para dar el arrepentimiento y el perdón45 . Solté el libro y elevando mi corazón y mis manos, en una
especie de éxtasis, exclamando: «¡Jesús, hijo de David, Jesús, tú que eres glorificado como Príncipe y
Salvador, concédeme el arrepentimiento y el perdón!»
Podría decir que era la primera vez en mi vida que reza ba en el verdadero sentido de la palabra, pues lo
hacía con plena conciencia de mi situación y con una esperanza, como la que se describe en las escrituras,
fundada en el aliento de la palabra de Dios. Desde este momento, puedo decir que comencé a confiar en
que Dios me escucharía.


45
Hechos de los Apóstoles 5:31.


Ahora empezaba a comprender las palabras mencionadas anteriormente, Invócame y te liberaré, en un
sentido diferente al que lo había hecho antes, porque entonces no tenía la menor idea de nada que pudiese
llamarse salvación, si no era de la condición de cautiverio en la que me encontraba; pues, si bien estaba
libre en este lugar, la isla era una verdadera prisión para mí, en el peor sentido. Mas ahora había aprendido
a ver las cosas de otro modo. Ahora mira ba hacia mi pasado con tanto horror y mis pecados me parecían
tan terribles, que mi alma no le pedía a Dios otra cosa que no fuera la liberación del peso de la culpa que
me quitaba el sosiego. En cuanto a mi vida solitaria, ya no me pare cía nada; ya no rogaba a Dios que me
liberara de ella, ni siquiera pensaba en ello, pues no era tan importante como esto. Y añado lo siguiente
para sugerir a quien lo lea que cuando se llega a entender el verdadero sentido de las cosas, el perdón por
los pecados es una bendición mayor que la liberación de las aflicciones.
Pero dejo esto y regreso a mi diario.
Ahora mi vida, si bien no menos miserable que antes, comenzaba a ser más llevadera y puesto que mis
pensamientos estaban orientados, por la oración y la constante lectura de las escrituras, hacia cosas más
elevadas, tenía una gran paz interior que no había conocido. Además, a medida que iba recuperando la
salud y las fuerzas, me propuse procurarme todo lo que necesitaba y darle a mi vida la mayor regularidad
posible.
Desde el 4 al 14 de julio, me dediqué, principalmente, a caminar con mi escopeta en mano, poco a poco,
como un hombre que está juntando fuerzas después de la enferme dad, pues es difícil imaginar lo débil que
me encontraba. El tratamiento que había utilizado era totalmente nuevo y, tal vez nunca haya servido para
curar a nadie de la calentura, ni puedo recomendarlo para que sea puesto en práctica, pero, aunque sirvió
para quitarme la fiebre, también me debilitó, pues durante un tiempo seguí padeciendo de frecuentes
convulsiones en los nervios y las extremidades.
También aprendí que salir durante la estación de lluvias era de lo más pernicioso para mi salud, en
especial, cuando las lluvias venían acompañadas de tempestades y huraca nes. Como las lluvias de la
estación seca siempre venían acompañadas de esas tormentas, eran más peligrosas que las que caían en
septiembre y octubre.
Hacía más de diez meses que habitaba en esta desdichada isla y parecía que cualquier posibilidad de
salvación de esta condición me hubiera sido totalmente negada. Además, estaba convencido de que ningún
ser humano había puesto un pie en este lugar. Ya me había asegurado perfectamente la habitación y ahora
tenía grandes deseos de explorar la isla más a fondo para ver qué cosas podía encontrar que aún no conocía.
El 15 de julio comencé la inspección minuciosa de la isla. Primero me dirigí hacia el río al que, como he
dicho, llegué con mis balsas. Descubrí, después de andar río arriba casi dos millas, que la corriente no
aumentaba y que no se trataba más que de una pequeña quebrada, muy fresca y muy buena; mas, por estar
en la estación seca, apenas tenía agua en algunas partes, al menos, no la suficiente como para que se
formara una corriente perceptible.
A orillas de esta quebrada encontré muchas sabanas o praderas placenteras, llanas, lisas y cubiertas de
hierba. En la parte más elevada, próxima a as tierras altas, que el agua, al parecer, nunca inundaba,
l
encontré gran cantidad de tabaco verde que crecía en tallos fuertes y robustos. Había muchas otras plantas
que no conocía y que, tal vez, tenían propiedades que no era capaz de descubrir.
Busqué raíz de yuca, con la que los indios de esta región hacen su pan, pero no encontré ninguna. Vi
enormes plantas de áloe pero no sabía lo que eran y varias cañas de azú car que crecían silvestres e
imperfectas a falta de cultivo46 . Me contenté con estos descubrimientos por esta vez y regresé pensando
cómo hacer para conocer las virtudes y bondades de los frutos o plantas que fuera descubriendo pero no

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