Pero ahora pensaba en cosas nuevas. Diariamente, leía la palabra de Dios y aplicaba todo su consuelo a
mi situación. Una mañana que me sentía muy triste, abrí la Biblia y encontré estas palabras: Nunca jamás te
dejaré ni te abandonaré51 . Inmediatamente pensé que estaban dirigidas a mí pues, ¿cómo si no, me habían
sido reveladas justo en el mo mento en el que me lamentaba de mi condición como quien ha sido
abandonado por Dios y por los hombres? «Pues bien -dije-, si Dios no me va a abandonar, ¿qué puede
ocurrirme o qué importancia puede tener el que todo el mundo me haya abandonado, cuando pienso que la
pérdida sería mucho mayor si tuviese el mundo entero a mi disposición y perdiese el favor y la bendición
de Dios?»


51
Josué 1:5; Carta a los hebreos 13:5.


Desde este momento, comencé a convencerme de que, posiblemente, era más feliz en esta situación de
soledad y abandono que en cualquier otro estado en el mundo. Con estos pensamientos le di gracias a Dios
por haberme traído a este lugar.
No sé qué ocurrió pero algo me turbó y me impidió pronunciar las palabras de agradecimiento. «¿Cómo
puedes ser tan hipócrita -me dije en voz alta- y fingirte agradecido por una situación de la cual, a pesar de
tus esfuerzos por resignarte a ella, deseas liberarte con todas las fuerzas de tu corazón?» Aquí me detuve y,
aunque no pude darle gracias a Dios por hallarme allí, le agradecí sinceramente que me hubiese abierto los
ojos, si bien mediante sufrimientos, para ver mi vida anterior y para lamentarme y arrepentirme de ella.
Nunca abrí ni cerré la Biblia sin darle gracias a Dios por hacer que mi amigo en Inglaterra, sin que yo le
dijese nada, la hubiese empaquetado con mis cosas y por ayudarme a rescatarla del naufragio.
De este modo y con esta disposición de ánimo, comencé mi tercer año. Si bien no he querido incomodar
al lector con el relato minucioso de los trabajos que realicé durante este año, como lo hice con el año
anterior, en general, puedo observar que casi nunca estaba ocioso sino que había dividido mi tiempo, según
lo requerían mis tareas cotidianas. En primer lugar, debía cumplir mis deberes con Dios y leer las
escrituras, cosa que hacía tres veces al día. En segundo lugar, tenía que salir con mi escopeta en busca de
alimentos, lo cual me tomaba cerca de tres horas todas las mañanas. En tercer lugar, tenía que preparar,
curar, conservar y cocinar lo que había matado o atrapado para mi sustento. Esto me tomaba una buena
parte del día. Además, debe considerarse que al mediodía, cuando el sol estaba en el cenit, hacía un calor
tan violento que era imposible salir, por lo que solo me quedaban cuatro horas de trabajo por la tarde,
excepto cuando invertía los horarios de mis labores y trabajaba por las mañanas y salía con la escopeta por
la tarde.
Al poco tiempo que tenía para trabajar, he de agregar la extrema laboriosidad de las obras y las muchas
horas que, por falta de herramientas, ayuda o destreza, me tomaba cualquier tarea que emprendiese. Por
ejemplo, me tomó cuarenta y dos días enteros hacer una tabla que me sirviera de anaquel para mi cueva,
mientras que dos aserradores, con sus herramientas y su serrucho, habrían cortado seis tablas del mismo
árbol en medio día.
Mi situación era la siguiente: el árbol que debía cortar tenía que ser grande, pues necesitaba que la tabla
fuese ancha. Me tomaba tres días cortar el árbol y dos más quitarle las ramas y reducirlo al tronco. A fuerza
de hachazos, iba afinándolo por ambos lados hasta hacerlo lo suficientemente ligero como para moverlo.
Entonces le daba la vuelta y aplanaba y alisaba uno de sus lados de un extremo a otro, como una tabla.
Luego le daba la vuelta otra vez y cortaba el otro lado hasta obtener una plancha como de tres pulgadas de
espesor y lisa por ambos lados. Cualquiera podría juzgar el esfuerzo que debía hacer con mis manos para
realizar este trabajo pero con paciencia y empeño conseguí hacer esta y muchas otras cosas. Recalco esto,
en particular, tan solo para explicar por qué me tomaba tanto tiempo realizar una tarea tan pequeña; en otras
palabras, que lo que se podía realizar en poco tiempo, con ayuda y las herramientas adecuadas, sin estas se
convertía en un trabajo ímprobo que requería muchísimo tiempo.
No obstante, con paciencia y empeño, pude sobrepasar muchos obstáculos, de hecho, todos los que se me
presentaron en diversas circunstancias, como se verá a continuación.
Estaba en los meses de noviembre y diciembre, a la espera de mi cosecha de cebada y arroz, y la tierra
que había arado y cultivado no era muy grande pues, como he obser vado, no tenía más de un celemín de
cada grano ya que había perdido una cosecha entera en la estación seca. Esta vez, la cosecha prometía ser
buena pero de pronto advertí que estaba a punto de perderla nuevamente a causa de enemigos de diversa
índole, a los cuales me resultaba muy difícil combatir. En primer lugar, las cabras y lo que yo llamo lie bres

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