Apenas podía volver a asumir el primer remordimiento, del que, aparentemente, había logrado liberarme y
contra el que me había empecinado. Pensé que había superado el temor a la muerte y que esto no sería
nada, como la primera vez, mas cuando el capitán se me acercó, como acabo de decir, y dijo que estábamos
perdidos, me sentí aterrorizado. Me levanté, salí de mi camarote y miré a mi alrededor; nunca había visto
un espectáculo tan desolador. Las olas se elevaban como montañas y nos abatían cada tres o cuatro
minutos; lo único que podía ver a mi alrededor era desolación. Dos barcos que estaban cerca del nuestro
habían tenido que cortar sus mástiles a la altura del puente, para no hundirse por el peso, y nuestros
hombres gritaban que un barco, que estaba fondeado a una milla 6 de nosotros, se había hundido. Otros dos
barcos que se habían zafado de sus anclas eran peligrosamente arrastrados hacia el mar sin siquiera un
mástil. Los barcos livianos resistían mejor porque no sufrían tanto los embates del mar pero dos o tres de
ellos se fueron a la deriva y pasaron cerca de nosotros, con solo el foque7 al viento.
Hacia la tarde, el piloto y el contramaestre le pidieron al capitán de nuestro barco que les permitiera
cortar el palo del trinquete8 , a lo que el capitán se negó. Mas cuando el contramaestre protestó diciendo que
si no lo hacían, el barco se hundiría, accedió. Cuando cortaron el palo, el mástil se quedó tan al descubierto
y desestabilizó la nave de tal modo, que se vieron obligados a cortarlo también y dejar la cubierta
totalmente arrasada.
6
Milla: Medida itineraria que se utiliza en el mar y en la tierra. Una milla terrestre equivale a 1.609,34
metros. Una milla marítima, también llamada nudo, equivale a 1.851,66 metros.
7
Foque: Nombre común que se les da todas las velas triangulares que se orientan y amuran sobre el
bauprés.
8
Palo de trinquete: Palo más próximo a la proa. También se llama trinquete a la vela que va en ese palo.
Cualquiera podría imaginarse cómo me sentía en este momento, pues no era más que un aprendiz de
marinero, que tan solo unos días antes se había aterrorizado ante muy poca cosa. Pero si me es posible
expresar, al cabo de tanto tiempo, lo que pensaba entonces, diré que estaba diez veces más asustado por
haber abandonado mis resoluciones y haber retomado mis antiguas convicciones, que por el peligro de
muerte ante el que me encontraba. Todo esto, sumado al terror de la tempestad, me puso en un estado de
ánimo, que no podría describir con palabras. Pero aún no había ocurrido lo peor, pues la tempestad se
ensañaba con tal furia que los propios marineros admitían que nunca habían visto una peor. Teníamos un
buen barco pero llevábamos demasiado peso y esto lo hacía bambolearse tanto, que los marineros, a cada
rato, gritaban que se iría a pique. Esto obraba a mi favor porque no sabía lo que quería decir «irse a pique»
hasta que lo pregunté. La tempestad arreciaba tanto que pude ver algo que no se ve muy a menudo: el
capitán, el contramaestre y algunos otros más sensatos que los demás, se pusieron a rezar, esperando que,
de un momento a otro, el barco se hundiera. A medianoche, y para colmo de nuestras desgracias, uno de los
hombres que había bajado a ver la situación, gritó que teníamos una grieta y otro dijo que teníamos cuatro
pies 9 de agua en la bodega. Entonces nos llama ron a todos para poner en marcha la bomba. Al oír esta pa-
labra, pensé que me moría y caí de espaldas sobre uno de los costados de mi cama, donde estaba sentado.
Sin embargo, los hombres me levantaron y me dijeron que, ya que no había hecho nada antes, que muy
bien podía ayudar con la bomba como cualquiera de ellos. Al oír esto, me levanté rápidamente, me dirigí a
la bomba y me puse a trabajar con todas las fuerzas de mi corazón. Mientras tanto, el capitán había divisado
unos pequeños barcos carboneros que no podían resistir la tormenta anclados y tuvieron que lanzarse al mar
abierto. Cuando pasaron cerca de nosotros, ordenó disparar un cañonazo para pedir socorro. Yo, que no
tenía idea de lo que eso significaba, me sorprendí tanto que pensé que el barco se había quebrado o que
algo espantoso había ocurrido. En pocas palabras, me sorprendió tanto que me desmayé. En ese momento,
cada cual velaba por su propia vida, de modo que nadie se preocupó por mí o por lo que pudiera pasarme.
Un hombre se acercó a la bomba y apartándome con el pie, me dejó allí tendido, pensando que había
muerto; y pasó un buen rato antes de que recuperara el sentido.


9
Pie: Medida de longitud que equivale a 30,48 centímetros.


Seguimos trabajando pero el agua no cesaba de entrar en la bodega y era evidente que el barco se
hundiría. Aunque la fuerza de la tormenta comenzó a disminuir un poco, no era posible que el barco
pudiera llegar a puerto, por lo que el capitán siguió disparando cañonazos en señal de auxilio. Un barco
pequeño, que se había soltado justo delante de nosotros, envió un bote para rescatarnos. Con gran
dificultad, el bote se aproximó a nosotros pero no podía mantenerse cerca del barco ni nosotros subir a
bordo. Por fin, los hombres que iban en el bote comenzaron a remar con todas sus fuerza, arriesgando su
vida para salvarnos, y nuestros hombres les lanzaron un cable con una boya por popa. Después de muchas

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