Al regreso, tomé un camino distinto al que había hecho, creyendo que podría abarcar fácilmente gran
parte de la isla con la vista y, así, encontrar mi vivienda pero me equivo qué. Al cabo de unas dos o tres
millas, me hallé en un gran valle rodeado de tantas colinas que, a su vez, estaban tan cubiertas de árboles,
que no podía saber hacia dónde me dirigía si no era por el sol, y ni siquiera esto, si no sabía con exactitud
su posición en ese momento del día.
Para colmo de males, durante tres o cuatro días, el valle se cubrió de una neblina que me impedía ver el
sol, por lo que anduve desorientado e incómodo hasta que, finalmen te, me vi obligado a regresar a la playa,
buscar el poste y regresar por el mismo camino que había venido. Así, en jornadas fáciles, regresé a casa,
agobiado por el excesivo calor y por el peso de la escopeta, las municiones, el hacha y las demás cosas que
llevaba.
En este viaje, mi perro sorprendió a un cabrito y lo apresó. Yo tuve que correr en su auxilio para salvarlo
del perro y pensé llevármelo a casa pues, a menudo, había teni do la idea de si sería posible atrapar uno o
dos para criar un rebaño de cabras domésticas de las que abastecerme cuando se me hubieran acabado la
pólvora y las municiones.
Le hice un collar al pequeño animal y con un cordón que había hecho y que siempre llevaba conmigo, lo
conduje, no sin alguna dificultad, hasta mi emparrado, donde lo encerré y lo dejé pues estaba impaciente
por llegar a casa después de un mes de viaje.
No puedo expresar la satisfacción que me produjo re gresar a mi vieja madriguera y tumbarme en mi
hamaca. Este corto viaje, sin un sitio estable donde descansar, me había resultado tan desagradable, que mi
propia casa, como solía llamarla, me parecía un asentamiento perfecto, donde todo estaba tan cómodamente
dispuesto, que decidí no volver a alejarme por tanto tiempo de ella mientras permaneciera en la isla.
Pasé una semana entera descansando y agasajándome después de mi largo viaje, durante el cual dediqué
mucho tiempo a la difícil tarea de hacerle una jaula a mi Poll50 , que comenzaba a domesticarse y a sentirse
a gusto conmigo. Entonces pensé en el pobre cabrito que había dejado encerrado en el emparrado y decidí
ir a buscarlo para traerlo a casa o darle algún alimento. Fui y lo encontré donde lo había dejado pues no
tenía por donde salir pero estaba muerto de hambre. Corté tantas hojas y ramas como pude encontrar y se
las di. Después de alimentarlo, lo até como lo había hecho antes pero esta vez estaba tan manso por el
hambre, que casi no tenía que haberlo hecho, pues me seguía como un perro. Según iba alimentándolo, el
animal se volvió tan cariñoso, amable y tierno que se convirtió en una de mis mascotas y ya nunca me
abandonó.


50
Poll o Polly es el nombre que suele darse convencionalmente a los loros.


Había llegado la estación lluviosa del equinoccio de otoño. Guardé el 30 de septiembre con la misma
solemnidad que el año anterior, pues era el segundo aniversario de mi llegada a la isla y no tenía más
perspectivas de ser rescatado que el primer día. Dediqué todo el día a dar gracias humildemente por los
muchos bienes que me habían sido prodigados, sin los cuales, esta vida solitaria habría sido mucho más
miserable. Le di gracias a Dios con humildad y fervor por haberme permitido descubrir que, tal vez, podía
sentirme más feliz en esta situación solitaria que gozando de la libertad en la sociedad y rodeado de
mundanales placeres. Le agradecí que hubiese compensado las deficiencias de mi soledad y mi necesidad
de compañía humana con su presencia y la comunicación de su gracia que me asistía, me reconfortaba y me
alentaba a confiar en su providencia aquí en la tierra y aguardar por su eterna presencia después de la
muerte.
Ahora empezaba a darme cuenta de cuánto más feliz era esta vida, con todas sus miserias, que la
existencia sórdida, maldita y abominable que había llevado en el pasado. Habían cambiado mis penas y mis
alegrías, mis deseos se habían alterado, mis afectos tenían otro sentido, mis deleites eran completamente
distintos de como eran a mi llegada a esta isla y durante los últimos dos años.
Antes, cuando salía a cazar o a explorar la isla, la angustia que me provocaba mi situación me atacaba
súbitamente y cuando pensaba en los bosques, las montañas y el desierto en el que me hallaba, me sentía
desfallecer. Me veía como un prisionero encerrado tras los infinitos barrotes y cerrojos del mar, en un
páramo deshabitado y sin posibilidad de salvación. En los momentos de mayor cordura, estos pensamientos
me asaltaban de golpe, como una tormenta, y me hacían retorcerme las manos y llorar como un niño. A ve-
ces, me sorprendían en medio del trabajo y me obligaban a sentarme a suspirar, cabizbajo, durante una o
dos horas, lo cual era mucho peor, pues si hubiese podido irrumpir en llanto o expresarme en palabras,
habría podido desahogarme y aliviar mi dolor.

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