Mientras crecía el grano, observé todo lo que necesitaba hacer: cercarlo, protegerlo, segarlo o cosecharlo,
secarlo, transportarlo a casa, trillarlo, limpia rlo y guardarlo. Necesitaba también un molino para convertirlo
en harina, un tamiz para cernirla, sal y levadura para hacer el pan y un horno para cocerlo. Sin embargo,
como se verá, logré arreglármelas sin ninguna de estas cosas y el grano me proporcionó un inestimable
placer y provecho. Todo lo que he mencionado anteriormente, hacía el trabajo más tedioso y difícil pero no
había mucho que hacer al respecto, como tampoco respecto al tiempo que perdía pues, según lo había
dividido, utilizaba sólo una parte del día para realizar estas labores. Como había decidido no usar el grano
para pan hasta que tuviera una cantidad mayor, empleé todo mi tiempo y mi ingenio durante los seis meses
siguientes en hacer los utensilios adecuados para ejecutar todas las operaciones relacionadas al
procesamiento del grano, cuando lo tuviera.
Primeramente, tenía que preparar un terreno mayor ya que ahora tenía suficientes semillas para sembrar
un acre52 de tierra. Antes de hacer esto, dediqué por lo menos una se mana a fabricar una azada, que resultó
deplorable y pesada y requería un esfuerzo doble trabajar con ella. No obstante, obvié esto y sembré mi
semilla en dos grandes extensiones de tierra llana, situadas tan cerca de casa como fue posible y las cerqué
con una fuerte empalizada, cuyas estacas corté de los árboles que había utilizado anteriormente. Sabía que
en un año tendría un seto de plantas vivas que no requeriría mucho mantenimiento. Esta tarea era lo
suficientemente complicada como para que me tomara casi tres meses finalizarla, ya que buena parte de
este tiempo coincidió con la estación de lluvia, durante la cual, no pude salir.


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Acre: Equivale a 4.046,87 metros cuadrados.
Sin poder salir, esto es, mientras llovía, me ocupaba de los siguientes asuntos. Siempre que trabajaba, me
entretenía hablándole al loro y enseñándole a hablar, de modo que pronto aprendió su propio nombre y a
decirlo fuertemente: POLL, que fue la primera palabra que se pronunció en la isla por boca que no fuera la
mía. Pero, esta no era mi labor principal, sino, más bien, un pasatiempo que me divertía mientras ocupaba
mis manos en otras tareas, como la siguiente. Había estudiado durante mucho tiempo la forma de hacer
unas vasijas de barro, que tanto necesitaba, pero aún no sabía cómo. Mas, teniendo en cuenta que el clima
era caluroso, no dudaba que, si podía encontrar un buen barro, podría fabricar algún cacharro que, secado al
sol, fuera lo suficientemente fuerte para manejarlo y conservar en su interior cualquier cosa que quisiera
preservar de la humedad. Como necesitaba algunos cacharros de este tipo para el grano y la harina, que era
lo que me preocupaba en ese momento, decidí hacerlos tan grandes como pudiera, a fin de que sirvieran
exclusivamente como tarros para conservar lo que guardara en ellos.
Tal vez el lector se apiade de mí, o, por el contrario, se ría de mi torpeza al hacer la pasta y los objetos
tan deformes que realicé con ella, que se hundían hacia adentro o hacia fuera porque el barro era demasiado
blando para resistir su propio peso. Algunos se quebraban al ser expuestos precipitadamente al excesivo
calor del sol, otros se rompían en pedazos cuando los movía, tanto cuando estaban secos como cuando aún
estaban húmedos. En pocas palabras, después de un arduo esfuerzo por conseguir el barro, de extraerlo,
amasarlo, transportarlo y moldearlo, en dos meses no pude hacer más que dos cosas grandes y feas, que no
me atrevería a llamar tarros.
No obstante, cuando el sol los secó hasta dejarlos muy duros, los levanté con mucho cuidado y los
coloqué en dos grandes cestos de mimbre, que había tejido, expresamente, para ellos, a fin de que no se
rompieran. Entre cada cacharro y su correspondiente cesto había un poco de espacio, que rellené con paja
de arroz y cebada. Pensé que, conservándolos secos, podrían servir para guardar el grano y, tal vez la
harina, cuando lo hubiese molido.
Aunque cometí muchos errores en mi proyecto de hacer cacharros grandes, pude hacer, con éxito, otros
más pequeños, como vasijas, platos llanos, jarras y ollitas, que el calor del sol secaba y volvía extrañamente
duros.
Nada de esto, sin embargo, satisfacía mi necesidad principal que era obtener una vasija en la que pudiera
echar líquido y fuese resistente al fuego. Al cabo de cierto tiempo, un día, habiendo hecho un gran fuego
para asar carne, en el momento de retirar los carbones, encontré un trozo de un cacharro de barro, quemado
y duro como una piedra y rojo como una teja. Esto me sorprendió gratamente y me dije que; ciertamente, si
podían cocerse en trozos también podrían hacerlo enteros.
Este hecho me llevó a estudiar cómo disponer el fuego para cocer algunos cacharros de barro. No tenía
idea de cómo fabricar un horno como los que usan los alfareros, ni de esmaltar los cacharros con plomo,
aunque tenía algo de plomo para hacerlo. Apilé tres ollas grandes y dos cacharros, unos encima de los
otros, y dispuse las brasas a su alrededor, dejando un montón de ascuas debajo. Alimenté el fuego con leña,
que coloqué en la parte de afuera y sobre la pila, hasta que los cacharros se pusieron al rojo vivo sin llegar a

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