vida. Cuando me hallaba en aquella desesperada expedición en las desiertas costas de África, no pensé ni
por un instante en lo que podía ser de mí, ni deseé que Dios me indicara a dónde dirigirme, ni me protegiera
del peligro que me rodeaba y de las criaturas voraces y salvajes crueles. Simplemente, no pensaba en Dios
ni en la Providencia y me comportaba como una mera bestia enajenada de los principios de la naturaleza y
los dictados del sentido común; a veces, ni siquiera como eso.
Cuando fui liberado y rescatado por el capitán portugués, y bien tratado, con justicia, honradez y caridad,
no tuve ni un solo pensamiento de gratitud. Cuando, nuevamen te, naufragué y me vi perdido y en peligro
de morir ahogado en esta isla, no sentí el menor remordimiento ni lo vi como un castigo justo; tan solo me
repetía una y otra vez que era un perro desgraciado, nacido para ser siempre miserable.
Es cierto que cuando llegué a esta orilla por primera vez y me di cuenta de que toda la tripulación había
perecido ahogada mientras que yo me había salvado, me sobrecogió una especie de éxtasis o conmoción del
alma que, si la gracia de Dios me hubiese asistido, se habría convertido en sincero agradecimiento. Mas
esto terminó donde comenzó, en un mero ramalazo de felicidad, o, podría decir, una mera sensación de
alegría por estar vivo, sin reflexionar en lo más mínimo acerca de la bondad de la mano que me había
salvado y me había escogido cuando el resto había sido aniquilado; sin preguntarme por qué la Providencia
había sido tan misericordiosa conmigo. Más bien, experimenté el mismo tipo de júbilo que sienten los
marineros cuando llegan a salvo a la orilla después de un naufragio, júbilo que ahogan por completo en un
jarro de ponche y olvidan apenas ha concluido; y todo el resto de mi vida transcurría así.
Incluso, después, cuando me hice consciente de mi situación, de cómo había llegado a este horrible lugar,
lejos de cualquier contacto humano, sin esperanza de alivio ni pers pectiva de redención, tan pronto como
vi que tenía posibilidad de sobrevivir y que no me moriría de hambre, olvidé todas mis aflicciones y
comencé a sentirme tranquilo, me dediqué a las tareas propias de mi supervivencia y abastecimiento y me
hallé muy le jos de considerar mi condición como un juicio del cielo o como obra de la mano de Dios.
La germinación del maíz, a la que hice referencia en mi diario, al principio me afectó un poco y luego
comenzó a afectarme seriamente por tanto tiempo, que creí ver algo milagroso en ello. Pero tan pronto
como desapareció esa idea, se desvaneció la impresión que me había causado, como lo he señalado
anteriormente.
Ocurrió lo mismo con el terremoto, aunque nada podía ser más terrible en la naturaleza ni revelar más
claramente el poder invisible que gobierna sobre este tipo de cosas. Apenas pasó el temor inicial, también
cesó la impresión que me había causado. No tenía más conciencia de Dios o de su juicio, ni de que mis
desgracias fueran obra de su mano, que si hubiera estado en la situación más próspera del mundo.
Pero ahora que estaba enfermo y las miserias de la muerte desfilaban lentamente ante mis ojos, cuando
mis fuerzas sucumbían bajo el peso de una fuerte debilidad y es taba extenuado por la fiebre, mi
conciencia, durante tanto tiempo dormida, comenzó a despertar y yo empecé a reprocharme mi vida pasada,
pues, evidentemente, mi perversidad había provocado que la justicia de Dios cayera tan violentamente
sobre mí y me castigara tan vengativamente.
Estos pensamientos me atormentaron durante el segundo y el tercer día de mi enfermedad, y en el furor
de la fiebre y las terribles recriminaciones de mi conciencia, musité unas palabras que parecían una plegaria
a Dios, aunque no sé si el origen de la oración era la necesidad o la esperanza. Más bien era el llamado del
miedo y la angustia pues mis pensamientos confusos, mis convicciones fuertes y el horror de morir en tan
miserable situación me abrumaron la cabeza. En este desasosiego, no sé lo que pude haber dicho pero era
una suerte de exclamación, algo así como: «¡Señor!, ¿qué clase de miserable criatura soy? Si me enfermo,
moriré de seguro por falta de ayuda. ¡Señor!, ¿qué será de mí?» Entonces comencé a llorar y no pude decir
más.
En este intervalo, recordé los buenos consejos de mi padre y su predicción, que mencioné al principio de
esta historia: que si daba ese paso insensato, Dios me negaría su bendición y luego tendría tiempo para
pensar en las consecuencias de haber desatendido sus consejos, cuando nadie pudiese ayudarme. «Ahora -
decía en voz alta-, se han cumplido las palabras de mi querido padre: la justicia de Dios ha caído sobre mí y
no tengo a nadie que pueda ayudarme o escucharme. Hice caso omiso a la voz de la Providencia, que tuvo
la misericordia de ponerme en una situación en la vida en la que hubiera vivido feliz y tranquilamente; mas
no fui capaz de verlo, ni de aprender de mis padres, la dicha que esto suponía. Los dejé lamentándose por
mi insensatez y ahora era yo el que se lamentaba de las consecuencias; rechacé su apoyo y sus consejos,
que me habrían ayudado a abrirme camino en el mundo y me habrían facilitado las cosas y ahora tenía que
luchar contra una adversidad demasiado grande, hasta para la misma naturaleza, sin compañía, sin ayuda,
sin consuelo y sin consejos.» Entonces grité: «Señor, ayúdame porque estoy desesperado.»

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