establecido mi morada en la peor parte de la isla. En consecuencia, empecé a considerar la idea de m udar
mi habitación y buscar un lugar, tan seguro como el que tenía, situado, preferiblemente, en aquella parte
fértil y placentera de la isla.
Esta idea me rondó la cabeza por mucho tiempo pues sentía una gran atracción por ese lugar, cuyo
encanto me tentaba. Pero cuando lo pensé más detenidamente, me di cuen ta de que ahora estaba cerca del
mar, donde al menos había una posibilidad de que me ocurriera algo favorable y que el mismo destino cruel
que me había llevado hasta aquí, trajera a otros náufragos desgraciados. Aunque era poco probable que algo
así ocurriera, recluirme entre las montañas o en los bosques del centro de la isla, era asegurarme el
cautiverio y hacer que un hecho poco probable se volviera imposible. Por lo tanto, decidí que no me
mudaría bajo ningún concepto.
No obstante, estaba tan enamorado de ese lugar que pasé allí gran parte del resto del mes de julio y, a
pesar de haber decidido que no me mudaría, me construí una especie de emparrado que rodeé, a cierta
distancia, con una fuerte verja de dos filas de estacas, tan altas como me fue posible, bien enterradas y
rellenas de maleza. Allí dormía seguro dos o tres noches seguidas, pasando por encima de la valla con una
escalera, como antes, y ahora me figuraba que tenía una casa en el campo y otra en la costa. En estas
labores estuve hasta principios del mes de agosto.
Acababa de terminar mi valla y comenzaba a disfrutar de la labor realizada, cuando vinieron las lluvias y
me forza ron a quedarme en mi primera vivienda, pues aunque me había hecho una tienda como la otra, con
un pedazo de vela bien extendido, no tenía la protección de la montaña en caso de tormenta, ni una cueva,
donde podía refugiarme si llovía excesivamente.
A principios de agosto, como he mencionado, había terminado mi emp arrado y comenzaba a sentirme a
gusto. El tercer día de agosto, vi que las uvas que había colgado es taban perfectamente secas y, de hecho,
eran excelentes pasas, así que empecé a descolgarlas. Esto fue una verdadera fortuna pues las lluvias que
cayeron las habrían estropeado y, de ese modo, habría perdido lo mejor de mi alimento invernal, ya que
tenía más de doscientos racimos. Apenas las hube descolgado y transportado a casa, comenzó a llover y
desde ese día, que era el 14 de agosto, hasta mediados de octubre, llovió casi todos los días, a veces, con
tanta fuerza que no podía salir de mi cueva durante varios días.
En este tiempo tuve la sorpresa de ver aumentada mi fa milia. Estaba preocupado por la desaparición de
una de mis gatas que, supuse, se había escapado o había muerto, pues no volví a saber de ella, cuando, para
mi asombro, regresó a casa a finales de agosto con tres gatitos. Esto me pareció muy extraño pues, aunque
había matado un gato salvaje con mi escopeta, creía que eran de una especie muy distinta a nuestros gatos
europeos. Sin embargo, los gatitos eran iguales a los gatos domésticos, mas como los dos que yo tenía eran
hembras, todo el asunto me pareció muy raro. Más tarde, de estos tres gatos salió una auténtica plaga de
gatos, por lo que me vi forzado a matarlos como si fueran sabandijas o alimañas y a llevarlos tan lejos de
casa como me fuera posible.
Desde el 14 de agosto hasta el 26 llovió incesantemente, de modo que no pude salir pero, esta vez, me
cuidé muy bien de la humedad. Durante este encierro, mis víveres co menzaron a mermar por lo que tuve
que salir dos veces. La primera vez, maté una cabra y la segunda, que fue el 26, encontré una gran tortuga,
lo cual fue una auténtica fiesta. De este modo regularicé mis comidas: comía un racimo de uvas en el
desayuno, un trozo de carne de cabra o tortuga asada en el almuerzo, pues, para mi desgracia no tenía
vasijas para hervirla o guisarla, y dos o tres huevos de tortuga para la cena.
Durante esta reclusión a causa de la lluvia, trabajaba dos o tres horas diarias en la ampliación de mi
cueva. Gradualmente, la fui profundizando en una dirección has ta llegar al exterior, donde hice una puerta
por la que pudiera entrar y salir. Sin embargo, no me sentía cómodo estando tan al descubierto ya que antes
estaba perfectamente encerrado, mientras que ahora me hallaba expuesto a cualquier ataque; aunque, en
realidad, no había visto ninguna criatura viviente que pudiese atemorizarme puesto que los animales más
grandes que había en la isla eran las cabras.
30 de septiembre. Este día se celebraba el desgraciado aniversario de mi llegada. Conté las marcas de mi
poste y constaté que llevaba trescientos sesenta y cinco días en la isla. Guardé una solemne abstinencia
todo el día, que dediqué a hacer ejercicios religiosos. Me postré humildemente y confesé a Dios todos mis
pecados, reconociendo su justicia y rogándole que tuviera misericordia de mí en el nombre de Jesucristo.
No probé ningún alimento durante doce horas, hasta que se puso el sol. Entonces comí una galleta y un ra-
cimo de uvas y me acosté, terminando el día como lo había comenzado.
Hasta ese momento no había celebrado los domingos ya que, al principio, carecía de sentimientos
religiosos. Al cabo de un tiempo, había dejado de hacer una marca m larga los domingos para diferenciar
ás
las semanas, de manera que no sabía en qué día vivía. Pero ahora, después de haber contado los días, como

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