la bondad de sus argumentos a favor del estado medio de la vida y lo fácil y confortablemente que había
vivido sus días, sin exponerse a tempestades en el mar ni a problemas en la tierra. Decidí que, como un
verdadero hijo pródigo arrepentido, iría a la casa de mi padre.
Estos pensamientos sabios y prudentes me acompañaron lo que duró la tormenta, incluso, un tiempo
después. No obstante, al día siguiente, el viento menguó, el mar se calmó y yo comenzaba a acostumbrarme
al barco. Estuve bastante circunspecto todo el día porque aún me sentía un poco mareado, pero hacia el
atardecer, el tiempo se despejó, el viento amainó y siguió una tarde encantadora. Al ponerse el sol, el cielo
estaba completamente despejado y así siguió hasta el amanecer. No había viento, o casi nada y el sol se
reflejaba luminoso sobre la tranquila superficie del mar. En estas condiciones, disfruté del espectáculo más
deleitoso que jamás hubiera visto.
Había dormido bien toda la noche y ya no estaba mareado sino más bien animado, contemplando con
asombro el mar, que había estado tan agitado y terrible el día anterior, y que, en tan poco tiempo se había
tornado apacible y pla centero. Entonces, como para evitar que prosiguiera en mis buenos propósitos, el
compañero que me había incitado a partir, se me acercó y me dijo:
-Bueno, Bob -dijo dándome una palmada en el hombro-, ¿cómo te sientes después de esto? Estoy seguro
de que anoche, cuando apenas soplaba una ráfaga de viento, estabas asustado, ¿no es cierto?
-¿Llamarías a eso una ráfaga de viento? -dije yo-, aquello fue una tormenta terrible.
-¿Una tormenta, tonto? -me contestó-, ¿llamas a eso una tormenta? Pero si no fue nada; teniendo un buen
barco y estando en mar abierto, no nos preocupamos por una borrasca como esa. Lo que pasa es que no eres
más que un marinero de agua dulce, Bob. Ven, vamos a preparar una jarra de ponche y olvidémoslo todo.
¿No ves qué tiempo maravilloso hace ahora?
Para abreviar esta penosa parte de mi relato, diré que hicimos lo que habitualmente hacen los marineros.
Preparamos el ponche y me emborraché y, en esa noche de borra chera, ahogué todo mi remordimiento,
mis reflexiones sobre mi conducta pasada y mis resoluciones para el futuro. En pocas palabras, a medida
que el mar se calmaba después de la tormenta, mis atropellados pensamientos de la noche anterior
comenzaron a desaparecer y fui perdiendo el temor a ser tragado por el mar. Entonces, retornaron mis an-
tiguos deseos y me olvidé por completo de las promesas que había hecho en mi desesperación. Aún tuve
algunos mom entos de reflexión en los que procuraba recobrar la sensatez pero, me sacudía como si de una
enfermedad se tratase. Dedicándome de lleno a la bebida y a la compañía, logré vencer esos ataques, como
los llamaba entonces y en cinco o seis días logré una victoria total sobre mi conciencia, como lo habría
deseado cualquier joven que hubiera decidido no dejarse abatir por ella. Pero aún me faltaba superar otra
prueba y la Providencia, como suele hacer en estos casos, decidió dejarme sin la menor excusa. Si no había
tomado lo sucedido como una advertencia, lo que vino después, fue de tal magnitud, que hasta el más
implacable y empedernido miserable, habría advertido el peligro y habría implorado misericordia.
Al sexto día de navegación, llegamos a las radas de Yarmouth5 . Como el viento había estado contrario y
el tiempo tan calmado, habíamos avanzado muy poco después de la tormenta. Allí tuvimos que anclar y allí
permanecimos, mientras el viento seguía soplando contrario, es decir, del sudoeste, a lo largo de siete u
ocho días, durante los cuales, muchos barcos de Newcastle llegaron a las mismas radas, que eran una bahía
en la que los barcos, habitualmente, esperaban a que el viento soplara favorablemente para pasar el río.
5
Yarmouth (Great Yarmouth): Ciudad y puerto de Inglaterra.
Sin embargo, nuestra intención no era permanecer allí tanto tiempo, sino remontar el río. Pero el viento
comenzó a soplar fuertemente y, al cabo de cuatro o cinco días, conti nuó haciéndolo con mayor intensidad.
No obstante, las radas se consideraban un lugar tan seguro como los puertos, estábamos bien anclados y
nuestros aparejos eran resistentes, por lo que nuestros hombres no se preocupaban ni sentían el más mínimo
temor; más bien, se pasaban el día descansando y divirtiéndose del modo en que lo hacen los marineros. En
la mañana del octavo día, el viento aumentó y todos pusimos manos a la obra para nivelar el mástil y
aparejar todo para que el barco resistiera lo mejor posible. Al mediodía, el mar se levantó tanto, que el
castillo de proa se sumergió varias veces y en una o dos ocasiones pensamos que se nos había soltado el
ancla, por lo que el capitán ordenó que echáramos la de emergencia para sostener la nave con dos anclas a
proa y los cables estirados al máximo.
Se desató una terrible tempestad y, entonces, empecé a vislumbrar el terror y el asombro en los rostros de
los marineros. El capitán, aunque estaba al tanto de las manio bras para salvar el barco, mientras entraba y
salía de su camarote, que estaba junto al mío, murmuraba para sí: «Señor, ten piedad de nosotros, es el fin,
estamos perdidos», y cosas por el estilo. Durante estos primeros momentos de apuro, me comporté
estúpidamente, paralizado en mi cabina, que estaba en la proa; no soy capaz de describir cómo me sentía.

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