hacer. No me
quedaba más lienzo que algunos harapos; tenía pelos de cabra pero no sabía cómo hilarlos o tejerlos y,
aunque lo hubiese sabido, no tenía instrumentos para hacerlo. Finalmente, recordé que entre la ropa de los
marineros que había rescatado del naufragio, había algunas bufandas de muselina y, con algunos pedazos
hice tres tamices pequeños pero adecuados para la tarea. Los utilicé durante muchos años y, en su
momento, contaré lo que hice después con ellos.
Lo próximo que tenía que considerar era cómo hacer el pan, una vez tuviera el grano pues, para empezar,
no tenía levadura, mas como este era un problema que no tenía solu ción, dejé de preocuparme por ello. Sin
embargo, me afligía no tener un horno. Con el tiempo, ideé la forma de hacerlo, de la siguiente manera:
Hice algunas vasijas de barro muy anchas pero poco profundas, es decir, de unos dos pies de diámetro y no
más de nueve pulgadas de profundidad. Las quemé en el fuego, como había hecho con las otras y luego,
cuando quería hornear pan, hacía un gran fuego sobre el hogar, que había cubierto con unas losetas
cuadradas que yo mismo hice y cocí aunque no puedo decir que fuesen perfectamente cuadradas.
Cuando la leña formaba un buen montón de ascuas, lle naba el hogar con ellas y las dejaba ahí hasta que
el hogar se calentaba bien. Luego retiraba las ascuas, colocaba mi ho gaza o mis hogazas y las cubría con la
vasija de barro, que rodeaba de carbones para mantener y avivar el fuego según fuera necesario. De este
modo, como en el mejor horno del mundo, horneaba mis hogazas de cebada y, en poco tiempo, me convertí
en un auténtico maestro pastelero pues confeccionaba diversas tortas de arroz y budines, aunque no llegué a
hacer tartas ya que no tenía con qué rellenarlas, si no era con carne de ave o de cabra.

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