salvajes, habiendo probado esa hierba tan dulce, permanecían allí día y noche, comiéndola tan de raíz que
era imposible que brotara una espiga.
Para esto no vi otra solución que levantar un cerco, que construí con mucho empeño, pues no tenía
demasiado tiempo. No obstante, como la tierra arada no era muy ex tensa, conforme a la cosecha, logré
cercarla totalmente en tres semanas. Maté algunos de los animales durante el día y puse a mi perro en
guardia durante la noche, amarrado a un palo donde se quedaba vigilando y ladrando toda la noche. De este
modo, los enemigos abandonaron el lugar en poco tiempo y el grano creció fuerte y saludable y comenzó a
madurar rápidamente.
Así como estos animales trataron de arruinar mi grano cuando aún era hierba, los pájaros estuvieron a
punto de hacerlo cuando brotaron las espigas. Un día fui al sembrado para ver cómo prosperaba y lo hallé
rodeado de aves de no sé cuántos tipos, que parecían aguardar a que me marchase. Inmediatamente, las
espanté con la escopeta (que siempre llevaba conmigo). No bien había disparado, cuando se elevó una
pequeña nube de pájaros que no había visto porque estaban ocultos entre las espigas.
Esto me inquietó mucho pues preveía que en pocos días se habrían comido mis esperanzas, dejándome
sin alimento, y sin posibilidades de volver a sembrar nunca. No sabía qué hacer. Sin embargo, estaba
decidido a no perder mi grano, si era posible, aunque tuviera que vigilarlo día y noche. En primer lugar,
recorrí el sembrado para ver los daños que habían hecho las aves y encontré que habían echado a perder
gran parte de los granos pero, como las espigas estaban aún verdes, la pérdida no fue tan grande, pues el
resto prometía una buena cosecha si lograba salvarlo.
Me detuve a cargar mi escopeta y pude ver a los ladrones posados en los árboles que estaban a mi
alrededor, como esperando a que me marchara, lo que en efecto ocurrió pues, apenas me alejé de su vista,
bajaron al sembrado, uno a uno, nuevamente. Esto me enfadó tanto que no tuve paciencia para esperar a
que llegara el resto, sabiendo que cada grano que se comían en ese momento representaba una gran pérdida
para mí en el futuro. Por lo tanto, arrimándome al cerco, disparé y maté a tres de ellos. Era justo lo que
quería pues los recogí y los traté como a los ladrones famosos en Inglaterra, es decir, los colgué de unas
cadenas para asustar a los demás. Es imposible imaginar el efecto que tuvo esto pues, al poco tiempo,
abandonaron aquella parte de la isla y no volví a verlos por allí mientras estuvo mi espantapájaros.
Esto me alegró mucho, como puede suponerse, y hacia finales de diciembre recogí mi grano en la
segunda cosecha del año.
Por desgracia, no tenía una hoz o guadaña para cortarlo y lo único que podía hacer era fabricar una lo
mejor que pudiese con las espadas o machetes que había rescatado del barco. No obstante, como mi
primera cosecha era pequeña, no tuve demasiadas dificultades para segarla. En pocas palabras, lo hice a mi
modo, pues solo corté las espigas, las transporté en una de las grandes canastas que había tejido y las
desgrané con mis propias manos. Al final del proceso, observé que el grano cosechado era, según mis
cálculos, aunque no tenía forma de comprobarlo, casi treinta y dos veces más que el que había sembrado.
Me sentí muy entusiasmado pues preveía que, con el tiempo, Dios me proporcionaría pan. Sin embargo,
nuevamente me hallaba en apuros pues no sabía moler el grano para transformarlo en harina, ni limpiarlo,
ni cernirlo, ni, en definitiva, hacer pan. Todo esto, sumado a mi deseo de disponer de una buena cantidad
para almacenar y otra para sembrar, decidí no probar ni un grano de esta cosecha con el fin de sembrarlo en
la siguiente estación. Mientras tanto, emplearía todo mi ingenio y mi tiempo de trabajo en averiguar el
modo de hacer harina y pan.
Podría decir en verdad que había trabajado para conseguirme el pan, lo cual es bastante sorprendente y
me parece que pocas personas se han detenido a pensar en la enorme cantidad de pequeñas cosas que hay
que hacer para producir, preparar, elaborar y terminar un solo pan.
Como me hallaba reducido a un simple estado natural, sufría desalientos diariamente y cada vez me
volvía más sensible a ellos, incluso desde que había obtenido el primer pu ñado de semillas que, como ya
he dicho, apareció inesperadamente y para mi gran asombro.
En primer lugar, no tenía un arado para remover la tierra, ni una azada o pala para labrarla. Resolví este
problema haciendo una pala de madera, a la cual ya he hecho referen cia, pero no era la más adecuada para
la función que quería darle y, aunque me había tomado varios días fabricarla, al no estar reforzada con
hierro se desgastó rápidamente y me entorpeció el trabajo, haciéndolo más difícil.
No obstante, aguantaba esto y me conformaba con hacer el trabajo pacientemente y tolerar sus
imperfecciones. Cuando terminé de sembrar el grano, me hacía falta un ras trillo y no me quedó más
remedio que utilizar una rama gruesa con la cual conseguí arañar la tierra, más que rastrillarla.

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