en la otra parte de la isla, habría visto cientos de ellas todos los días, como descubrí posteriormente; pero,
tal vez, me habrían salido demasiado caras.
17 de junio. Me dediqué a cocinar la tortuga y encontré dentro de ella tres veintenas de huevos y, en
aquel momento, su carne me parecía la más sabrosa y gustosa que había probado en mi vida, pues no había
comido más que cabras y ,aves desde mi llegada a este horrible lugar.
18 de junio. Llovió todo el día.y no salí. Me dio la impresión de que la lluvia estaba fría y me sentía un
poco resfriado, cosa muy rara en aquellas latitudes.
19 de junio. Estuve muy enfermo y tiritando como si hiciese mucho frío.
20 de junio. No pude descansar en toda la noche, fuertes dolores de cabeza y fiebre.
21 de junio. Estuve muy enfermo y asustado de muerte ante mi triste condición de estar enfermo y sin
ayuda. Recé a Dios, por primera vez desde la tormenta de Hull, pero no sa bía lo que decía ni por qué. Mis
pensamientos eran confusos.
22 de junio. Un poco mejor pero con un gran temor a la enfermedad.
23 de junio. Muy mal otra vez, escalofríos y luego un terrible dolor de cabeza.
24 de junio. Mucho mejor.
25 de junio. Fiebre muy alta; el acceso duró siete horas, ataques de frío y calor seguidos de sudores y
mareos. 26 de junio. Mejor. Como no tenía nada que comer, tomé mi escopeta pero me hallé demasiado
débil. No obstante, maté una cabra hembra y con mucha dificultad la tra je a casa. Asé un poco y comí. Me
habría encantado hervirla y hacer un poco de caldo pero no tenía olla.
27 de junio. Me dio tanta fiebre que me quedé todo el día en cama y no pude comer ni beber nada. Estaba
a punto de morir de sed pero me sentía tan débil, que no podía tenerme en pie o buscar agua para beber.
Recé a Dios nuevamente pero deliraba y cuando no lo hacía, era tan ignorante que no sabía qué decirle. Tan
solo lloraba diciendo: «Señor, mírame, ten piedad de mí, ten misericordia de mí.» Creo que no hice más por
dos o tres horas hasta que comenzó a bajar la fiebre. Me quedé dormido y no desperté hasta altas horas de
la noche. Cuando lo hice me sentía mejor pero débil y extremadamente sediento. No obstante, como no
tenía agua en toda mi habitación, me vi obligado a esperar hasta la mañana y volví a dormirme. En esta
segunda ocasión tuve una terrible pesadilla.
Soñé que estaba sentado en el suelo en la parte exterior de mi muro, en el mismo sitio en el que me había
sentado cuando se desató la tormenta después del terremoto, y vi a un hombre que descendía a la tierra
desde una gran nube negra envuelto en una brillante llama de fuego y luz. Todo él brillaba tanto como una
llama por lo que no podía mirar hacia donde estaba; su aspecto era tan inexpresablemente espantoso que
resulta imposible describirlo con palabras. Cuando puso los pies sobre l tierra, me pareció que esta
a
temblaba, como lo había hecho en el terremoto y que el aire se llenaba de rayos de fuego.
No bien tocó la tierra, comenzó a caminar hacia mí con una gran lanza o arma en la mano y la intención
de matarme. Cuando llegó a un promontorio de tierra, que estaba a cierta distancia de mí me habló o
escuché una voz tan terrible que es imposible describir el terror que me causó. Lo único que puedo decir
que entendí fue esto: «En vista de que ninguna de estas cosas ha suscitado tu arrepentimiento, ahora
morirás». Al decir esto, me pareció que levantaba la lanza para matarme.
Nadie que lea este relato puede esperar que yo sea capaz de describir el espanto de mi alma ante esta
terrible visión; quiero decir que, aunque solo era un sueño, era un sueño horroroso. Tampoco es posible
describir mejor la impresión que quedó en mi espíritu al despertar y comprender que se trataba de un sueño.
No tenía, ¡ay de mí!, ningún conocimiento religioso; lo que había aprendido gracias a las buenas
enseñanzas de mi padre, se había desvanecido en ocho años de ininterrumpi dos desarreglos propios de la
gente de mar y de haberme relacionado solo con gente tan incrédula y profana como yo. No recuerdo haber
tenido, en todo ese tiempo, ni un solo pensamiento que me elevara a Dios o que me hiciera mirar hacia
adentro y reflexionar sobre mi conducta; solo una cierta estupidez espiritual, que no deseaba el bien ni tenía
conciencia del mal, se había apoderado totalmente de mí y me había convertido en la criatura más dura,
insensible y perversa entre todos los marinos, que no sentía temor de Dios en el peligro, ni le estaba
agradecido en la salvación.
Esto se entenderá mejor cuando cuente la parte pasada de mi historia y agregue que, a pesar de todas las
desgracias que me habían ocurrido hasta ese día, no se me había ocurri do pensar que eran a consecuencia
de la intervención divina, o que se trataba de un castigo por mis pecados, por la rebeldía contra mi padre,
por mis pecados actuales que eran muy grandes o, bien, un castigo por el curso general de mi depravada

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