Mientras realizaba estas operaciones, tomé la Biblia y comencé a leer pero el tabaco me tenía tan
mareado que no pude proseguir, al menos por esta vez. Había abierto el libro al azar y las primeras palabras
que hallé fueron estas: Invócame en el día de tu aflicción y yo te salvaré y tú me glorificarás43 .
Estas palabras me parecieron muy adecuadas para mi caso y me causaron cierta impresión cuando las leí,
mas no tanto como lo hicieron posteriormente, porque la palabra salvado no me decía nada; me parecía
algo tan remoto, tan imposible según mi forma de ver las cosas que comencé a decir, como los hijos de
Israel cuando les ofrecieron carne para comer: ¿Puede Dios servir una mesa en el desierlo?44 . Y así
comencé a decir: «¿Puede Dios sacarme de este lugar?» Y como no habría de tener ninguna esperanza en
muchos años, varias veces me hice esta pregunta. No obstante, estas palabras causaron una gran impresión
en mí y las medité con frecuencia. Se hacía tarde y el tabaco, como he dicho, me había aturdido tanto que
sentí deseos de dormir, de modo que dejé mi lámpara encendida en la cueva, por si necesitaba algo durante
la noche, y me metí en la cama. Pero, antes de acostarme, hice algo que no había hecho en toda mi vida: me
arrodillé y le rogué a Dios que cumpliera su promesa y me salvara si yo acudía a él en el día de mi
aflicción. Una vez concluida mi torpe e imperfecta plegaria, bebí el ron en el que había macerado el tabaco,
que estaba tan fuerte y tan cargado, que casi no podía tragarlo y acto seguido, me metí en la cama. Sentí
que se me subía a la cabeza violentamente pero me quedé profundamente dormido y me desperté, a juzgar
por el sol, a eso de las tres de la tarde del día siguiente. Sin embargo, aún creo que dormí todo ese día y
toda esa noche, hasta casi las tres de la tarde del otro día pues, de lo contrario, no entiendo cómo pude
perder un día en el cómputo de los días de la semana, cosa que comprendí unos años más tarde; pues si
había cometido el error de trazar la misma línea dos veces, entonces debí perder más de un día. Lo cierto es
que, según mis cálculos, perdí un día y nunca supe cómo.


43
Salmo 50:15.
44
Salmo 78:19.


En cualquier caso, al despertar me encontré mucho me jor y con el ánimo dispuesto y alegre. Al
levantarme, me sentía más fuerte que el día anterior y tenía mejor el estóma go pues estaba hambriento; en
pocas palabras, no tuve fie bre al día siguiente y fui mejorando paulatinamente. Esto ocurrió el día 29.
El 30 fue un buen día y salí con la escopeta aunque no me alejé demasiado. Maté un par de aves marinas,
que parecían gansos, y las traje a casa pero no tenía muchas ganas de comerlas así que solo comí unos
cuantos huevos de tortuga, que estaban muy buenos. Esa noche, renové el tratamiento al que le atribuí mi
mejoría del día anterior, es decir, el tabaco macerado en ron, solo que no tomé tanta cantidad como la
primera vez, ni mastiqué ninguna hoja, ni inhalé el humo. No obstante, al día siguiente, que era el primero
de julio, no me sentí tan bien como esperaba y tuve algunos amagos de escalofríos, aunque no demasiado
graves.
2 de julio. Repetí el tratamiento de las tres formas y me las administré como la primera vez. Tomé el
doble del brebaje.
3. La fiebre pasó definitivamente aunque no recuperé todas mis fuerzas en varias semanas. Mientras
reunía energías, pensé mucho en la frase te salvaré y la imposibi lidad de mi salvación me impedía cultivar
esperanza alguna. Pero, mientras me desanimaba con estos pensamientos, se me ocurrió que pensaba tanto
en la liberación de mi mayor aflicción que no estaba viendo el favor que había recibido y comencé a
hacerme las siguientes preguntas: ¿No he sido liberado, además, milagrosamente, de la enfermedad y de la
situación más desesperada que puede haber y que tanto me asustaba? ¿Me he dado cuenta de esto? ¿He
pagado mi parte? Dios me ha salvado pero yo no lo he glorificado, es decir, no me siento en deuda ni
agradecido por esta salvación. ¿Cómo puedo esperar una salvación mayor?
Esto me conmovió el corazón e inmediatamente me arrodillé y le di gracias a Dios en voz alta por
haberme salvado de la enfermedad.
4 de julio. Por la mañana cogí la Biblia y, comenzando por el Nuevo Testamento, me apliqué seriamente
a su lectura. Me impuse leerla un rato todas las mañanas y todas las noches, sin obligarme a cubrir un
número de capítulos específico sino obedeciendo al interés que me despertara la lectura. Al poco tiempo de
observar esta práctica, sentí que mi corazón estaba más profunda y sinceramente contrito por la perversidad
de mi vida pasada. Reviví la impresión que me había causado el sueño y las palabras ninguna de estas
cosas ha suscitado tu arrepentimiento resonaban fuertemente en mis pensamientos. Estaba rogándole
fervorosamente a Dios que me concediera el arrepentimiento cuando, providencialmente, ese mismo día,
mientras leía las escrituras me topé con las siguientes palabras: Él es exaltado como Príncipe y Salvador

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